Por Darío Jiménez
-El Estado es como el dinero en el banco: un pacto invisible que tiene un poder absoluto, pero que se desploma en el instante en que dejamos de confiar en él.-
Existe un principio filosófico que dice: “Todo es mente“. Si llevamos esta idea a la política, nos topamos con el secreto mejor guardado (y más ignorado) de nuestra sociedad: el Estado, físicamente, no existe. El gobierno, las leyes y las instituciones son, en el fondo, un holograma colectivo.
Un acuerdo que funciona única y exclusivamente porque todos decidimos jugarlo y creer en él.
Thomas Hobbes bautizó a este pacto como el Leviatán: un monstruo artificial al que le cedemos parte de nuestra libertad para que nos garantice orden. Pero obvio, este ente no tiene vida propia. Su única gasolina es la legitimidad. Funciona exactamente igual que un billete o la bolsa de valores: mantiene su poder mientras todos mantengamos la confianza, pero se colapsa en el segundo en que nos entra el pánico y dejamos de creer en él.
La trampa es que nos negamos a aceptar que este pacto viene defectuoso de origen. Vivimos buscando al “gobernante perfecto”. Hace muchos años, Platón ya nos había advertido que esa búsqueda es una pérdida de tiempo. Últimamente se ha pensado en: “hay que poner a un empresario; como ya tiene dinero, no va a robar”.
Y la historia nos dicta una oligarquía, donde las reglas terminan protegiendo al capital. Si nos hartamos y apostamos por un líder carismático que opere sin contrapesos, Platón nos vuelve a frenar: por ahí se pavimenta el camino a la tiranía. La moraleja es simple: no importa a quién sientes en la silla, el diseño de tus instituciones es lo que dicta el resultado.
Si repasamos nuestra propia historia moderna, somos testigos de cómo nuestra “mente colectiva” crea y agota estos pactos sociales. En su momento, tras las crisis económicas, invocamos a un modelo tecnócrata. Le dimos el control a los perfiles técnicos buscando modernización. Ese modelo construyó instituciones sólidas, pero cuando la desigualdad social le vació el tanque de la legitimidad, como sociedad decidimos cambiar de ruta. Hoy transitamos bajo un nuevo pacto social, con prioridades distintas, enfocado en fortalecer al Estado y redistribuir.
Pero las leyes de la física política no perdonan a nadie: todos los ciclos institucionales tienen fecha de caducidad. Evolucionan en el instante exacto en que la consciencia colectiva exige un nuevo trato. La verdadera madurez de un país arranca cuando aceptamos que no hay salvadores mágicos, sino acuerdos que nosotros mismos sostenemos. La maquinaria gubernamental no es una fuerza alienígena que nos domina desde arriba.
El Leviatán somos nosotros. Nace de lo que anhelamos, se alimenta de nuestra confianza y muerte cuando nos hartamos. Porque al final del día, en la política como en el dinero físico, todo es mental.


