Por José Miguel Ruiz.
Creo que creo en la Democracia. Al menos eso creo. Pero no confunda usted la inseguridad con la duda: la primera es invariablemente nociva; la segunda, más o menos saludable. Entonces, si a dudas vamos, una que valdría la pena rescatar es la pregunta que inauguró a la filosofía política, la cual fue de Platón y que fungió como el eje rector de su República. El filósofo ateniense construyó su obra fundamentalmente a través de esta interrogante: ¿qué es un régimen?
Como respuesta, parafraseando a Steven Smith, profesor de Filosofía Política en Yale, un régimen se puede definir, en primer término, como la forma en la que los pueblos son gobernados, pero también como aquel que determina cómo los cargos públicos son distribuidos; por elección, designios de la divina providencia, edad, logros personales o por cualidades. Éste también constituye, pero más aún, cincela los derechos y responsabilidades de los que se encuentran regidos por él”.
Hasta el momento, en síntesis, podría entenderse que un régimen se refiere a toda forma de gobierno. Sin embargo, retomando los dichos de Smith, “el mundo político no se presenta como un simple e infinita variedad de diferentes formas. Está estructurado y ordenado dentro de algunos tipos básicos de regímenes; esto es lo que hace relevante al estudio de la ciencia política, ya que el objeto de estudio se encuentra más o menos bien delimitado”.
El régimen siempre es algo particular. Se erige en oposición a otros tipos de régimen y surge como una consecuencia del conflicto o tensión entre ellos. En tal caso, la guerra está construida en la misma estructura de la política y es la última de las instancias en la disputa de las otredades. Los regímenes son necesariamente partidarios, de modo que en ellos siempre habrá ciertas lealtades y pasiones, aunque también fobias.
Con esto quisiera establecer un problema: si el régimen, como forma política, no puede presentarse en formas variadas y, por el contrario, se circunscribe a formas concretas, entonces, ¿cuáles alternativas tenemos?

Mis inquietudes, entre otras circunstancias, se dan a colación de las disputas entre dos mundos políticos en México: el viejo régimen, encarnado por el PRI y el PAN, y la oferta de un cambio, encabezada por MORENA.
La más grande de esas tensiones, sin duda, ha sido por la reforma electoral. Pero más que ir propiamente por el INE, los OPLES y parte del presupuesto público para la vida electoral en México, las entrañas de dicha reforma residen en establecer el cambio de régimen que culminaría la forma política que pretende engendrar el proyecto de nación Obradorista.
En concreto, el problema es este: por un lado, MORENA usa como argumento principal la dizque austeridad republicana. Que el INE sale muy caro, no hay duda alguna. Que pudiera operar con menos, tal vez. Pero el argumento es ineficaz por insolvente. No alcanza, simple y sencillamente, porque el ahorro de unos varios millones es una débil premisa para desmantelar una Institución consolidada.
Lo cierto es que la intención, y ni tan subrepticia, es consolidar un cambio de régimen. ¿Hacia cuál? Aún no tengo idea, aunque intuyo que Autoritario, porque eso de democracia austera no me suena propiamente a un régimen.
El detalle es que el argumento de la oposición es tan ineficaz como el primero. Que tener democracia sale caro, pero no tenerla más. Que el PRI y el PAN no se atrevían a tanto. Para empezar, con chantajes no se convence, ni mucho menos con comparaciones que pecan por lo menos de cínicas y desvergonzadas.
Independientemente de eso, mi verdadera preocupación redunda, otra vez, en que no encontramos acorralados por las formas del poder. ¿Hacia dónde voltear a ver? ¿Cuáles alternativas tenemos?
Si le prestamos atención a lo que la oposición dice, valdría la pena citar a Alain Badiou, filósofo francés, quien decía que el conservadurismo de los regímenes se daba entre “una brutalidad de un estado de asuntos profundamente desiguales y el cual se nos presenta como ideal, aunque la conservación de ese estado de las cosas reside en omitir nombrarlas como ideales o maravillosas. Para su justificación, sus partidarios dicen que todo lo demás, lo diferente al régimen, es horrible. Ellos dicen que el capitalismo es injusto, pero no es criminal como el Stalinismo. Que ellos dejan de morir a millones de africanos de ETS, pero que no hacen declaraciones racistas y nacionalistas como Milosevic. Que ellos matan iraquíes con aviones, pero que no les cortan sus gargantas con machetes como lo hacen en Ruanda. O bien, que sus democracias no son perfectas, pero que son mejor que las sangrientas dictaduras…”.
Justo a eso me suena la pobre argumentación de la oposición. A un rancio conservadurismo, en todo caso inoportuno. A la ilusión de falsas libertades. A los eufemismos y al juego gramatical. A horrores o malaventuras matizadas. Algo así como “pero nosotros robábamos menos” o “nosotros no nos atrevíamos a tanto” … y así pueden continuar los panfletos. Creo que creo en la Democracia, pero defenderla a toda costa, es más que discutible.
Pero gobernar democráticamente también significa argumentar y MORENA se inclina más por los monólogos. Gobernar democráticamente es convencer y MORENA se inclina más por imponer. Uno no se rebela contra la tiranía de papá y mamá como para aguantar que un gobierno quiera venir a ser igual o peor de autoritario y vertical que ellos.
Entonces, si el autoritarismo no es opción, ¿por qué creer en las imperfectas democracias, cuando el derecho a la libertad, el derecho a elegir más o menos libremente, se ciñe a dos opciones que no terminan de convencer? Por decir lo menos…
Una alternativa se puede considerar como algo mejor a lo que ya se tiene; nosotros sólo tenemos opciones. Y a mí no me queda más que seguir tirando balas de Salva al aire, a ver si un afortunado día pega en el ojo correcto.


