Por Francisco Valdez Calvo
Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en un espacio de intercambio de ideas entre jóvenes de diversos ideales y expresiones políticas del país. Durante el debate abordé un tema del cual he sido testigo en mis acercamientos a las comunidades rurales de Sinaloa: el drama de las niñas teniendo niños.
México ocupa el primer lugar en tasa de embarazo adolescente entre los miembros de la OCDE; hablamos de 62 nacimientos por cada mil adolescentes. Para dimensionar la urgencia: cada día, dos menores de 18 años se convierten en madres en nuestro país.
Las cifras oficiales del cierre de 2025 confirman la magnitud de la deuda social: solo en Sinaloa, el año pasado registró cerca de 1,900 nacimientos en niñas y adolescentes de entre 13 y 17 años.
Al corte de este primer cuatrimestre de 2026, la tendencia se mantiene. No son solo números en un reporte de salud; son más de 500 historias de infancias interrumpidas en lo que va del año, concentrándose la mayor gravedad en municipios como Guasave, Mazatlán y Culiacán, donde la maternidad forzada sigue siendo una sombra cotidiana.
Los datos señalan como puntos críticos a Culiacán, Mazatlán, Ahome y Guasave. Estos municipios no sólo lideran las estadísticas generales, sino que registran los casos más alarmantes en el rango de los 10 a 14 años. Es imperativo señalar que en Guasave, Juan José Ríos y Sinaloa Municipio, se ha atendido en labor de parto a niñas de apenas 10 años. Una niña de esa edad no está “formando una familia”; está siendo víctima de una tragedia que le roba la infancia y le clausura el futuro.
El impacto es una onda expansiva de carencias:
- La emergencia médica: Sus cuerpos no están biológicamente preparados, lo que dispara la mortalidad materna y neonatal.
- El muro educativo: El embarazo es la principal causa de deserción escolar. Estamos condenando a estas niñas a un ciclo de pobreza perpetua al truncar su formación.
- La brecha de justicia: El dato más perverso es la edad de los padres. Mientras las madres tienen 13 años, los padres registrados llegan a los 53.
Seamos claros: un hombre de 53 años con una niña de 13 no es una “relación compleja”, es una señal inequívoca de abuso y violencia sexual que no podemos seguir solapando con el silencio.
“Niñas teniendo niños” es el síntoma de una sociedad que les ha fallado. Que este escrito no sea solo ruido en una columna casual, sino un llamado a la acción y a la lucha para devolver a nuestras niñas el derecho a ser, simplemente, niñas. Como bien decía Antonio Gramsci: “Instrúyanse, porque necesitamos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitamos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitamos toda nuestra fuerza”. Los niños y niñas nos necesitan.


