Una opinión de Laura Rojo Medrano
Detrás de cada migrante hay una historia de lucha, resiliencia y fortaleza, cargada de sueños y esperanzas, pero a su vez marcadas por las crisis históricas de sus países de origen: políticas, sociales, demográficas, ecológicas, conflictos armados, etc.
Las personas migrantes irregulares de Centroamérica, cuyo destino es Norteamérica, enfrentan enormes desafíos.
Atravesar desiertos y ríos, subirse a trenes o viajar en camiones durante horas e incluso días, pone en riesgo su vida, especialmente la de mujeres y niñas, quienes son más vulnerables a la violencia de género, física, sexual y trata de personas, porque sí para la migra hay miles de filtros que tienes que pasar y cuotas ilegales por pagar, porque a la migra no le importa la ley ni tus derecho humanos, pero cuando hablamos de la trata parece que no existe ni un filtro alguno.
Estas personas arriesgan todo, sin desearlo, impulsadas por condiciones insostenibles en sus lugares de origen. La posibilidad de ser asesinados o la incapacidad de reunir el dinero para un plato de comida son realidades que los obligan a tomar esta difícil decisión. Durante su trayecto, muchos pierden la vida ya sea ahogados, deshidratados o desnutridos. Aquellos que logran llegar a su destino a menudo pierden todo, incluidos los documentos que les otorgan una identidad. Cuando llegas a un país de tránsito, como México o al destino como Estados Unidos, toca vivir lo más complicado, estar en situación de irregularidad migratoria, en donde los países que sus políticas de migración son negligentes es devastador; en donde son invisibles y despojados de su dignidad.
Esto crea una subcategoría de personas que son desconocidas para las autoridades.

Las consecuencias son múltiples, pero la más grave es la vulnerabilidad que enfrentan. Sin el reconocimiento gubernamental, los migrantes carecen de la protección que debería garantizarles el estado. Al no tener documentos de identidad, muchos se ven forzados a integrarse en la economía informal, donde están expuestos a la explotación. A su vez, la expansión de esta economía informal socava aún más la legitimidad del estado.
Migrar es un derecho humano, pero para aquellos que lo hacen de forma irregular, muchas veces se sienten como si lo perdieran todo, incluyendo su dignidad. Al llegar a un país desconocido, se enfrentan a la represión y a la falta de oportunidades, lo que complica su integración. Esta dificultad se agrava por la ausencia de una identidad reconocida, lo que dificulta aún más su inclusión.
Existe una idea errónea de que los migrantes solo vienen a consumir recursos y vivir a expensas de otros, pero no podrían estar más en lo incorrecto. Sin embargo, enfrentan un entorno donde prevalece el desprecio y odio por parte de la sociedad la cual los ve como “personas de segunda” sumando la xenofobia que está presente en el estado, no les interesa en lo más mínimo integrarlos, es para ellos más sencillo que mueran en el trayecto a su destino que ver por ellos, como no son de su país, como no hay nadie que pueda reclamarlos, como su familias no saben como está, si está vivo o muerto, para el estado no importa, si mueren por incendios provocados, si un niño más aparece ahogado, si secuestraron a más mujeres y niñas, si los asesinan la guardia nacional que por actuar con un plan sin pies y ni cabeza los confunden con personas del “crimen organizado” ¿Que más da? se vuelven una cifra más… La indiferencia de la gente y del estado a los migrantes nos vuelve una vergüenza como sociedad.
El “Sueño Americano” es una ilusión que muchos persiguen, con la esperanza de que su movilización de clases hacia Estados Unidos cambiará sus vidas. Sin embargo, la realidad es desoladora: la promesa de éxito a través del trabajo duro se enfrenta a la dura farsa de la meritocracia. A pesar de su esfuerzo, muchos reciben una compensación mínima, enriqueciendo a una élite que ve a los migrantes como una mano de obra barata y prescindible, a quienes se les niega la posibilidad de alzar la voz por sus derechos por miedo a la deportación.
Los migrantes desempeñan un papel crucial en la formación de los países que los acogen. Establecer políticas públicas migratorias centradas en la protección de sus derechos humanos (hay algo importantísimo que debemos de entender aquí, tenemos que dejar de ver a la migración como un problema de seguridad nacional, si no como un problema de seguridad humana) y en la búsqueda de su regularización en el que ellos puedan tener acceso a su documentación legal, a su vez, inclusión laboral y así puedan contribuir no solo a la dignidad de estas personas, sino también al fortalecimiento de las economías de los países receptores.
Evaluar y adaptar constantemente estas políticas es fundamental para lograr un impacto positivo en la vida de los migrantes y en la sociedad en su conjunto. La sensibilidad de las políticas públicas migratorias es clave para proteger a los más vulnerables que solo buscan seguridad y dignidad.
“Detrás de cada maleta hay un sueño, detrás de cada migrante una vida. Nadie debería ser reducido a una cifra”

