El miedo a todas horas.

Por Jafet R. Cortés.

Entre las oscuras profundidades del abismo, caminando lentamente por el pasaje onírico de los sueños, se encuentran reposando, silentes, aquellos miedos que nos atormentan cuando apenas bajamos un poco la guardia.

Aquellas pesadillas despiertan de golpe y sin aviso, erizándonos la piel, arrebatándonos toda posibilidad de respirar con normalidad. Sus extremidades se arrastran sobre nuestros cuerpos inertes, abriendo llagas en la piel y pudriendo todo lo que tocan; alimentándose de la carne y del alma, aunque en el proceso, extrañamente, nos mantengan con vida.

Nuestra condición mortal nos ha hecho víctimas del miedo, por lo menos una vez, pero pocos han llegado a sentir aquel profundo e incesante miedo, que paraliza el cuerpo por completo; aquella sensación de horror que marca el espíritu y se lleva la esperanza de golpe, dejando en su lugar una inmensa e insondable oscuridad.

Lo anterior es prácticamente una de las caras del miedo, la terrible, absorbente y pútrida oscuridad que nos agobia, pero no es la única, su utilidad no sólo es aterrarnos, sino mantenernos con vida.

La humanidad ha sido un tanto injusta con el miedo, aunque éste nos ha llevado de la mano toda nuestra vida, desde los albores, como un aliciente para escapar del peligro y enfrentar la adversidad de las circunstancias.

Podría resultar ingenuo considerar que podemos deshacernos del miedo, ocultarlo bajo llave, tirarlo en algún rincón de la casa. La cuestión es preguntarnos, si nos va a acompañar siempre, ¿qué debemos hacer con él?

El miedo es un elemento dúctil. Depende de qué hagamos con él si nos condenamos al abismo, o lo utilizamos como una herramienta para sobrevivir.

COLECCIONISTAS DEL HORROR

Dicen que al nacer, los seres humanos contamos únicamente con dos miedos, el miedo a caer y el miedo a los sonidos fuertes, y que todos los demás los vamos aprendiendo a través del tiempo. El origen del miedo.

A través de lo anterior, la humanidad ha elaborado de manera minuciosa una lista de temores, construyendo desde el imaginario colectivo un complejo museo del horror, con un catálogo tan variado como la vida misma y que ha ido evolucionando a través del tiempo, nutriéndose poco a poco.

Entre sus vitrinas, presenta a la muerte como principal exposición, pero no cualquier muerte sino la más terrible que nos imaginemos desde nuestros temores más personales y profundos.

Otros miedos que engalanan la muestra son a la soledad y Al abandono; el mar profundo, la oscuridad, las alturas; a los animales de ocho patas, los reptiles reptantes, y curiosamente a las mariposas; así como algunos recurrentes pero poco reconocidos como al amor, al miedo al cambio y a la verdad. Colección digna del horror.

Algunos exploradores del miedo, escritores, artistas y curiosos, han visitado las galerías antes mencionadas con la finalidad de inmortalizarlas siquiera un poco. Han descubierto curioso aprecio por los castillos embrujados y los fantasmas de la tradición; una cierta y perversa fascinación por las acciones más retorcidas, oscuras e imperdonables de la maldad humana; han disfrutado de aquellos viajes oníricos donde los sueños se transforman abruptamente en pesadillas; han admirado los ritos inexplicables de lo sobrenatural o futurista.

El común denominador entre todos estos visitantes que han recorrido el museo del miedo, ha sido su gran afición por el miedo a lo desconocido.

CONSUMIDORES DEL HORROR

La popularidad del terror es curiosa. La humanidad disfruta de asustarse con relatos de fantasmas, hombres lobo, demonios que habitan en la alcoba, asesinos seriales, horrores cósmicos que habitan el universo, situados desde la comodidad de la imaginación.

Sin lugar a dudas, todo ese encanto y fascinación que nos parece el terror y sus múltiples subgéneros, se vería eclipsado si alguno de esos acontecimientos se materializara en la realidad.

Nadie en realidad quiere ser perseguido por algo que te va a matar. Vivimos el terror y lo disfrutamos siempre que este sea ficción, desde un ambiente seguro, y no traspase por ningún motivo los límites de la realidad, que en muchas ocasiones, por mucho, supera lo que nos podamos imaginar.

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