Por Yezda Mejía
Cada vez falta menos para el Mundial de 2026 y, aunque todavía falten algunos días, algo ya empieza a moverse. No hace falta que ruede el balón para sentirlo: aparecen las primeras conversaciones, las predicciones imposibles, los debates sobre convocatorias que aún ni existen y esa emoción extraña medio nostálgica, medio infantil que solo el fútbol parece despertar.
Hay algo profundamente humano en esperar un Mundial. Durante unas semanas, la rutina cambia de idioma: el tiempo se organiza alrededor de horarios de partidos, desconocidos celebran abrazados, ciudades enteras se visten de banderas y hasta quienes aseguran no ver fútbol terminan preguntando quién juega, cuánto van y por qué todos parecen tan nerviosos.
Quizá por eso cuesta tanto mirar un Mundial con distancia crítica. Porque no es solo un torneo. Para millones, también es memoria, identidad, pertenencia y emoción colectiva.
Pero precisamente por eso vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿cuánto cuesta realmente organizar la fiesta deportiva más grande del planeta?
La conversación suele comenzar desde el entusiasmo económico. Un Mundial promete turismo, inversión extranjera, derrama económica, generación de empleos temporales, modernización urbana y proyección internacional. En teoría, recibir a millones de visitantes significa hoteles llenos, restaurantes saturados, consumo local en aumento y ciudades convertidas en escaparates globales.
Y parte de eso es cierto.
Países anfitriones han experimentado incrementos importantes en actividad económica durante el torneo. La infraestructura mejora, los aeropuertos se modernizan, se amplían sistemas de transporte y ciertas zonas urbanas reciben inversiones que, de otro modo, quizá habrían tardado décadas en llegar.
Pero la historia rara vez termina ahí.
El problema de un Mundial es que sus costos casi nunca duran solo un mes.
Brasil 2014 dejó estadios multimillonarios que terminaron operando muy por debajo de su capacidad real, al tiempo que amplios sectores de la población cuestionaban el gasto público en medio de desigualdades persistentes. Qatar 2022 invirtió cifras históricas no únicamente para organizar un torneo, sino para transformar su imagen internacional, atraer inversión y reposicionarse como actor global. Sudáfrica 2010 apostó por mostrar modernidad y capacidad institucional frente al mundo.
Y ahí aparece una verdad incómoda: los mundiales no se organizan únicamente por fútbol.
También son una apuesta de reputación, diplomacia e influencia.
En Relaciones Internacionales existe un concepto útil para entenderlo: el *soft power* o poder blando. Es decir, la capacidad de un país para influir, atraer y construir legitimidad internacional no mediante coerción, sino mediante cultura, prestigio, imagen o admiración. Un Mundial funciona, en muchos sentidos, como una gigantesca campaña de posicionamiento global.
No se trata únicamente de recibir turistas; se trata de enviar un mensaje.
“Somos modernos.”
“Somos seguros.”
“Somos capaces.”
“Somos relevantes.”
Por eso, incluso cuando las ganancias económicas son debatibles, los países siguen compitiendo ferozmente por organizar estas competencias. Porque el beneficio no siempre se mide en dinero inmediato, sino en visibilidad internacional, legitimidad política, turismo futuro e inversión potencial.
Y aun así, la realidad económica sigue siendo inevitable.
No todos ganan igual. Mientras algunos sectores hoteles, constructoras, patrocinadores, aerolíneas y comercios suelen concentrar gran parte de la derrama, también existen preguntas legítimas sobre el costo de oportunidad: ¿qué deja de financiarse cuando se destinan miles de millones a infraestructura mundialista? ¿Quién paga cuando las expectativas económicas no se cumplen? ¿Qué pasa con los espacios construidos cuando las cámaras del mundo se apagan?
El riesgo existe: estadios convertidos en “elefantes blancos”, deuda pública, proyectos urbanos subutilizados o promesas de crecimiento infladas por el entusiasmo político.
Y, sin embargo, sería simplista reducir un Mundial únicamente a números rojos o negros.
Porque también deja algo que pocas cosas logran producir: memoria colectiva. Símbolos. Encuentros. Una sensación de comunidad difícil de explicar en un mundo cada vez más fragmentado.
Tal vez el error está en pensar que un Mundial debe juzgarse solo como negocio o solo como espectáculo. En realidad, es ambas cosas al mismo tiempo: una celebración global atravesada por decisiones económicas, intereses políticos y aspiraciones internacionales.
Con el Mundial 2026 cada vez más cerca y con México nuevamente en el escenario global quizá la pregunta no debería ser si vale o no la pena organizarlo, sino qué queremos que quede cuando termine el último silbatazo.
Porque la fiesta dura un mes. La emoción permanece años. Pero las decisiones económicas, urbanas y políticas pueden quedarse mucho más tiempo.


