México no necesita libertad (al estilo estadounidense).

Por Victor Manuel Arredondo Vizcarra

Esta semana comenzamos con la novedad de que algunos legisladores republicanos (de derecha, vaya) de Estados Unidos empezaron a poner sobre la mesa la idea de que las fuerzas armadas norteamericanas debían entrar a territorio mexicano para acabar con los carteles de la droga, alguno de ellos incluso dijo “debimos bombardearlos cuando pudimos”, esto como respuesta al tráfico incesante de droga a su país, en especial del fentanilo, una droga sintética altamente adictiva cuya erradicación ya es tema de Estado en los Estados Unidos. Las discusiones se agravaron esta misma semana por la desaparición de 4 ciudadanos estadounidenses en Tamaulipas para luego ser encontrados, desafortunadamente dos sin vida.

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Está no es la primera vez que el tema del narcotráfico es tema de discordia entre México y Estados Unidos, pero está vez ha estado escalando incluso con tintes políticos, no solo con la amenaza de intervención de algunos legisladores, sino también con la amenaza del presidente mexicano de llamar a no votar por los republicanos, rompiendo una vez más la Doctrina Estrada.

Desde que los efectos del narcotráfico y el crimen organizado empezaron a afectar a nuestro vecino del norte, apareció el tema en la agenda bilateral cómo punto crucial, en especial con el aumento del tráfico de drogas sintéticas, además de que el tema de seguridad nacional tomaría una nueva noción para Estados Unidos después de los atentados a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001.

Se han empleado diversos mecanismos para fortalecer la seguridad pública en México y combatir la producción y trasiego de drogas, desde reuniones de cooperación técnica, aportaciones económicas para fortalecer la estructura y el armamento policial (cómo lo fue el Plan Mérida, con el que México adquirió tecnología, vehículos y armamento de punta para combatir al crimen organizado) hasta operativos en conjunto para capturar objetivos estratégicos cómo Joaquín Guzmán Loera o su hijo, Ovidio Guzmán.

Sin embargo, los esfuerzos no han sido suficientes y no han sido de forma pareja en todos los temas, en parte por las diferencias que han tenido ambas partes por combatir el problema, cómo lo es el tráfico de armas de Estados Unidos a México, un elemento clave para entender cómo los cárteles de la droga tienen armamento para repeler operativos e intimidar a la población: no hay que olvidar que, pese a los ataques mediáticos de los políticos estadounidenses hacía México por el secuestro y muerte de sus ciudadanos, estos se hicieron con armas de su país. Otro tema delicado a tratar cuando hablamos de este tema es la demanda de drogas en Estados Unidos: muchos norteamericanos condenan el tráfico de drogas desde México, pero no hacen nada por prevenir que sus ciudadanos caigan en ellas, o bien incentivan su consumo entre los grupos vulnerables para revictimizarlos.

Para concluir, es necesario atender este tema de forma bilateral, entendiendo que el origen de la delincuencia organizada y el narcotráfico es multifactorial, y que simplemente combatirlo como si se tratase de una guerra no acaba el problema, sino que lo alarga y deja efectos colaterales, cómo más violencia y la muerte de inocentes, como en toda guerra. México no necesita “libertad” cómo le gusta a los estadounidenses en Medio Oriente, necesitamos planes en conjunto para acabar con el narcotráfico, empezando por evitar los discursos supremacistas y xenófobos, dejar de construir muros y comenzar a crear alianzas por un mejor futuro para ambos países.

Victor Arredondo
Columnista

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