Los hornos de México.

Por Ramon Jr Mercado.

En septiembre de 2024, la Guardia Nacional llevó a cabo un operativo en un rancho ubicado en Teuchitlán, Jalisco. Tras un enfrentamiento con presuntos miembros del crimen organizado, se logró la detención de 10 personas, la liberación de algunos rehenes y el hallazgo de un cuerpo sin vida. Sin embargo, debido a la vasta extensión del predio, la investigación no avanzó más allá de este primer descubrimiento.

No fue sino hasta marzo de 2025 cuando un colectivo de Madres Buscadoras decidió intervenir en el rancho, revelando una realidad aterradora. Durante su exploración, identificaron el sitio como un centro de confinamiento y adiestramiento para miembros de la delincuencia organizada. Pero lo más macabro aún estaba por descubrirse: en el lugar encontraron cientos de mochilas, maletas, ropa, artículos personales y más de 400 pares de calzado, evidencia que sugiere la presencia de un número indeterminado de víctimas.

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Mientras recorrían el predio, los buscadores hallaron restos óseos calcinados dispersos en varias zonas y al menos tres hornos crematorios clandestinos, estructuras diseñadas para la desaparición de cuerpos. Testimonios de sobrevivientes confirmaron que muchas de las personas que pasaron por el rancho fueron llevadas ahí mediante reclutamiento forzado, ya sea con engaños sobre ofertas de empleo o simplemente mediante secuestros al azar, no se descarta la posibilidad de que algunas personas pertenecían a algún otro grupo criminal.

Los testimonios revelan que, una vez dentro del rancho, las víctimas eran despojadas de sus pertenencias y sometidas a un brutal proceso de entrenamiento.

Se les obligaba a realizar extenuantes ejercicios físicos, dormir en el suelo, enfrentarse en peleas entre compañeros e incluso quitarle la vida a otra persona.

Lo más aterrador llegaba después: quienes superaban esta primera fase eran forzados a descuartizar los cuerpos de las víctimas y luego incinerarlos en los hornos clandestinos para borrar cualquier rastro de evidencia. Negarse a cumplir una orden significaba una sentencia de muerte inmediata. Esta era solo la primera etapa.

Aquellos que lograban sobrevivir eran trasladados a otro campamento, donde recibían adiestramiento especializado a manos de exmilitares de otros países. Al finalizar, los más aptos eran reclutados para engrosar las filas del crimen organizado, consolidando un círculo de violencia y terror sin precedentes.

Este hallazgo ha llevado a la comparación de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, los nazis establecieron campos de concentración y exterminio, en los cuales cientos de miles de personas fueron sometidas a trabajos forzados y finalmente asesinadas en masa. Los campos de exterminio, como Auschwitz y Treblinka, fueron diseñados específicamente para la eliminación sistemática de personas mediante el uso de cámaras de gas y crematorios.

Si bien el rancho en Jalisco no ha sido identificado como un centro de exterminio con las mismas características que aquellos utilizados en el Holocausto, el modus operandi detectado es escalofriantemente similar. La existencia de hornos crematorios clandestinos y restos calcinados sugiere que en este sitio se cometieron asesinatos sistemáticos, eliminando toda evidencia de las víctimas.

El hallazgo en Teuchitlán no es un caso aislado. México enfrenta una crisis humanitaria marcada por la desaparición forzada de personas. Actualmente, hay más de 100,000 personas desaparecidas en el país, de acuerdo con registros oficiales. La respuesta del gobierno ha sido tardía, pero tras la indignación generada por este nuevo descubrimiento, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció reformas legales para mejorar los registros de identificación y búsqueda de desaparecidos.

La falta de investigaciones profundas en este tipo de hallazgos permite que el horror se repita en distintas partes del país. La impunidad ha convertido a México en un territorio donde el crimen organizado opera con métodos cada vez más brutales, desdibujando la línea entre la delincuencia y los crímenes de lesa humanidad.

El rancho de Teuchitlán se ha convertido en un símbolo de la barbarie que se vive en México. Las Madres Buscadoras han vuelto a poner sobre la mesa la urgencia de encontrar a los desaparecidos y de exigir justicia para las víctimas. La comparación con los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial no es exagerada: en ambos casos, la deshumanización de las víctimas fue clave para que la maquinaria del horror siguiera funcionando sin interrupciones.

Lo descubierto en Jalisco no puede quedar en el olvido. Es un recordatorio de que la violencia en México ha alcanzado niveles atroces y que, mientras la impunidad prevalezca, los hornos del horror seguirán operando en la sombra.

Las autoridades tienen la obligación de investigar a fondo este caso, identificar a las víctimas y llevar a los responsables ante la justicia. Pero más allá de ello, este hallazgo debe ser un punto de inflexión en la lucha contra la desaparición forzada y el reclutamiento forzado, flagelos que siguen cobrando miles de vidas en el país.

El silencio y la indiferencia solo perpetúan la barbarie. Es imprescindible que la sociedad y el Estado trabajen juntos para erradicar estos centros de exterminio modernos, garantizar el derecho a la verdad y la justicia para las familias afectadas, y prevenir que estos crímenes sigan ocurriendo. Mientras no haya memoria ni justicia, el terror seguirá latente, esperando su próxima víctima

Vox Populi
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