EDUCACIÓN VIAL.

Por Diana Sugey Mendoza.

Culiacán es una de las ciudades de México que de alguna u otra manera siempre encuentra la forma de estar en el ojo público, esta vez lo hace al ocupar el top cinco en accidentes viales a nivel nacional, posición que en lo personal me preocupa.

El gobierno del estado de Sinaloa para ocuparse del tema ha implementado diversas estrategias que están inscritas en el Programa de Seguridad Vial (prevención de Accidentes), que tiene por objetivo “Disminuir las muertes por accidentes, con énfasis en los de tránsito, y en jóvenes de 15 a 29 años, mediante acciones de prevención y atención de los accidentes”. Que busca la prevención de accidentes a través del uso del cinturón de seguridad, portabebés para niños, controlar la velocidad, casco en motocicletas, y evitar conducir bajos los efectos del alcohol. Las diversas acciones que llevan a cabo son impartir talleres en las escuelas y otras instituciones.

Sin embargo, pese a los intentos por concientizar a la ciudadanía para que manejen de forma responsable y así lleguen seguros a su destino, los accidentes viales van al alza, recientemente me tocó presenciar tres accidentes en un mismo día. Por lo que no puedo evitar preguntarme ¿qué está pasando?

Quizá una de las respuestas más obvias podría ser la actitud culichi, todos y todas están siempre acelerados/as, queriendo llegar a su destino en el menor tiempo posible, sin importarles las infracciones que cometen, a quien se le meten y la velocidad a la cual conducen; además de carecer de la cultura del uso del cinturón de seguridad y al parecer somos incapaces de desconectarnos del celular hasta para manejar. Asimismo, otro factor importante es “el alcohol”, pese al énfasis que se hace para que las personas eviten manejar bajo los efectos de esta sustancia, esto no ha sido posible, puede que sea a causa de esta misma actitud de la que les venía hablando, pensar que nada nos puede pasar, en resumen, nos gobierna una actitud valemadrista en una ciudad que aparentemente no tiene gobierno.

Otra de las características esenciales del y la culichi es la de pensar que el dinero todo lo puede y para bien o para mal, la evidencia empírica ha demostrado que es verdad. Pocos se preocupan por cumplir con las reglas viales cuando saben perfectamente que al ser detenidos por un tránsito lo pueden resolver rápidamente a través de la famosa “mordida”, el soborno es una constante en nuestra cotidianidad, sin embargo, no se acepta, pertenece a este discurso de la doble moral, en el dialogo con el otro se sabe que está mal y se juzga, pero en los actos se hace y es socialmente aceptado. Además, es mucho más fácil pagar un soborno que ir a las instancias correspondientes a pagar la infracción, debemos de reconocer que resulta más económico pagar la mordida que la infracción, al mismo tiempo que evitan la vuelta; la mayoría de las personas hace lo posible por evitar los tramites burocráticos.

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En las escuelas se han implementados talleres para inculcarle a las y los niños la seguridad vial, ya que serán ellos/as los futuros conductores, recuerdo que cuando yo era niña tomé ese taller, iba en quinto o sexto de primaria. Han pasado casi 16 años, se supondría que, si esto de verdad funcionara, se debería de ver reflejado en el número de accidentes viales, no obstante, no es así. También se imparten cursos en universidades y otras instancias por ser en este rango de edad donde se registran más muertes por accidentes viales, ¡El resultado sigue siendo el mismo!

Desde mi punto de vista sería necesario implementar políticas publicas integrales que se ocupen de la problemática social desde una mirada multidisciplinaria, que permita ver a la ciudad de Culiacán como un todo, como un gran engranaje en donde si algo falla, todo lo demás también. Por lo tanto, las acciones no deberían ser únicamente las de transmitir a los pequeños la seguridad vial, ni centrarse en las universidades con la población que se supone se encuentra en mayor vulnerabilidad ante esta problemática. Sino ir más allá, mejorarle el salario a los trabajadores públicos para que no tengan necesidad de aceptar el soborno, implementar talleres para los padres de familia para que exista una congruencia entre los que se enseña en casa y lo que se enseña en la escuela, ya que de nada sirve que se les brinden estos talleres a los infantes si en casa verán al padre que al manejar no usa el cinturón o que después de la fiesta, tras beberse unos tragos maneja a casa.

Si nos vamos más allá sería mirar de manera más critica las conductas de los servidores públicos, quienes en gran medida son los primeros en violentar estas medidas y pensar que por su cargo y posición son intocables, ya que al final de cuentas, la ciudanía de cierta manera reproduce un patrón de conducta que viene desde arriba. Pensar que el problema es meramente por falta de educación o responsabilidad de las y los conductores es privar al problema mismo de todas las aristas por las cuales puede y debe ser abordado para proponer y generar soluciones reales a este gran fenómeno que, lamentablemente, consume muchas vidas al año.

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