Por Ana Quintero.
Apenas un explotador profesional de la fantasía podría
justificar su traición con 30 millones de reflejos
Al entrar en una casa de espejos las posibilidades parecen ilimitadas, pero tras los tropiezos y los choques vamos encontrando que las salidas son muy reducidas. ¿Por qué insistimos en pensar que las casas de espejos son lugares lindos?
Tal vez porque las luces y la composición que tienen nos invitan a creer en un conjunto de posibilidades que en realidad nunca han existido. Rápidamente, al descubrir que se trata de una ilusión, estar ahí se convierte en una experiencia angustiante. ¿Dónde está la salida?, ¿Voy a poder salir algún día?, ¿Qué pasa si me quedo aquí? , ¿Esta es la salida real o es una falsa oportunidad?

Llega el punto en el que no sabes si se trata de una casa de espejos común y corriente o de vivir en México durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Su movimiento político nos hizo brillar los ojos y consumir su esperanza fraudulenta para tener acceso a los pedazos de país que teníamos, y luego, hacerlos este polvo que se nos está escapando por entre los dedos.
Las políticas públicas de este gobierno fallan de manera reiterada porque no están diseñadas para resolver los problemas públicos que presumen, sino para mantener las apariencias, es decir, para mantener sólidos y limpios esos espejos. Mantienen una coordinación extraordinaria para crear y reproducir en masa sus discursos laberínticos. En otros términos: nos tienen bailando en el festival de la explotación cínica de la ilusión hostil.
Lo doloroso es que un país no debería ser una casa de espejos, sino un espacio seguro, un hogar para quienes lo habitamos; no solamente porque lo han prometido, y lo han explotado como recurso discursivo, pero también porque es el piso básico del bienestar y de lo que se pide de un buen gobierno.
Mientras desmantelamos La Casa de los Espejos por la que desfilan los siervos de la ignominia a cuestas de nuestra aflicción, nos vemos el próximo viernes.


