SER JOVEN Y NO SER REVOLUCIONARIO E INSTITUCIONAL… ESA ES LA CUESTIÓN.

Por José Miguel Ruiz.

Creo fervorosamente que la juventud cambiará el día que deje de desperdiciar tanto tiempo de sus discursos – sobre todo si consideramos que no son múltiples los espacios que se nos conceden para hablar – en rayarse en saludos a las autoridades oficiales, las de sus respectivos partidos y a los integrantes del presídium. Y a sus compañeros presentes. Y al público presente. Y al de seguridad presente. Y a la audiencia en redes sociales presente. Y a todos los no presentes también.

Creo, aún con más ahínco, que los jóvenes no sólo cambiaremos, sino también provocaremos un cambio, cuando además de no mandar tantos saludos, dejemos de lado, de una vez por todas, la odiosa lisonja institucionalizada, sin eso significar ser parcos y grises.No niego que un liderazgo, entre otras características, necesita del carisma; pero, para ser completamente honesto, ¿a quién de la audiencia le importa que un líder juvenil, en uso del micrófono, mencione diez veces al impresentable dirigente de su partido a nivel nacional? Más aún si tomamos en cuenta que aquel impresentable,muy probablemente ni le importe tanto falso halago, es más, que ni por enterado esté de ello.

Eso no es hacer política. Ni politiquería. Es lisonjería. Es corroborar que aún fluye por nuestras venas políticas la sangre venenosa y embriagante de las reglas no escritas,emanadas del pulso cardiaco del corazón aún priista del sistema político en que coexistimos, el cual heredamos tras décadas de un régimen unipartidista hegemónico. Pero tampoco estoy descubriendo el hilo negro. Es el mismo problema de siempre. Es la nostalgia perenne de las juventudes que no fueron lo que debieron haber sido.

Creo también, no con menos fervor, que la juventud y, por lo tanto, los venideros presentes, se transformaráncuando los jóvenes hagamos nuestra tarea, en amplios y estrictos términos. Por ejemplo, si se nos invita a un forojuvenil, empezar por dejar de leer los discursos es una gran idea o, al menos, un buen comienzo. Sobre todo, si esos discursos son odiosamente institucionalizados y que, finalmente, nada dicen. Y no me vengan con que ese es el arte de la política.

Pienso, y de mi pensamiento surge la creencia, que cuando las juventudes dejen de ver a los partidos sólo como trampolines para alcanzar más y más peldaños del poder, y logren entender la plataforma política a la que se adhieren, con su respectiva ideología, por más pobre queesta sea, tendremos una clase política con clase, si se me permite la odiosa expresión. Aunque quizás eso también sea reflejo de la pobre oferta política que tenemos.

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Insistiendo en lo anterior, y a pesar de las adversidades, nuestro deber como juventud, tal y como cuando íbamos a la escuela, no es otra cosa más que hacer la tarea, quienes estén en condiciones de hacerlo, obviamente. Nadie está obligado a lo imposible. Sin embargo, más grande que mi ahínco es la preocupación que me apañaal ver juventudes en las izquierdas que tienen discurso de derecha. Y viceversa. Peor aún, cuando veo jóvenes en política sin identidad alguna. Como fantasmas errantes en el limbo político, esperando que se revele ante sus ojos la puerta al inframundo del poder. La desorientación, en fin.

Pero mi esperanza reflorece cuando veo juventudes que son consecuentes. A veces con las ideas de su trinchera política, a veces con su propio discurso. Me emociono aún más cuando noto que sus palabras son estructuradas, pensadas y dichas a consciencia; más aún si también lo son sus acciones. Sobre todo, si percibo mesura y el ego por detrás, porque los espacios juveniles, tengo la impresión, tampoco son concursos para ver a quién le pesa más las polainas, al grado de sentirse los próximo mesías y libertadores del país. En la preparación y en la mesura de los objetivos reales y realizables considero que está el porvenir. En la madurez, pues.

A mí me parece que la juventud es un espacio liminal. Como las estaciones de metro. Un preámbulo a un presente contiguo. Un mundo de posibilidades más o menos delimitado, pero manipulable, en lo mejor de la acepción. Hacer nuestra tarea consiste en elegir ese mejor lugar próximo pero, al final de cuentas, futuro.

Mis balas de salva, insisto, son de salva. No son para pulverizar las aspiraciones de nadie, sino para recordarles que su potencial liminal se está desorientando con dirección al pasado. Sin que eso implique, desde luego, que mis palabras sean oraculares…