El discreto encanto de la burguesía.

Por José Miguel Ruiz.

A propósito de las marchas del pasado domingo, debo decir que esta bala de salva cargada no apunta a analizar, bueno, especular, sobre los posibles resultados de la reforma electoral ni de sus consecuencias. Entonces, en lo que a mi opinión concierne, valdría la pena preguntarse: ¿quién marchó y por qué lo hizo?

Sobre el quién, Juan Alfonso Mejía, exsecretario de educación pública de Sinaloa, en entrevista para un medio de comunicación local sinaloense, en donde reflexionó sobre los outputs de las marchas en defensa del INE, nos dio una respuesta muy ilustrativa: la “clase media”, dijo Mejía López. En otras palabras, la burguesía mexicana, aunque en términos muy difusos.   

Para entender el porqué, es necesario contextualizarnos con el concepto de repertorio. Charles Tilly considera que este es “un modo de interacción entre, al menos, un par de actores -uno haciendo demandas a otro-, y no performances individuales”.  En ese sentido, nos dice Tokichen Tricot que un repertorio es la protesta – la marcha para defender al INE, por ejemplo – como acción que busca la “generación cultural que puede evolucionar en institucionalización o en otras formas de vida en sociedad”.

Dicho de otro modo, los repertorios son las acciones concretas e instrumentos utilitarios mediante los que los movimientos sociales buscan lograr sus objetivos, con relación a una demanda vinculada a una problemática social.

Para entender el origen de la protesta, es necesario remontarnos a los finales del siglo XVIII y al siglo XIX. Particularmente, a la Revolución Francesa; esta surge como un reclamo radicalizado frente los regímenes absolutistas y monárquicos, el cual se fraguó a cargo de lo que se conoce como el Tercer Estado, es decir, la burguesía francesa. Personas que por su condición económica como comerciantes, y su condición intelectual – los ilustrados -, se rebelaron a un régimen que económicamente oprimía a sus súbditos, y políticamente circunscribía los derechos sólo a quienes tenían el visto bueno de la “divinidad”.

El devenir de la burguesía como portaestandarte de la Revolución redundaría en la ferviente discusión sobre quién hace las revoluciones. Y, si volteamos a ver la evolución política de occidente, la clase burguesa ha sido una de las protagonistas, y la protesta se ha erigido como uno de sus medios predilectos para lograr sus cometidos, o al menos para vociferar sus reclamos.

Tan es así que, por ejemplo, si nos ponemos criticones y cinéfilos, tenemos que Pierre Paolo Pasolini detestaba las protestas; él las consideraba como instrumentos de la nostalgia revolucionaria de una clase burguesa excluyente en sus reclamos, y así nos lo hizo saber a lo largo de su cinematografía. Rainer Werner Fassbinder se burlaba de la burguesía alemana en “La tercera generación”, retratando a un grupo de jóvenes subversivos que, lejos de engendrar una conciencia política crítica, más bien practicaban un estilo de vida hippie viviendo en comunidad con drogas y amor libre. Luis Buñuel, por su parte, retrató a una burguesía deseosa de seguir siendo burgués, con “El discreto encanto de la burguesía”; que todo lo que no sea como ellos es un estorbo.

Y es ese discreto encanto de la burguesía es lo que nos pudiera dar una respuesta, al menos parcial, sobre el porqué de las marchas: la protesta como forma de mantener el statu quo, o bien, que nadie les estorbe su condición de burgueses.

Es cierto que la “sociedad civil” (lo que sea que signifique ese término), el pasado domingo, mostró una gran capacidad de movilización, lo cual creo que es una victoria cívica digna de celebrar. Sobre todo si lo que lograron fue contener desplantes de autoritarismo proveniente del oficialismo, aunque lo atribuyo más a una incipiente capacidad democrática de organización. Pero intuyo que dichas protestas ciudadanas no se inclinan tanto a una disputa conceptual en torno a lo que significa la democracia para los marchantes frente al autoritarismo, como sí lo hacen dirigiéndose al campo de lo simbólico.

Lo anterior lo podemos retratar del siguiente modo: por una parte, AMLO como la figura que entrona la ruptura de los valores neoliberales, tales como el individualismo, el cual existe a través de un régimen democrático que funge como guardián de dichas libertades individuales; el INE, como el último gran bastión institucional del régimen anterior, que unos pueden interpretarlo desde el campo de los valores neoliberalistas que menciono, pero que también otros lo pueden hacer desde los antivalores. En mi consideración, el INE es el catalizador, para muchos casos, de una fobia – quizás no del todo desmedida – que se tiene en contra de AMLO.

Es por eso por lo que creo que las palabras de Mejía se espejean, de cierto modo, con la radicalización de las posturas políticas, relacionadas a las disputas de clase (aunque reconociendo que la fisionomía de la burguesía de la cual hablo no es del todo clara y más bien difusa), y que esto se refleja en las propias marchas.

Sin embargo, más allá de celebrar la capacidad de movilización de un grueso social bastante considerable, quiero resaltar uno de los aspectos que considero preocupante, que no es otra cosa más que el dogmático eslogan de “El INE no se toca”.

Entiendo que, quizás, lo que se quiere decir es que se está defendiendo al INE de ser erradicado, pero las palabras importan. Es así pues bien se pudiera pensar que, lo que se está argumentando, es que el INE no debe ser objeto de revisión y de debate público, limitando que éste sea susceptible de reformas para volver más eficientes sus funciones, así como el (oneroso) recurso público que a dicha Institución se destina.

Desde luego que con envestidas desde el presidencialismo no nos vamos a convertir en más demócratas, pero tampoco con dogmatismos. Creo fervientemente en el valor de las libertades individuales. En decidir sobre mí. En tratar de construir un pensamiento propio y, si se puede, crítico. Pero sostener profundas desigualdades a expensas de la Democracia, es un punto que es más que discutible.

Si al INE lo tuviéramos que someter a balas, creo que lo justo sería que fueran de salva, pero sin llevar chaleco antibalas…