Los 7 pecados del analista político.

Por José Miguel Ruiz.

1. Autonombrarse analista. Halago en boca propia es vituperio y sinuosos son los caminos del ego; pasa que es muy frecuente que los que le entran a comentar el chisme político suelen caer en eso. O sea, en la sobrestimación personal. No los culpo, porque la vanidad es el pecado judeocristiano más atractivo y seductor. Es mejor esperar – sin mucho entusiasmo – que el tiempo hable y que el ambiguo título de analista político venga del reconocimiento de la otredad.

Canal de whatsapp Politikmnte

2. Confundir el análisis con el chisme. Para analizar hay que tener método; eso no se alcanza más que con una ética protestante en lo que a estudiar se refiere. La empiria es una gran aliada, pero Miguel de Cervantes sentenció que “quien mucho lee y mucho anda, mucho sabe y mucho ve”. No basta ver; también hay que saber cómo ver.

3. Escribir mal. Para ser hay que parecer. No necesariamente tienen que ser un Borges, pero un análisis agudo puede quedar en segundo plano ante una falta ortográfica evidente y hasta vulgar. No se trata de una falsa disputa clasista entre la civilización del buen escribir y la barbarie de la mala ortografía. Simple y sencillamente es un tema de imagen y credibilidad.

4. Ser veleidoso. Hablando de credibilidad, no hay nada que desnude más a un analista político que la inconsistencia en sus opiniones. No se trata de que se adscriban a la izquierda o la derecha porque, con mucha frecuencia, el análisis político tiene perdida la brújula ideológica; en todo caso, tampoco es un requisito indispensable. Me refiero a que es de desconfiar que, no en pocas ocasiones, un analista un día sea el acérrimo crítico del régimen o de sus enemigos y, al siguiente, el más afable de los opinólogos.

5. Decir sin sustentar. Analista no es sinónimo de Oráculo de Delfos. Suponiendo que somos hijos de la época de la ilustración, es oportuno considerar que afirmar sin certeza plena – o mínima – de lo que se dice, es una falta a la razón. Ese suele ser un pecado recurrente de los que se hacen llamar analistas de la política. Especular es un vicio de antaño que no se ha logrado despojar del espíritu del humano moderno. Como antídoto, está el dato o el argumento, aunque a veces, aquéllos, sigan prefiriendo la enfermedad. Es vanidad, al final de cuentas.

6. Sentenciar. Insisto: los analistas no son oráculos. Un analista describe y sugiere; quizás pueda predecir, pero no adivina. Hacer análisis es dar una perspectiva sustentada pero limitada al reconocimiento de las propias capacidades y alcances… Es un acto de honestidad y sensatez, aunque a veces sesgado. Para dictar sentencias están los jueces y las deidades.

7. Venderse al mejor postor. Es válido no tener opinión propia, pero es inadmisible alienar la razón al dinero. El pecado capital(ista) de los analistas políticos es ese. Cuando el dinero habla, el analista calla y ya no hay opinión ni perspectiva que valga.

José Miguel Ruiz
Columnista

CONTENIDOS

LO QUE SIGUE
ÚNETE A NUESTRA CONVERSACIÓN

Suscríbete para recibir contenido exclusivo y no perderte ninguna actualización de nuestros columnistas.