Por Adrian Espinosa.
La oposición no termina de sorprenderme y no por una buena razón. Aparentemente, siguen sin saber por qué perdieron la elección hace 6 años. Nadie les quita su legítimo derecho a la protesta, incluso se celebra. Sin embargo, parecería que los propios integrantes de la Marcha Rosa de hace dos semanas sabían poco o nada de las consignas que ahí se exigían.
Tan es así que el mismo Lorenzo Córdova Vianello, caudillo principal de dicha manifestación (al que tildaban de árbitro imparcial), aseguró en una declaración desde ese evento que “la democracia no estaba en riesgo” a pesar de que el resto de las asistentes manifestaba lo contrario.
Recordemos que hace un par de semanas una multitud se dio cita en las principales calles y plazas de nuestro país. Lo primero que me llamó la atención es la decisión de marchar de rosa. Uno como ex-alumno de una carrera de Ciencias Sociales siempre se interesa por ese tipo de simbolismos que dudo estén ahí por pura casualidad.
¿Por qué la elección de ese color? Supongo que podría ser porque no se considera un color problemático o que evoque asuntos desagradables, pero bueno, solo ellos sabrán.
Evidentemente y como en cualquier marcha (independiente de colores, partidos e ideologías) habían personas que desconocían su razón de estar ahí o entre ellos mismos contradecían sus dichos, incluso.
Se dijo que era una marcha apartidista. Sin embargo, las principales figuras de los partidos que postularon a Xochitl Gálvez Ruiz se dieron cita ahí. Resulta interesante que se disfrace una marcha de “apartidista” cuando en los hechos no lo es.
Encuentro unas cuantas razones para ello: la sociedad civil organizada suele tener un halo de estar “más allá del bien y del mal”, es decir impoluta, desinteresada y apolítica (una organización apolítica, hasta redundante suena) el halo de superioridad moral de los integrantes de dichas organizaciones de la sociedad civil suele hacer eco en este tipo de eventos.
En México, cierto sector conservador suele disfrazar sus opiniones políticas por alguna razón que valdría la pena analizar. Puede ser temor, puede ser espiral del silencio, puede ser falta de aceptación.En fin, suelen ser reacios a las etiquetas de la derecha conservadora y eso se refleja en esta marcha: falta de posicionamiento ideológico alerta sobre falta de determinación política.
En cualquier otro país latinoamericano la gente de derecha acepta que es de derecha, incluso con orgullo.
Ahí están los ejemplos de la Argentina de Milei donde aceptan alegremente que son liberales-libertarios y no se les ve rehuyendo de su propia naturaleza ideológica, véase otros países como Chile, El Salvador, Brasil y EEUU.
Amén de todo esto, algunos de los comentarios emitidos son absurdos y rayan en el clasismo, como cuando una señora de la tercera edad le comentaba al periodista Hernán Gómez Bruera que: “Sí, yo recibo un programa social y eso nos ayuda; pero ellos no lo deberían de hacer porque se acostumbran a estirar la mano”.

Es decir, según este estándar, una persona más o menos acomodada sí puede recibir programas sociales, pero una persona pobre no, véase el siguiente artículo de Máximo Ernesto Jaramillo Molina sobre la estigmatización de los beneficiarios de programas sociales:
Cuando le preguntan a otra manifestante si el voto es libre, esta contesta: “El de las personas que sí tenemos educación o preparación, sí. La gente que no la tiene no, la gente que es más ignorante, no necesariamente todo el pueblo”.
Esta última declaración no hace más que reforzar los estereotipos de clase: “Las personas con dinero sí estamos preparadas y educadas, mientras que las personas pobres no”, no hay, en los hechos, algo que sustente este dogma. Ni el nivel socioeconómico de una persona ni su nivel de estudios pueden hacer que tome mejores decisiones respecto al voto.
Es reforzar la idea absurda y excluyente de que “un voto debe valer más que otro” porque “hay personas más educadas que otras” como si el nivel de educación fuera un factor importante para informarse de lo que pasa a nivel político en un país. Resulta cuestionable, además, la idea de que el beneficiario de programa social está condicionado para votar.
Si así lo fuera, que no solamente se hable de los beneficiarios de programas sociales de bajos estratos sino también de las empresas que reciben estímulos estatales o las inmobiliarias que reciben licitaciones de obra pública. Bajo este mismo argumento, los anteriores también estarían condicionados, pero este hecho suele ser relegado de la opinión pública.
Se ha dicho con anterioridad: se festeja que la clase media-alta haya salido de su letargo político de 70 años y por fin hayan tomado las calles, pero aún están empecinados en reduccionismos y dogmas.



