“La costumbre de mirar hacia otro lado”

MARIANA DUARTE RODRIGUEZ

Por Mariana Duarte Rodríguez

Hay algo que me preocupa más que la violencia en México: que estamos aprendiendo a vivir con ella.

No sé en qué momento ocurrió. Quizá fue poco a poco. Una desaparición dejó de ser una tragedia excepcional para convertirse en otra noticia del día.

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Un feminicidio comenzó a competir por nuestra atención con cualquier otro contenido. Una balacera, una inundación, una amenaza en redes: todo aparece en la misma pantalla, entre una noticia y un meme, y después seguimos deslizando.

Nos enteramos de todo, pero cada vez parece sorprendernos menos. En 2025, México registró preliminarmente 27,989 defunciones por presunto homicidio. Ese mismo año, la ENVIPE estimó alrededor de 33.8 millones de delitos y señaló que 93.4% no fueron denunciados o no derivaron en una carpeta de investigación.

Son cifras enormes, pero detrás de cada número hay una persona. Alguien que tenía un nombre, una familia, una rutina y planes para el día siguiente. El problema es que las estadísticas pueden volver abstracto el dolor. Lo mismo sucede con las desapariciones.

El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reúne miles de casos que, detrás de cada ficha, representan una familia que sigue buscando respuestas. Sin embargo, después de escuchar tantas veces la palabra desaparecido, corremos el riesgo de que deje de provocarnos lo que debería: horror, indignación, urgencia. Y esa normalización no ocurre únicamente con la violencia física.

También aprendimos a vivir con el miedo cotidiano. Para muchas mujeres, regresar a casa implica avisar, compartir ubicación, evitar ciertas calles, cuidar una bebida o preguntarse quién camina detrás. En 2024, millones de personas experimentaron ciberacoso en México, incluyendo agresiones sexuales hacia mujeres. El miedo ha dejado de ser únicamente una reacción ante el peligro; en muchos casos, se ha convertido en una forma de educación. También estamos normalizando la violencia en nuestras palabras.

Las diferencias políticas, sociales y culturales se convierten con facilidad en trincheras. Dejamos de discutir ideas para atacar personas. Feminista, conservador, progresista, migrante: las etiquetas comienzan a sustituir a los individuos. Y cuando dejamos de ver personas, se vuelve más sencillo dejar de sentir empatía. La migración muestra otra cara de este problema.

Miles de personas atraviesan México después de abandonar sus países debido a violencia, amenazas o persecución. Sin embargo, muchas veces dejamos de hablar de ellas como seres humanos y comenzamos a hablar de “flujos”, “caravanas” o “problemas fronterizos”. La palabra cambia, pero la persona sigue ahí. Incluso el clima nos está obligando a preguntarnos cuánto somos capaces de normalizar.

En 2024 se registraron 331 defunciones asociadas a temperaturas extremas en México, 306 por golpes de calor. Aun así, seguimos hablando de olas de calor, sequías e inundaciones como si fueran acontecimientos extraordinarios, cuando cada vez forman más parte de nuestra realidad. Tal vez estos fenómenos parecen distintos, pero todos comparten algo: nos están enseñando a convivir con aquello que debería indignarnos. No creo que nos hayamos convertido en una sociedad sin empatía. Creo que estamos cansados. Cansados de las malas noticias, del miedo, de la incertidumbre y de tener que indignarnos todos los días.

Pero el cansancio puede convertirse en indiferencia. Y la indiferencia es peligrosa porque no hace ruido.

No dispara. No golpea. No amenaza. Simplemente mira hacia otro lado. Por eso necesitamos recuperar nuestra capacidad de asombro. No para vivir permanentemente horrorizados, sino para recordar que hay cosas que no deberían parecernos normales.

Necesitamos volver a ocupar nuestros espacios: las universidades, las escuelas, los barrios, las plazas, las organizaciones y las conversaciones. Espacios donde podamos disentir sin deshumanizarnos, participar sin convertir todo en espectáculo y construir comunidad más allá de una pantalla. Porque una sociedad también se transforma en la manera en que sus ciudadanos se miran.

Quizá resistir la violencia también significa negarnos a permitir que cambie nuestra capacidad de sentir.
Que una desaparición siga siendo una ausencia.
Que un feminicidio siga siendo una vida perdida.
Que un migrante siga siendo una persona.
Que quien piensa distinto siga siendo alguien con quien podemos dialogar.
Que una emergencia climática siga provocándonos preocupación y no únicamente inconvenientes.

No quiero acostumbrarme.

No quiero que “así es México” sea una explicación para dejar de cuestionarnos. Porque quizá el mayor triunfo de la violencia no sea solamente destruir una vida, sino conseguir que quienes seguimos aquí podamos mirar hacia otro lado y continuar con nuestro día.

Y entonces queda una pregunta que quizá todos deberíamos hacernos: ¿Cuánto de nuestra humanidad estamos dispuestos a perder antes de aceptar que ya no nos sorprende el dolor de los demás?.

Mariana Duarte Rodríguez
Columnista
Mariana Duarte Rodríguez es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad de las Américas Puebla, promotora internacional de la Agenda 2030 y activista juvenil con experiencia en liderazgo, sostenibilidad y participación ciudadana. Ha representado a México en foros nacionales e internacionales sobre juventudes y desarrollo sostenible, además de colaborar con organizaciones enfocadas en incidencia social y ambiental. Forma parte de iniciativas de comunicación, liderazgo juvenil y acción climática, impulsando proyectos orientados a la construcción de sociedades más inclusivas, sostenibles y participativas desde una perspectiva internacional y humanista.

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