Por Sugey Mendoza.
Recientemente presencié un evento que me motivó a escribir este texto, estaba en el aeropuerto esperando el vuelo que me traería de regreso a Culiacán, me encontraba desayunando en uno de los restaurantes cuando ingresa una familia con una pequeña de dos años de edad – se la edad porque la madre lo comentó – la niña se encontraba llorando desconsolada porque quería irse a jugar, pero la madre le comentaba que primero tenía que comer y luego la llevaría a jugar al área de niños. En el lugar también se encontraba un señor que, tras escuchar los llantos de la niña, le pidió a la señora que se retirara porque los llantos le estaban molestando, entre otras cosas. La madre, se levanta molesta y le dice que no, y empieza un enfrentamiento que no pasó de palabras, sin embargo, la señora puntualizó cosas que me parecieron bastante interesantes.
En primer lugar, le comentó la razón por la cual estaba llorando la niña. En segundo lugar, le mencionó que actitudes como las que él estaba teniendo – groseras – ocasionaba que los padres parecieran malos padres y que limitaran su acceso a los lugares, y así como él, ella y su familia, en especial su hija, tenían el mismo derecho que él a estar ahí. Y tercero, que entendía que los llantos eran molestos, pero que ella no iba a sucumbir al deseo de la niña por ir a jugar, ya que era una niña y necesitaba alimentarse y especificó que ya que terminaran de desayunar la llevaría.
Este evento me pareció tan lleno de sentido, y me incitó a la reflexión sobre la poca tolerancia que la sociedad parece tener a la infancia, se nos olvida que todos fuimos niños alguna vez y que muy seguramente fuimos los protagonistas, en muchas ocasiones, de escenas como la que se estaba desarrollando. Se nos olvida que los niños solo quieren jugar y saciar sus deseos, los niños no quieren ser educados, sin embargo, somos los adultos quienes lo hacemos porque sabemos que tienen que aprender las normas ya establecidas.

Pareciera que, en vez de infantes, lo que la sociedad desea son adultos pequeños, que sepan cómo comportarse todo el tiempo, que se autorregulen y eviten hacer escenas en las que su paz y tranquilidad se vea comprometida. Desde este enfoque, los espacios en los cuales los niños tienen libertad de ser niños son limitados. Me atrevo a decir que más de una persona se ha encontrado en algún lugar y ha dicho: este lugar no es para niños, al ser molestado por el comportamiento de alguno.
Esto me recuerda a lo dicho por el psicólogo Alberto Soler, él nombra a este suceso como niñofobia, que no es otra cosa que la poca tolerancia que las personas tienen hacia los niños y su disgusto frente a estos deseando que no se encuentren ahí. Sin embargo, me pregunto, entonces ¿qué es lo que esperamos de la infancia? Tal parece que la sociedad actual no tiene tiempo ni ganas de tolerar los comportamientos infantiles.
Buscamos que se desarrollen rápidamente y adquieran habilidades de comportamiento para evitar enfrentar situaciones como las mencionadas, lo que reduce el espacio para la libre expresión y la conducta infantil. Esta tendencia promueve la crianza de niños más sedentarios, sumergidos en la tecnología y atrapados por las pantallas, lo que tiene un impacto negativo en su salud física y mental. Parece que se da poca importancia a este último aspecto, siempre y cuando se logre mantenerlos tranquilos, permitiendo así que los espacios que son ocupados mayormente por adultos y el tiempo no sean absorbidos por las infancias.


