Por Adrián Espinosa de Los Monteros
Los medios de comunicación tradicionales en México estuvieron subordinados al poder político por décadas. Tan solo el gobierno de EPN gastó 60 mil 237 millones de pesos en publicidad oficial durante todo su sexenio. Se trata del gasto más grande en la historia moderna de México.
Era tan dominante la influencia estatal, que en todo ese largo periodo las principales televisoras (Televisa y TV Azteca) no podían publicar información que afectara al gobierno sin previa autorización presidencial. Las líneas editoriales estuvieron cooptadas en todo este periodo, siempre al servicio del poder en turno y con perspectivas complacientes de la realidad nacional. No es un relato, son hechos.
Recuerde usted lo que Jacobo Zabludovsky presuntamente comentó el día de la Masacre Estudiantil de 1968: “Hoy fue un día soleado”, dijo al aire durante el informativo 24 horas, en aquella tarde trágica; esa solamente es una muestra de cómo la prensa era controlada por el Gobierno (otro caso: Carmen Aristegui despedida de MVS Radio tras la publicación del escándalo de la Casa Blanca de Angelica Rivera, primera dama del gobierno de entonces)
Ahora bien, cuando TV Azteca acusa de censura y de ataque a la libre expresión a la Presidenta Claudia Sheinbaum por pedirle a la gente que no vea ese canal, este dicho debería de venir de una autoridad moral con credibilidad, pero no es el caso. Si bien no son las palabras más afortunadas de una Jefa de Estado y no son dignas de una demócrata, tampoco se puede acusar de censura con esa ligereza.
Es más, las declaraciones de la presidenta deberían servir de pretexto para cuestionar nuestra dieta informativa: ¿Cuánta de la información que consumo a diario está verificada? ¿Hago triangulaciones de fuentes? ¿Tengo la capacidad para distinguir una noticia falsa de una verdadera y sé cómo reconocer los elementos que las hacen diferentes? ¿Puedo identificar una teoría de la conspiración?
Porque en la época en la que aparentemente todo mundo hace revisiones internas sobre cualquier cantidad de temas desde el desarrollo personal hasta la cantidad de calorías ingeridas, bien valdría la pena irse familiarizando con los retos que demanda el ecosistema mediático actual, como una forma de aproximación a eso tan complejo que llamamos realidad.
A diferencia de la situación actual, antes los tenían comprados con el famoso “No te pago para que me pegues” de José López Portillo, cuando ocupaba la silla presidencial y se quejaba amargamente de las críticas hacia su gestión. Por supuesto que es una responsabilidad estatal proveer mecanismos para los periodistas, sobre todo los de nota roja, pero en este gobierno y el anterior ha habido total libertad para publicar, difundir, sintetizar e informar a placer, sin reprimendas. Incluso con mentiras, manipulación y desinformación. No puedes acusar censura cuando llevas años apelando al golpeteo mediático.
En cambio, los gobiernos de la 4T cortaron décadas de subordinación al reducir dramáticamente los montos de publicidad oficial distribuidos en los 10 medios de comunicación más importantes de nuestro país. Si dicha censura de verdad existiera, no hubieran tenido la libertad para decir lo que quieran desde la época del presidente López Obrador y hasta la actual administración federal.
Porque lo que conglomerados como Televisa y TV Azteca han hecho a lo largo de los años no ha sido informar y velar por la objetividad periodística, sino que han establecido relaciones desiguales con audiencias pasivas a las que proveen contenidos cuyo único objetivo ha sido entretener para mantenerlas en un estado de apatía política.
Por otro lado, lo de la televisora del Ajusco en los últimos años ha sido muy vergonzoso. Es cierto que nunca fungieron como un vehículo con credibilidad para informar a las personas (tal vez la herramienta más valiosa de un periodista), pero su actual parrilla de contenidos raya en el cinismo y en la conspiranoia.
Se han montado en una campaña mediática apelando al miedo, un elemento que desde las diferentes teorías de medios se ha comprobado como clave para que un mensaje cumpla su objetivo, ya que pone al usuario en una posición vulnerable y susceptible para asimilar los discursos siempre y cuando estos sean creíbles y graduales.
Todo para defender al magnate que preside la mesa directiva que está pagando su deuda millonaria con el fisco en abonos pequeños, literal y que irónicamente se refugia en el libertarismo cuando él mismo se vio beneficiado por el Estado, ya que hay que recordar que Azteca fue privatizada cuando era propiedad del Estado bajo el nombre de “Imevisión” gracias a un préstamo de Raúl Salinas de Gortari por más de 29 millones de dólares, hermano del ex presidente.
También hay que considerar que se trata de una televisora concesionada y que el Estado mexicano puede revocar esa concesión en caso de violar la ley de telecomunicaciones o la Constitución. Lo máximo que ha pasado han sido unas cuantas multas administrativas e incluso la Presidenta ha asegurado que se deberían de ceder más concesiones.
Está de más decir que la televisora de Ricardo Salinas Pliego nunca ha pregonado el interés general de la nación (¿recuerda la “cobertura” del “Chupacabras”?); al contrario, esta se ha manejado como una máquina de propaganda que se alimenta de noticias falsas, realidades simplificadas y problemas magnificados. De hecho, lo último que hace es garantizar el derecho a la información establecido en la Carta Magna.
Está claro que el ecosistema mediático en México es cada vez más plural y cuenta con voces que antes no se escuchaban porque no existían. Unos más a la izquierda y otros más a la derecha; las televisoras ya no tienen el monopolio de la verdad. Esto responde también al auge de las redes sociales como medios de información, con ventajas y desventajas.
La Mañanera del Pueblo, apreciada por unos y menospreciada por otros, funciona como un mecanismo de comunicación directa entre el Gobierno Federal y sus representados, más allá de lo que se diga en los medios tradicionales.
Muchos podrán decir que estas nuevas voces son “afines al régimen” (palabra que se usa a discreción y de manera ambigua, según quien esté en el poder) solamente porque no responden a las lógicas de la comentocracia conocidas en la televisión y la radio. Porque el tratamiento informativo se aleja del mainstream nacional y trata de entablar discusiones alternativas que antes definitivamente estaban ausentes.
Vea usted a Julio Astillero, que algunas personas lo podrían tachar de “pro-4T”, pero que hace poco en una conferencia se le plantó de frente a la Presidenta con una crítica documentada sobre la planta de GPO de Topolobampo. Es por eso que las conferencias mañaneras nutren la discusión pública, de lo contrario nos quedaríamos solo con una versión de los hechos.
Equivocadamente se les señala de propaganda, cuando en realidad son un contrapeso al poder mediático. La Presidenta no se equivoca al utilizar el derecho de réplica por las campañas negras en su contra; lo que es irónico es que se trata de una televisora que acapara toda la competencia, todas las audiencias y forma parte de un duopolio que rige casi todo el espectro radioeléctrico, pero que se resguarda en cuestiones ambiguas de censura.
La discusión sobre el impacto de los medios en la opinión pública seguirá vigente y debemos de estar a la altura para continuar analizando la influencia del llamado cuarto poder.


