Por Darío Jiménez
Imagina a alguien que trabajó desde los 18 años sin pausa.
A los 65 abre el estado de cuenta de su Afore y descubre que su pensión apenas cubre el 20-30% del último salario de lo que ganaba. ¿Quién tiene la culpa? Según el sistema, esa persona. Que no ahorró de más, que le faltó educación financiera. Es el mejor truco del sistema: convertir una falla colectiva en un fracaso personal. Lo curioso es que casi todos nos lo creemos.
Cuando el que llega con poco es otro, pensamos “algo habrá hecho mal”. Cuando somos nosotros, sentimos algo peor: vergüenza.
Como si llegar a viejo con poco fuera un examen que reprobamos. Hoy el retiro funciona así: cada trabajador tiene su propia cuenta, su propio ahorro y su propio destino. Suena a libertad, y lo es, hasta que toca ver quién se queda con las pérdidas. Cuando el riesgo se privatiza, la culpa también.
Si tu dinero no alcanza, es porque no ahorraste lo suficiente, no elegiste bien el fondo o no aprendiste a invertir. Y eso es lo que más indigna. Quien llega a esa edad con una pensión mínima no se dedicó a esperar. Madrugó durante décadas, cumplió cada regla del trabajo formal y pagó lo que le pidieron, cuando se lo pidieron. Hizo exactamente lo que se supone que hay que hacer.
Y aun así, al final, le dicen que eso no alcanza para vivir con dignidad. Una jubilación digna no debería ser un premio para los afortunados. Debería ser la consecuencia natural de haber trabajado toda una vida bajo las reglas. Es el trato más básico que existe: cumples tu parte, te cumplen la suya. A nadie se le ocurre pedirle a cada persona que se construya su propia carretera o que se defienda sola de una epidemia.
Hay riesgos demasiado grandes para cargarlos en soledad, y por eso existen las instituciones. Envejecer, además, es el único riesgo garantizado: a todos nos va a llegar. La educación financiera ayuda, claro, pero saber ahorrar sirve de poco cuando el sueldo se acaba antes que el mes.
Un pacto que se rompe justo con quien mejor lo cumplió no es un pacto. Es una trampa. Piensa en la persona que más quieres y en cómo te gustaría que fuera su vejez. ¿Te parece justo que tenga que ganársela dos veces? Un país no se mide por lo bien que le va a quien pudo ahorrar, sino por cómo trata a quien ya no puede trabajar. La vejez no debería ser un examen que se aprueba o se reprueba. Debería ser el momento en que el pacto, por fin, cumple.


