Por César Alejandro De La Cruz Iriarte
Abro mis ojos, despertado por mi alarma que mide mis horas de sueño como ni yo mismo lo hago, entonces me pregunto ¿Qué sentido hace ir a la escuela? Me veo al espejo y no me gusta lo que veo, cada día más grande, más viejo ¿Qué conflicto tenemos con la vejez? Supongo que es temor de ya no movernos en algún momento y morir. Me lavo la cara y las ideas se me aclaran, recuerdo que voy a la escuela con un propósito, educarme y mejorar diario, entonces ya me gusta lo que veo en el espejo, como si encontrar un propósito o recordar el ya encontrado me proporcionara aparente belleza. Me visto rápido, sin tiempo para meditar, desayunar o estirarme como lo había planeado. Incumplir con mis propios compromisos me frustra demasiado.
La hora donde aún era posible ya paso, quedo atrás todas las veces que pospuse la alarma. Es hora de irme, pero antes de hacerlo les doy los buenos días a mis compañeros mascotas, dos gatos y un perro, también les doy de comer, los acaricio, les digo provecho y adiós, ahora si a estudiar. Aclaración, no les digo mis mascotas porque no son una propiedad. Lleno mi termo de agua y salgo de casa, ahora si por fin, porque anteriormente; volví a darle un beso a mi novio, recogí la llave, tomé un libro, regué las plantas, lo común del caos matutino, el caos. El caos se repite por tercera vez, ahora en los vehículos a toda velocidad por la avenida principal de la ciudad, suenan sirenas, pero a veces no.

Todos llevan prisa pues igual que yo, van tarde a su trabajo o compromiso, supongo que es un rasgo muy mexicano, porque cuando fui a Brasil se suele ser puntual.
Subo al camión y me lamento por no tener coche, por ser ordinario, por ese sentimiento de imitante sufrimiento. Luego intento ver redes sociales; fotos, videos, tik toks con comida, desayunos premium y lujos. Aunque tentador, la decisión es no verlo. Bastante me ha costado alejarme de ese mundo de espejismos que deprimen al que los añora, a pesar de eso sigo teniendo pensamientos como el que tuve al abordar el camión. Pienso: a seguir trabajando en mí, en el presente y en el crecimiento físico, mental y espiritual. Cero redes, me digo a mí mismo y cierro por último Twitter, que resulta ser la peor cloaca.
Llego a la universidad y la veo imponente, entro y entonces ya la empiezo a ver marchita, como todo, el exterior es mejor que el interior ¿O casi todo? Profesores molestos, compañeros abrumados, edificios en decadencia, agua tirada, baños cerrados, trabajadores incomodos. La energía que obtuve pensando en porque voy a la escuela y la imagen de imponencia de la universidad se ve gravemente amenazado, mi estado de ánimo cambia y entonces me pierdo en la queja y el conformismo. En la cotidianidad.
Mi entrada al salón varía según mi condición mental, pero la mayor parte del tiempo intento que sea rápida y educada, he llegado tarde, que novedad.

Las quejas y críticas no se hacen esperar, todos criticamos al gobierno, sus acciones, a los empresarios y sus negocios, a los narcotraficantes y la violencia. Los lamentos se intensifican en una clase en particular, tengo dudas, ya escuché demasiado; me interesa la esperanza que ofrece una solución. Una maestra en Brasil me dijo que no hay pregunta vana mientras genuinamente exista duda. Sin embargo, de la maestra no recibo posible respuesta o por lo menos una fugaz idea, solo más lamento disfrazado de idea. Colera.
Desilusionado salgo a receso, hablo con mis amigos y me siento iluminado. Solo falta el último paso, el profesor siguiente nos permite expresar, las condiciones son óptimas para hablar, decir nuestras ideas; por fin me atrevo a expresar, ya escuché a mis compañeros, así que intento juntar todas las ideas y hablo desde el corazón y con libertad. Mis ideas: cambiar lo que no nos guste, ser objetivos, debatir, despertar en conciencia y ser humano. Me siento feliz.


