Por Alexis Hernández
Si el lenguaje político deja de ser evidencia de algo, lo que colapsa no es la comunicación. Es uno de los pocos instrumentos que le quedan al ciudadano para decidir en quién confiar.
En el debate presidencial de 2024 en México, tres candidatos con trayectorias, partidos e ideologías distintas usaron, en menos de veinte minutos, las mismas tres estructuras retóricas: la anécdota personal como apertura, la estadística como ancla de credibilidad y la apelación emocional al “México que merecemos” como cierre. Nadie lo notó como anomalía. Era, simplemente, cómo se habla ahora en política.
La inteligencia artificial generativa llegó a los equipos de campaña con una promesa razonable, mejorar la comunicación, hacerla más clara, más cercana, más humana. Después de décadas de lenguaje tecnocrático y frío, la IA ofrecía calidez a escala, el problema es lo que ocurre cuando todos los equipos le piden exactamente lo mismo a exactamente las mismas herramientas.
Los grandes modelos de lenguaje están entrenados en información clara sobre textos políticos efectivos, discursos que funcionaron, mensajes que viralizaron, frases que movieron encuestas. Cuando un equipo de campaña le pide a la IA que “suene cercano” o “evite polarizar”, el modelo responde desde ese centro estadístico, produce el promedio agarrandose de todo lo que alguna vez funcionó. El resultado no es una voz, es una media, no es sentimiento…es estadistica.
Llamémoslo regresión a la narrativa natural, cuando muchos actores optimizan para el mismo objetivo con las mismas herramientas, no se diferencian, se fusionan, se convierten en lo mismo y es justo ahí donde se pierde la individualidad del político.
El lenguaje político se dirige hacia un destino que nadie eligió conscientemente pero que todos están produciendo al mismo tiempo. Los votantes no pueden señalar exactamente qué les incomoda, solo sienten que algo no cuadra, que los candidatos les suenan parecidos, que el discurso resbala sin llegar a tocar nada.
El estilo de un político, sus redundancias, sus referencias culturales, su experiencia de vida, sus modismos, no eran ruido en la comunicación, eran información.
La manera en que alguien habla dice de dónde viene, con quién creció, qué libros leyó, qué miedos tiene; un político con acento regional, con una frase rara que solo él diría, con la torpeza de alguien que está pensando en voz alta, comunica algo que ningún mensaje pulido puede fabricar; humanidad y la IA elimina esas imperfecciones como si de manchas se tratara pero al lijarlas, borra la evidencia de identidad, de humanidad.
Hay una segunda pérdida, más profunda aún, la función de riesgo del lenguaje político. Tomar una posición con palabras propias implica apostar algo, creer en una causa.
El político que dice algo específico, algo que puede costarle votos en algún sector, está poniendo su credibilidad sobre la mesa, la IA busca generar el menor daño posible y “maximizar su alcance” y produce mensajes que ofenden al mínimo y agradan al máximo. Mensajes sin alma, mensajes que no apuestan nada.
Y cuando el lenguaje no apuesta nada, la confianza no tiene dónde aterrizar; la confianza política no es solo el resultado de lo que alguien dice, es el resultado de percibir que quien habla podría haber dicho algo diferente y eligió no hacerlo y ahí la conexión se rompe.
La paradoja: Automatizar la autenticidad
Lo más desconcertante del fenómeno es su ironía interna, la IA fue adoptada precisamente para hacer la comunicación política más humana, el lenguaje burocrático de las décadas anteriores era frío, distante, frivolo y alejado de la realidad ciudadana, la promesa era calidez a escala industrial y técnicamente, esa promesa se cumplió.
Pero al estandarizar la calidez, se produjo algo peor que la frialdad, la emoción sin motivación. Los psicólogos sociales han documentado el efecto de lo que podría llamarse un uncanny valley del discurso: mensajes que tienen todos los elementos superficiales de la autenticidad, el tono íntimo,la entrega consensuada, la referencia a “familias como la tuya” pero que no activan la respuesta de confianza que esos elementos deberían generar. El cerebro detecta las palabras sin detectar la emoción, el resultado es todo lo que se quiere evitar, dejar de lado la emoción por sonar más “perfecto” y eso nos lleva a una desconexión que el votante no puede nombrar pero sí identificar.
El primer impulso regulatorio suele ser la prohibición, y es un impulso equivocado, prohibir el uso de IA en campañas es inviable, indeseable y, sobre todo, inútil; ya se usa, seguirá usándose y su uso no es necesariamente una “bajesa política”, un discurso bien escrito con asistencia de IA no es más deshonesto que un discurso inspirado en datos de wikipedia o algún plagio inocente de los grandes discursos de la historia.
Lo que sí es necesario es recuperar la emoción como valor humano. Los medios especializados y los analistas políticos llevan años premiando la comunicación “pulida” y haciendo gigantes los errores, las inconsistencias, el tartamudeo de quien piensa en público. Ese criterio selecciona exactamente el tipo de comunicación que la IA produce mejor. Necesitamos invertirlo, valorar la humanidad, el riesgo verbal, la referencia que solo alguien con esa historia podría hacernos sentir. La imperfección no es incompetencia; es evidencia de presencia, de vida.
Finalmente, hace falta una nueva forma de alfabetización cívica, no orientada a detectar si un texto fue generado por IA porque esa carrera ya la hemos perdido, sino a llevar a los ciudadanos a cuestionarse ¿Este mensaje realmente me despierta algo? ¿Hay alguien que si viviío está historia? ¿Podría este político haber dicho lo contrario y eligió no hacerlo?
Volvamos al debate del inicio. Tres candidatos, tres estructuras idénticas, lo que se perdió ahí no fue solo originalidad retórica. Se perdió la posibilidad de que el lenguaje funcionara como evidencia de quién es cada uno, de qué arriesgan, de por qué deberíamos creerles.


