Por Jafet R. Cortés
No sé cuántos días llevaba despierto hasta ese momento; el hambre y la sed se evaporaron desde hace tiempo, únicamente quedaba el imperioso deseo de descubrir. La oscuridad de aquel laboratorio le convertía en el lugar predilecto para perderse entre propias y prestadas ideas; mientras las máquinas, los tubos de ensayo y demás utensilios, se convertían en la única compañía.
Conjuntando componentes químicos, observando sus reacciones, anotando resultados, rutina diaria que obsesionó mi espíritu. Estaba cada vez más cerca de lograrlo, de descubrir la fórmula exacta para crear aquel elixir que tanto anhelo causó en mi vida, desde aquel momento cuando las sombras no habían conquistado por completo el mundo y una luz iluminaba mis torpes pasos en el camino.
La aplicación de aquella fórmula estaba sujeta a mis sueños más profundos: abatir la mentira que cundía el mundo, desterrar los engaños a los que la humanidad había acostumbrado a sus propios congéneres; cambiar la vida, volverla más a mi imagen y semejanza, volverla más mía y menos de todos.
En realidad, no me importaba si el mundo ardía, siempre y cuando fuera verdadero, siempre y cuando pudiera destapar aquel velo de ignorancia que ocultaba el dolor que lloraba en silencio; siempre y cuando la verdad pintara las paredes de color, aunque hiciera que la vida se estrangulara a sí misma.
Utilicé todos mis conocimientos alquímicos para lograr condensar la fórmula que había descubierto entre nubes, compartiendo en secreto aquel líquido brillante y azulado con la humanidad, que de pronto había roto el vetusto pacto con la mentira.
La violencia no se dejó esperar, la verdad se coló como una plaga derrumbando burbujas de cristal; sociedades enteras, que habían sobrevivido en la mentira, colapsaron en menos tiempo del calculado, sólo algunos pueblos lo suficientemente ocultos escaparon de la masacre.
¿Y si pudiéramos recrear aquel elixir de la verdad?, ¿qué pasaría con nosotros?, ¿qué pasaría con la humanidad?, la invención humana parece infinita desde el punto de su insaciable y curioso apetito. Consumir y seguir consumiendo, entre enteras preguntas; crear y seguir creando, entre medias respuestas. Volcar la naturaleza a placer, antes y después de haberla nombrado; soñar y materializar esos sueños a través de las artes ocultas; transformar la materia siguiendo o no ciertas recetas alquímicas.
Lo cierto es que, entre tantas ideas creativas, ninguna ha planteado producir de manera consciente y directa aquel brebaje que nos haga romper con la mentira cotidiana que se ha apoderado de la convivencia social.
La mentira se volvió tan necesaria como el pan y la sal, tan común como respirar; la verdad, un frente intransitable. El miedo que le tenemos a declarar lo que está sucediendo, el miedo que le tenemos a la realidad, tiene mucho sentido si vemos los desastrosos resultados que podría tener sincerarnos por completo.
EL VERDADERO ELIXIR
El ritual cotidiano al que nos enfrentamos se encuentra cundido de mentiras, y pareciera motivo de risas, pero el elixir de la verdad más común que ha creado la humanidad -medianamente involuntario- es el alcohol y diversos psicotrópicos, que al ingerirlos inhiben en ciertas y medidas proporciones la tendencia a mentir.
Sin ese tope, tropezamos con nuestros deseos más profundos, obligados a sincerarnos con nosotros mismos y externarles al mundo que en muchas ocasiones no se lo toma de la mejor forma; al mismo tiempo, oculta otras verdades que no queremos enfrentar, ahogándoles temporalmente entre sollozos y luces de desenfreno.
Todos buscamos la verdad desde distintos ángulos y abrazamos la mentira desde otros; insistimos en encontrarla sin saber el peso que conlleva conocer lo que realmente está sucediendo.
Pero, ¿quiénes somos cuando tomamos?, por una parte, somos nosotros a flor de piel, actuando desde la versión más rupestre, actuando sin filtros de convivencia y reglas sociales preconcebidas; y por otro, somos nuestro sentimiento más profundo en ese momento, el dolor más grande o la felicidad más inmensa; somos esa verdad que guardamos en la cartera y que pide a gritos tomar una bocanada de aire, salir.

