Incidente con un afroamericano – Primera parte

Por Alberto Emerich.

Sucedió cuando recién llegué a California hace unos pocos meses mientras tomaba el camión por la tarde de regreso a casa.

El transporte estaba medio vacío por alguna extraña razón. Recuerdo que en aquellos días era común que el autobús se encontrara lleno; incluso había ocasiones en que, como decimos algunos “no cabía ni un alfiler”.

A mitad del camino el autobús hizo alto en una parada para que algunas personas se incorporaran. Desde que la puerta se abrió se escuchó a alguien maldecir sin descanso a una mujer. Al principio pensé que podría tratarse de dos vagabundos discutiendo (California tiene un grandísimo problema con las personas sin casa) pues era algo que había vivido en más de una ocasión; sin embargo se trataba de la última persona en subir al camión. Era un joven afroamericano que discutía por llamada y por lo que gritaba, sé que se dirigía a su trabajo. 

Con normalidad el joven pagó por el viaje, pero sin dejar de maldecir una y otra vez a lo que asumí era su novia o por lo menos una mujer con la que tenía una relación. En mi caso, al escuchar sus gritos apenas entrar al transporte a pesar de que traía puesto mis audífonos (aunque la música no estaba al máximo volumen), fue suficiente para que me hiciera pausar la canción que escuchaba en ese momento y sin quitármelos ponerle atención a aquel escandaloso joven.

Durante unos 15 minutos los pasajeros tuvimos que escuchar a este sujeto discutir de manera muy agresiva. Mientras pasaba el tiempo los gritos se hacían más fuertes (como sí no supiera que estaba en un autobús rodeado de personas) y los insultos más graves. 

Recuerdo lo último que grito justo antes de bajarse: “Tal vez en este momento no tenga dinero, pero lo tendré; iré por ti, te violaré y te mataré, perra” repitiendo lo último una y otra vez. Además de que esas declaraciones se me hicieron sumamente peligrosas, sentí que el joven se creía en una novela y que los demás pasajeros éramos su audiencia. Me daba la impresión de que disfrutaba de la atención que obviamente le estábamos dando; aunque por supuesto todos volteábamos para otro ladomuy “discretos”. 

Advierto que aunque me refiera a él como “joven” para nada era un adolescente. Estamos hablando más bien de un adulto joven, quizá entre sus 25 y 30 años; por lo que ni los más indulgentespudieran justificar sus amenazas como un acto de inmadurez por su corta edad.

El joven bajó del transporte mientras continuaba mentando madres y la tensión se esfumó del autobús. Algunas personas comenzaron a platicar de lo ocurrido, unas en inglés y otras en español; otras siguieron en silencio esperando llegar a su destino. Tomé mi teléfono, le di play a la canción que escuchaba antes y subí el volumen. 

Hasta ahí el primer encuentro con el joven afroamericano. En mi reflexión solo pensé que era una persona con problemas serios de enojo, un joven iracundo de verdad; pero solo eso. No pensé que posteriormente presenciaría un conflicto derivado del racismo que se vive en Estados Unidos. 

Días después me encontraba de nuevo camino a casa por la tarde y en el mismo autobús, pero ahora el escenario era distinto. Como de costumbre, el camión estaba llenísimo. En California son conscientes de lo peligroso que puede ser en caso de un accidente de tráfico si hay un exceso de pasajeros a bordo; por lo que el límite de personas que se encuentran paradas (sin asiento) en el transporte se alcanza bastante antes que en Culiacán, por ejemplo.

La chofer, quien era la misma de la vez pasada, se detuvo en laparada donde subió en aquella ocasión el joven afroamericano. Esta vez, el joven se encontraba en la mitad de la fila para subir al autobús. Debieron ser unas tres o cuatro personas las que lograron subirse antes de que la chofer dijera: “Nadie más puede subir, ya estamos llenos”, y procediera a cerrar la puerta del transporte.

Un brazo detuvo aquella puerta y le siguió con un grito: “¿Qué te pasa? Tengo que llegar al trabajo”, era el joven que gritaba al teléfono la otra vez pero ahora lo hacía a la chofer. El joven subió y pago sus 2 dólares a la máquina que cobra “a la brava”, mientras ella le decía que era peligroso viajar con más pasajeros a bordo, que no debía detener la puerta una vez que se estaba cerrando y que tenía que tomar el siguiente camión.

“No me quieres dejar subir porque soy negro” exclamo él. Ahí fue cuando la discusión pasó de un joven molesto porque llegaría tarde al trabajo a uno molesto porque se sentía discriminado por su color de piel.

La discusión fue larguísima. Fueron más de 30 minutos de reclamos e insultos hacía la chofer por parte del joven afroamericano y ella indispuesta a ceder, repitiéndole que tenía que bajarse del autobús; si él subía una vez que las puertas del camión se cerraban, cualquiera lo podría hacer después;insistiendo que no era un tema racial, que incluso su esposo era afroamericano, lo cual el joven lo tomó como una mentira y le llamó: “Perra mentirosa”, “blanca racista”; entre otras cosas más. Durante esa media hora o más no nos movimos.

Un hombre latino comenzó a grabar para su Instagram “el acto racista” que todos estábamos viviendo mientras decía: “Hay bastante espacio ¿Por qué no lo dejas subir?”. La realidad es que estábamos bastante llenos. Imagino que lo recomendable en esos casos era lo que la chofer intentó. ¿Qué si cabía alguien más en el autobús? ¡Por supuesto! ¿Qué si era seguro que subieran más personas? No lo creo e incluso, con la cantidad que éramos de pasajeros en ese momento, posiblemente ya no lo era.

Algunas personas dentro del autobús comenzaron a desesperar y a exigirle a la chofer que lo dejara pasar, que había espacio y se les hacía tarde. La chofer no cedió. Argumentaba que aunque cupiera una persona más, no dejaría a alguien quien la ha insultado y que se comporta de aquella manera. En lugar de eso, tomó el teléfono del transporte y llamó a la policía, dio la dirección en donde nos encontrábamos y explicó lo que pasaba mientras el joven no dejaba de insultarla.

Afortunadamente no pasaron muchos minutos cuando llegó el otro camión. Algunos de los pasajeros se bajaron para tomar el otro pues el joven seguía discutiendo con la chofer, sin embargo optó por bajarse para tomar el autobús que había llegado; no sin antes amenazarla: “Me grabé tu cara, nos volveremos a ver, perra”. 

Esta vez la tensión dentro del autobús duró más y la gente comenzaba a platicar lo ocurrido, sobre todo quienes hablaban español; imagino creyendo que la chofer no les entendería, aunque en realidad no se comentó demasiado. 

Después me enteré que algunos estaban preocupados de que el joven agrediera físicamente a la chofer, total ya lo había hecho verbalmente y bastante. A otros les preocupaba un posible acto de brutalidad policial en caso de que llegaran las autoridades, del tipo que ha dado vida al movimiento social Black LivesMatter.

La historia no termina aquí, pues me tocó vivir otros dos episodios con el mismo personaje que sucedieron la siguiente semana en la misma ruta, a la misma hora. Sin embargo prefiero dividirla en dos partes. Y aunque reservare la mayoría de las reflexiones para la Segunda parte, debo señalar dos cosas: 

Seguramente el joven afroamericano del que les he hablado ha sido víctima de racismo en diferentes ocasiones y en consecuencia se ha vuelto reactivo. El racismo en Estados Unidos es más grande de lo que pensaba. Por otro lado, veo a una parte de la sociedad que a toda costa evita el conflicto y más aún cuando ese conflicto puede escalar a que te llamen racista. 

Trataré de extenderme más con estos pensamientos en la segunda parte de esta columna y agregaré algunos otros. Por lo pronto les agradezco hayan llegado hasta aquí y nos vemos la próxima semana para concluir con esta historia…