El algoritmo del miedo: cuando la amenaza no es real, pero el terror sí.

Por Yezda Mejía

Nadie sabe exactamente cuándo empezó. Un mensaje breve, casi anónimo, aparece en un grupo de WhatsApp: “Tiroteo mañana”.

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No hay contexto, no hay explicación, no hay certeza.
Solo una reacción inmediata: el miedo.

No es una escena ficticia. Es lo que está ocurriendo hoy en distintos estados de México, donde mensajes como este han sido suficientes para activar protocolos de emergencia, vaciar salones de clase y poner en alerta a comunidades enteras.

No se trata de un caso aislado. Tampoco es simplemente una “broma pesada”. Lo que estamos viendo es otra cosa: la consolidación del miedo como lenguaje social en la era digital.

Porque aquí no hay disparos, pero sí hay consecuencias reales.

Además, hay un elemento que no puede pasarse por alto: la relativa novedad del fenómeno. Si bien las amenazas escolares han existido antes, la frecuencia con la que hoy aparecen y la velocidad con la que se replican marca una diferencia clara. No estamos ante un comportamiento tradicional, sino ante una tendencia emergente que ha encontrado en las redes sociales su principal canal de expansión.

Lo que antes habría sido un rumor local, hoy se convierte en un patrón repetible.

Y en esa repetición hay también una dimensión internacional. En países como Estados Unidos, donde los tiroteos escolares han sido una realidad durante décadas, el fenómeno del copycat la imitación de ataques o amenazas ha sido ampliamente documentado. La exposición constante a estos eventos ha generado no sólo protocolos de seguridad, sino también una cultura del miedo que se activa ante cualquier señal de riesgo.

México no comparte esa misma historia en términos de tiroteos escolares sistemáticos, pero sí está comenzando a replicar uno de sus efectos más complejos: la normalización de la amenaza como forma de expresión.

No se importan los hechos, se importan las dinámicas.

Lo que antes habría sido un caso aislado, hoy se convierte en un fenómeno replicable. La lógica del copycat encuentra en los algoritmos un amplificador perfecto. No se trata únicamente de jóvenes buscando atención; se trata de una dinámica donde el impacto emocional se vuelve la moneda más valiosa.

Entre más miedo genera el mensaje, más circula. Entre más circula, más incentiva su repetición.

El problema no es solo quién lo escribe, sino el sistema que lo hace visible.

Pero este fenómeno no tendría el mismo efecto en cualquier contexto. En México, el miedo no necesita ser explicado: ya existe. Las amenazas de tiroteo funcionan porque se insertan en una sociedad donde la violencia no es hipotética, sino cotidiana.

Ahí está la clave.

Lo que para quien envía el mensaje puede ser una acción digital sin consecuencias tangibles, para quien lo recibe activa una posibilidad real. No es paranoia, es memoria colectiva. Es el reflejo de un país donde la incertidumbre forma parte de la vida diaria.

Por eso el impacto es tan profundo.

No solo se movilizan patrullas o se suspenden clases. Se altera la percepción de seguridad en espacios que deberían ser intocables: las escuelas. Y cuando esa percepción se rompe de forma repetida, el daño deja de ser momentáneo y se vuelve estructural.

Hay otro riesgo menos visible, pero igual de preocupante: la saturación.

Cuando las alertas falsas se vuelven frecuentes, se erosiona la capacidad de respuesta. El miedo constante termina generando escepticismo. Y en ese punto, la siguiente alerta la que sí podría ser real corre el riesgo de no ser tomada en serio.

El problema, entonces, no es solo el pánico inmediato, sino la pérdida progresiva de confianza.

Frente a esto, las respuestas suelen centrarse en lo visible: operativos, revisiones, presencia policial. Son medidas necesarias en el corto plazo, pero insuficientes para explicar el fenómeno. Porque aquí no estamos frente a una amenaza física tradicional, sino ante una forma de violencia simbólica amplificada por lo digital.

No hay detector que filtre una intención.

Y ahí es donde la discusión se vuelve más incómoda. Porque esto no es únicamente un problema de seguridad, ni exclusivamente de tecnología. Es una combinación de ambos en un contexto donde el miedo ya estaba presente antes del algoritmo.

Las plataformas no inventaron el miedo, pero sí aprendieron a distribuirlo.

Y lo que estamos viendo es el resultado de esa ecuación: una sociedad vulnerable al impacto emocional y un sistema que premia aquello que más altera.

Quizá la pregunta no es por qué alguien escribe “tiroteo mañana”, sino por qué ese mensaje tiene tanto poder.

Porque el impacto no empieza cuando ocurre un ataque, sino cuando la amenaza logra volverse verosímil. En ese momento, el miedo deja de ser una posibilidad lejana y se convierte en una experiencia compartida.

En ese sentido, el problema no es que estemos frente a una generación irresponsable, sino frente a una realidad donde el terror tampoco necesita armas para expandirse.

Hoy basta con un mensaje.

Yezda Mejía
Columnista
Yezda Gisel Mejía Abarca es internacionalista y columnista enfocada en el análisis político, social y económico. Ha participado en iniciativas de vinculación institucional, liderazgo juvenil y proyectos de impacto social. Actualmente colabora en espacios de opinión pública y participa en iniciativas empresariales y académicas en Puebla. Complementa su formación con estudios en Derecho.

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