Por Diana Mendoza.
Un elemento destacable del siglo XXI es lo efímero que pueden llegar a hacer las relaciones de pareja. En consulta constantemente escucho a personas quejarse de su vida amorosa, sobre lo difícil que es encontrar a personas que realmente quieran comprometerse a construir un amor sólido, un futuro juntos.
Esto no se queda únicamente en el consultorio, lo escucho a diario con las personas que me rodean; tal parece que es el nuevo síntoma presente en nuestra época y que repercute en los individuos generando malestares que se manifiestan de diferente manera, como es: depresión, ansiedad, inseguridad, incapacidad para vincularse, entre otras expresiones.
Si hay algo que impera en nuestra cotidianeidad es el uso desmedido que le damos a las redes sociales y lo fácil que puede resultar contactar con toda clase de personas, lo que de cierta manera vuelve aún más complejo el establecimiento de vínculos con las personas reales, precisamente, es como si estuviéramos incapacitados para tratar con la persona de carne y hueso, por eso, elegimos a la persona digital, esas que observamos a trevés de reels o videos, fantaseamos con poseer las y establecer algún tipo de relación con ella, pero cuando pasa a la escena real, la realidad no se hace soportable y decidimos buscar más opciones.
Opciones, esa es la palabra, hay tantas opciones y tantas formas de acceder a ellas, que comprometerse con una persona es limitarse, castrarse – citando a Freud- y precisamente las personas no quieren eso, las personas quieren saciar sus deseos, no limitarse. El sexo se ha convertido en una práctica habitual que ha perdido cierto valor, ya no hay necesidad de establecer vínculos afectivos o relaciones estables para acceder a él, lo que hace que consolidar una relación sea difícil, pues surge la pregunta ¿para qué me comprometo si lo que se deseaba ya se obtuvo? Lo que hace que las personas estén inversas en círculos viciosos, buscando conocer personas para establecer relaciones sólidas y a su vez no quieren dejar de disfrutar todo lo que hay a su alcance, lo que evidentemente genera que muchas relaciones fracasen o que nunca lleguen a consolidarse.

Esto me recuerda a lo que Bauman llama “modernidad liquida”, todo es desechable, intercambiable, ya no se piensa en un amor para toda la vida, se piensa en amores pasajeros que cubra las necesidades del momento. Pensar en algo estable y duradero asusta pues limita a seguir conociendo nuevas personas, una vez un paciente me dijo, “Tengo miedo de casarme o comprometerme a una relación y que realmente no sea el amor de mi vida o que después conozca a otra persona con la que quiera estar” me pareció una fresa tan profunda, por alguna razón el otro nos resulta insuficiente, siempre estamos esperando o buscando a alguien mejor, a la persona ideal lo que nos incapacita a comprometernos.
Además, otro síntoma de nuestra época es la individualidad, pensamos únicamente en nosotros, en nuestras necesidades y en lo que queremos, y no somos capaces de ceder o llegar a acuerdos, pues de cierta manera hemos confundido lo singular o individual con pensar únicamente en nosotros mismos y ser incapaces de pensar en el otro, por lo que el otro pasa a convertirse en un objeto que podemos utilizar y desechar con facilidad, bajo el argumento de que preferimos estar solos, y eso para no tener que sacrificar una parte de nosotros, no pagar el costo que implica comprometerse en una relación amorosa. Precisamente la sociedad está pagando los costos de la individualidad, cada vez hay menos relaciones, más divorcios, más relaciones sin compromisos.
Si lo reflexionamos un poco, podemos concluir que los sujetos únicamente está respondiendo a las demandas de la sociedad actual.
Para cerrar me gustaría citar una frase de una canción que me gusta mucho llamada la extraña pareja de Ismael Serrano “el amor es difícil y extraño en estos tiempos”.
Tras este escrito, aun tengo la pregunta: ¿Qué está pasando con las relaciones amorosas?


