El privilegio de aprender inglés.

Por Adrián Espinosa.

Estoy cerca de cumplir un año siendo maestro de inglés. Ha sido una experiencia que nunca había tenido antes. Probablemente pude haberlo sido unos 5 o 6 años atrás, pero no se había dado. En estos 10 meses he constatado que no es lo mismo dominar un idioma que enseñarlo, hay un muy largo trecho de camino. Tú puedes hablar perfectamente un idioma, pero no tener los recursos técnicos o emocionales para enseñarlo. La docencia no es fácil. Uno puede apegarse a la metodología que mejor le parezca o con la que comulgue, prepararse de la mejor manera, ser muy culto o dotado en un idioma que no es el nativo de uno, pero si no cuenta con la inteligencia emocional para manejar las energías, actitudes y problemas de los enseñados, se tornará en un asunto difícil.

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La docencia es una relación reciproca. Suena a cliché lo siguiente que voy a escribir, pero: no se le puede enseñar a quien no quiere ser enseñado. La disposición de ambas partes es fundamental, sino, todo cae en saco roto. Uno puede tener la mejor disposición para pasar conocimiento a sus alumnos, pero si ellos no están dispuestos a recibirlo, es como hablar con una pared. El inglés es un idioma con el que siempre he convivido, pues tuve la fortuna de aprenderlo desde temprana edad. Además, conté con la suerte de haber nacido a finales de milenio, cuando el idioma inglés se empezó a popularizar a nivel mundial y las escuelas bilingües llegaron para quedarse. Antes de eso, se lo veía como un lujo burgués o otra extensión del imperialismo norteamericano, qué sé yo.

Las probabilidades de aprender a una edad madura un idioma con el que nunca has tenido ningún contacto son pocas, o por lo menos se podría decir que estás en desventaja con respecto a los más jóvenes. Siempre será mejor aprender cuanto antes, aunque eso no signifique que esté todo perdido para los late learners.

Uno de los retos a los que me he enfrentado en estos 10 meses es tratar de inculcarles a los alumnos la idea de pensar en inglés y no en español, la idea de tratar de desentenderse en la medida de lo posible de esta idea de “la traducción literal” porque hay que entender que el inglés y el español son idiomas diferentes que nacieron bajo distintas circunstancias, no tienen ningún vínculo en común.

Habrán aquellos que se dediquen a enseñar y nada más. Sin embargo, hay aquellos que sienten una responsabilidad hacia con el alumno, una especie de deber moral. Dicho de otra forma, un verdadero interés en el aprendizaje del estudiante. Habrá quiénes se conformen con dar la clase y piensen que hasta ahí termina su responsabilidad (hasta cierto punto es cierto), pero siempre es importante priorizar el aprendizaje. Aunque, repito, es una relación reciproca y nada se da por arte de magia. Cuando se trata de aprender no cabe el pensamiento mágico ni la alineación de los astros. Estilos hay varios: hay algunos maestros carismáticos que apelan a una mezcla de diversión y aprendizaje; los hay quienes prefieran una enseñanza más formal, seria y reservada. Ningún método es incorrecto mientras la intención sea pasar el conocimiento. Solo son estilos.

Así como el alumno puede sentir frustración, es normal que el docente sienta lo mismo. ¿De dónde se origina esta frustración? De la ya mencionada responsabilidad hacia el receptor. Habrán veces donde esta sensación aflorará y habrá otras veces donde el profesor se sienta gratificado. Un comentario, una sonrisa, un esbozo, una participación, cualquier cosa puede servir como incentivo para el docente de que está siendo correspondido por su labor. Los incentivos son importantes. En la docencia y en otro tipo de empleo, si se abandona al personal es como navegar en un barco sin capitán. Por supuesto que los incentivos no deben ser primordiales para el cumplimiento de las obligaciones del empleado, pero son un “empujoncito” que los empleadores deben usar recurrentemente.

Incluso, se podría decir que el perfil de una persona podría ser influyente en la capacidad de aprender o no un idioma, en este caso el inglés. El contexto socioeconómico también juega un lugar importante, inclusive el origen familiar. Los factores externos en general. No es lo mismo un estudiante de la sierra de Sinaloa que un estudiante nacido en el circulo rojo de la Ciudad de México. No se entienda como un demerito para el primer ejemplo, la intención es ubicarlo en una situación desventajosa con respecto de su par citadino. Aunque, lo curioso es que es probable que el primero tenga un familiar viviendo en el otro lado a quien visita frecuentemente, entonces de cierta forma sí tiene algún tipo de contacto con el idioma. Mientras tanto, el citadino tendría como ventaja la inmensa cantidad de escuelas de inglés disponibles en la capital y la gran cantidad de extranjeros con los cuales practicar.

En otras palabras: el inglés es de quien puede pagarlo. Testimonios de primera mano me han comentado del terrible nivel de inglés impartido en la educación pública mexicana. Adjetivos como: básico, malo, barco, de relleno. Entonces a lo que tienen que recurrir es tanto a la educación privada o en su defecto a un centro de idiomas (o escuela de inglés). Esto se antoja complicado tomando en cuenta las necesidades básicas que mucha gente tiene que cubrir y priorizar antes que aprender inglés. Visto de esta manera, saber inglés en México es un privilegio de clase y un asunto que está directamente atravesado por las condiciones socioeconómicas y materiales de la gente. Es así.

Adrián Espinosa de los Monteros Tatto
Columnista
Es licenciado en Comunicación por la Universidad de las Américas CDMX y maestrante en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa, ha colaborado como articulista en los sitios Vida Pública, Cultura Colectiva y Milenio. Trabaja en comunicación digital y escribe sobre asuntos públicos, ideología, democracia, discurso, teoría política y económica.

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