El Fouché mexicano: Fernando Gutiérrez Barrios.

Por José Miguel Ruiz.

José Fouché, para quienes no lo han escuchado mentar, fue un (policía) político francés que vivió por allá en las épocas de la revolución francesa. Si les interesa profundizar más sobre su vida política, pueden consultar el libro Fouché, el genio tenebroso de Stefan Zweig, quien logra retratar con precisión sus hazañas o infamias – el adjetivo lo adjudicará usted, estimado lector -.

A mí lo que me interesa rescatar de él, es que a Fouché se le puede atribuir la invención del aparato moderno de seguridad del Estado. Y eso no es cosa menor. En su nombre y apellido recae el peso de haber sembrado el germen que engendraría las corporaciones policiales de los Estados modernos.

Pienso que es muy conveniente hablar de la figura de Fouché, no de manera biográfica, sino analíticamente, pues gran parte del debate y del cotilleo público actual, al menos en México, se centra en las funciones de seguridad pública del Estado, so pretexto de la militarización del mando de la Guardia Nacional y de la extensión del plazo de su permanencia en las calles.

Entonces, valdría la pena considerar al francés no como un actor político situado en un contexto concreto y determinado, sino como el representante de un arquetipo de la ciencia política, si se permite la acepción, que devendría en la personificación de varios actores políticos clave para la vida pública de diversas latitudes en la era moderna. Para el caso mexicano, al que hay que mencionar es a Fernando Gutiérrez Barrios.

Gutiérrez Barrios fue un militar convertido en servidor público. Precursor del copete impecable, del traje hecho a la medida y del bigote perfectamente delineado. Su formación política estuvo chapada a la antigua usanza del régimen priista, bajo la disciplina militar y el dandismo de los herederos de la revolución. Barrios llegó a gobernar su natal Veracruz y, en jerga de la lucha libre, fue el rostro del bando de los rudos en un sexenio colmado de técnicos, como lo fue el de Salinas de Gortari, habiendo sido Secretario de Gobernación. Fue desde esas dos posiciones donde alcanzó la cumbre del poder.

Pero su relevancia viene desde años antes. Y creo que eso es lo verdaderamente destacable, no para el relato biográfico del señor, sino para la historia y el México que hoy creemos conocer. Y es aquí donde Fernando Barrios es la sinécdoque de José Fouché.

Así como en su momento Fouché dirigió la policía política de Francia, Gutiérrez Barrios hizo lo mismo en México con la extinta Dirección Federal de Seguridad. Algo así como la CIA mexicana. En palabras de él, esta era un “órgano de inteligencia para informar oportuna y verazmente, en forma cotidiana, al Presidente y al Secretario de Gobernación, de los diferentes problemas, así como el origen y causa de los mismos, para que con esta información se pudieran prever la evolución de los conflictos, evitar colapsos económicos y sociales, manteniéndolo informado en relación con la vida de la nación y las fuerzas sociales. Esa función, propiamente, era la de cubrir un espacio vital de la política que es la seguridad nacional”.

De Fouché no tenemos registro verbal sobre sus quehaceres, pero, por su biografía, sabemos que él inventó eso que Gutiérrez dijo era su tarea al frente de la DFS. La otra cosa que es notoria en los dichos de Gutiérrez Barrios, es que fue un profesional del discurso político: sus palabras denotan la increíble habilidad de decir absolutamente nada. O, al menos, no eran lo suficientemente concretas como para comprometerlo.

Entonces, para mejor proveer, les voy a traducir lo que el Fouché mexicano quiso decir: la Dirección Federal de Seguridad fue un órgano de inteligencia, al servicio del Presidente, del Secretario de Gobernación y del sistema político, para espiar, perseguir y reprimir a todo adversario que representase un riesgo para la estabilidad del régimen en el poder. Tlatelolco, el ejemplo por antonomasia.

Así como Fouché, la valía de Gutiérrez residió en haber sido el policía político más importante del sistema y régimen político. Su función: vigilar y castigar al oponente y al divergente. Y en Gutiérrez recae gran parte del peso, al menos con todas sus letras de su nombre, de la configuración del sistema policial-criminal que hoy conocemos en México, y de lo cual pienso hablarles en la siguiente edición de esta calumnia (o columna) de opinión.

Y aunque no es justo hablar de los muertos porque ya no se pueden defender, al menos queda en mi tranquilidad que mis balas son de salva, a diferencia de las que Barrios ordenó disparar…

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