Por Yonny Rodríguez
Libre no está en ruinas, pero sí vive un proceso de canibalización. El partido que nació en las calles para romper el molde hoy se fragmenta. Es la ley de la política en Honduras, cuando el presupuesto se agota y el control se pierde, los amigos de ayer se vuelven los rivales de hoy.
El primer síntoma es la precandidatura de Octavio Pineda, exsecretario de Infraestructura y Transporte. Su anuncio no fue una invitación a la unidad, sino un terremoto. Al pedir reglas claras y abrirse al sector privado, Pineda tocó el nervio del “rixismo”. Para los leales al núcleo central, él no es un renovador; es un turista que quiere adueñarse de la casa ajena. La respuesta fue inmediata: ataques en redes, etiquetas de traidor y el viejo cuento de los “fundadores” frente a los que recién llegan.
Esta pelea no es nueva. Es la lucha por el botín. Mientras Pineda busca un perfil moderno para atraer votos distintos, otros cuadros como Jorge Aldana o Rafael Sarmiento se mueven en la sombra. Hay cuatro corrientes que ya asoman la cabeza. No pelean por ideas, pelean por el control de la estructura.
La salida de figuras como Tony García antes de que terminara el gobierno de Xiomara Castro fue solo la punta del iceberg. El militante de base, el que realmente creyó en el cambio, hoy ve cómo los cuadros.
¿Es esto el fin? No. Pero es el punto de quiebre. Si Libre sigue en este canibalismo interno, el 2029 será una pesadilla. Un partido no sobrevive solo con discurso; necesita orden. Y hoy, en la casa de Libre, cada quien jala para su lado.
El problema es que la política hondureña premia al que tiene el control, no al que tiene la razón. El “rixismo” defiende el muro, mientras que el sector de Pineda intenta construir una puerta. En medio, queda un partido que olvidó su origen por obsesionarse con el futuro.
Al final, la historia no perdona. Si el partido no sabe gestionar sus propias heridas, será el propio electorado quien se encargue de darle la sentencia final. La fragmentación es el síntoma de una enfermedad que conocemos bien: el hambre de mando que hace olvidar el bien común.
El tablero está roto. Las piezas se mueven solas. La gran pregunta es si, al terminar esta pelea, quedará algo en pie que valga la pena salvar, o si solo quedarán los restos de una lucha que, al final, nadie ganó.


