Por Ericka Cerdas.
El primer debate presidencial en México se puede resumir en “tiene más sabor un vaso de agua”. Muchos de nosotros esperábamos momentos más memorables, quizás algo parecido a un “Ricky Rickin Canallín” o unas palomitas sacadas de debajo de la mesa. Sin embargo, en lugar de presentar propuestas innovadoras y destacar sus cualidades individuales, los tres candidatos optaron por los ataques personales y dejaron mucho que desear en términos de propuestas y políticas.
Como he mencionado anteriormente en esta columna, los debates rara vez alteran las preferencias del electorado, pero sí tienen el potencial de resaltar ciertos argumentos y temas que pueden resonar en el período posterior al debate.
La moderación
Es importante hacer un reconocimiento al INE por la organización de estos espacios que ayudan al mejoramiento de la democracia. Sin embargo, durante el desarrollo del debate, se hicieron evidentes algunos problemas de organización que generaron cierta confusión inicial entre los candidatos respecto a sus tiempos y la dinámica del evento..
En ese sentido, es notable que se abordaron una amplia gama de temas para el lapso de dos horas previsto para el debate. Sin embargo, se observó un cierto descontrol en la gestión del tiempo asignado, lo cual fue mencionado por los propios candidatos al inicio del evento y nuevamente destacado por ellos en sus comentarios posteriores al debate. Este aspecto es relevante porque sugiere que las reglas no quedaron claramente establecidas desde el principio, lo cual podría considerarse un error logístico.
En cuanto a la labor de moderación, es necesario reconocer el alto nivel demostrado por Manuel López San Martín y Denise Maerker. Moderar un debate nunca es una tarea sencilla, y requiere habilidades especiales para guiar a los candidatos hacia respuestas pertinentes. En este sentido, se podría decir que hubo cierta falta en la forma de conducir a los aspirantes para que respondieran directamente a las preguntas planteadas, evitando caer en ataques personales, como lamentablemente fue evidente durante el debate del domingo pasado.

Fría como el viento
Estoy convencida de que en los debates no hay ganadores definitivos, ya que cada aspirante busca conectar con su base de seguidores. Sin embargo, si tuviera que destacar a alguien, sería la Dra. Sheinbaum. No obstante, mis razones no serían necesariamente positivas. La candidata de la Coalición Sigamos Haciendo Historia siguió fielmente el guion y su discurso preestablecido, lo que la llevó a repetir frases cliché como “4T”, “neoliberales”, “privatización”, entre otras.
Es evidente que ella representa la continuidad, pero sorprendentemente no abordó su propia agenda durante el debate. Además, se evitó hablar sobre los 20 proyectos legislativos pendientes que dejará el presidente en el Congreso. A pesar de recibir numerosos ataques por parte de sus oponentes, ninguno logró desestabilizarla.
Su trabajo el día de ayer era muy fácil, era decir que todo lo que se estaba haciendo estaba bien y que en el futuro todo iba a ser mucho mejor si se seguía esa línea.
En bici y con el Jesús en la boca
El nerviosismo de Xóchitl Gálvez fue tan evidente que traspaso las pantallas, había momentos que era hasta doloroso verla. Se notaba que se le había hecho un mundo manejar las pancartas y las imágenes que llevaba. También, le faltó mucha soltura en su manera de hablar, su momento más Xóchitl fue el de “eso es más falso que tu acento tabasqueño”.
En el postdebate, Gálvez justificó que no había dado propuestas, ya que las preguntas no estaban claras, y fue esto lo que le impidió explayarse en sus respuestas, y también mencionó el tema del tiempo como una dificultad. Respecto al tiempo, le voy a dar el beneficio de la duda, pero en el tema de las preguntas, esa respuesta no es aceptable. Las preguntas estaban muy claras y hasta muy genéricas, lo cual le permitía hablar sobre sus propuestas en cada uno de los temas.
Es hora, y más bien se le hizo tarde, de ver a la Xóchitl que vimos en la Arena México, una Xóchitl más desenvuelta, sin camisas de fuerzas impuestas por su comité de campaña.
Los que la hemos seguido desde que tocó la puerta de Palacio Nacional, sabemos que sus momentos icónicos están basados en sus comentarios sin filtros, en sus respuestas audaces en redes sociales, y hasta ponerse disfraces de dinosaurios. Pero el debate del domingo, más bien será guardado entre “los momentos que la mantienen humilde”.
Gato de Cheshire
La sonrisa falsa y artificial de Jorge Alvarez Maynez, durante el debate hizo que pareciera al gato de Cheshire (el de Alicia en el País de las Maravillas). Él tenía claro que no iba a ser una figura central en el debate, por eso tenía que recurrir a los lemas de “la vieja política esto…” o “la vieja política aquello…” y tratar hacer golpes que fueran memorables, pero sin éxito. Tampoco logró posicionar su mensaje, ni sus propuestas, lo cual fue muy lamentable, ya que estaba dirigiendo a millones de mexicanos que lo estaban conociendo por primera vez.
El candidato del MC era el que más tenía que demostrar, dado que es el menos conocido. Para muchos mexicanos el debate significó su primer acercamiento con el Maynez, fue su primer “mucho gusto, también soy candidato, no eran solo 2 mujeres”.
Uno de los momentos más destacados y dignos de aplauso fue cuando Álvarez Maynez se dirigió al público utilizando lenguaje de señas. Aunque le costó un poco y se notaba que estaba recordando, logró comunicarse con una audiencia que suele ser invisibilizada. Incluso Xóchitl Gálvez lo aplaudió, mostrando así un gesto de reconocimiento hacia su inclusión.
En conclusión, el debate dejó un sabor agridulce para muchos de nosotros. Las expectativas eran altas, pero los candidatos dejaron mucho que desear. Esperemos que en el próximo debate logren comunicar de manera más efectiva su mensaje y, quizás, nos brinden momentos icónicos que perdurarán en nuestra memoria durante los próximos seis años de gobierno.


