Una opinión de Ana Laura Rojo Medrano
Aunque parezca difícil de creer, la libertad de la mujer afgana está en retroceso, llevándolas a un punto en el que ya no son consideradas personas, sino objetos de consumo y fines reproductivos. La vida de estas mujeres, niñas y adolescentes no era como la vemos ahora. Como en muchas otras partes del mundo, desde cada rincón de esta sociedad patriarcal y machista, luchaban por sus derechos, buscando un espacio en la educación, en la toma de decisiones y por la libertad. A lo largo de los años, esta lucha fue efectiva en algunas zonas de Afganistán.
Esta lucha data desde los comienzos del siglo XX, cuando, entre 1919 y 1929, durante el régimen de Amanulá, se implementaron reformas progresistas que incluyeron en la Constitución el derecho de las mujeres. En este periodo se abrieron escuelas para niñas y niños, se amplió la edad mínima para contraer matrimonio y se prohibieron los matrimonios forzados. Sin duda, un panorama muy diferente al que habían vivido hasta entonces. Sin embargo, las diferencias ideológicas en el país eran profundas, y estos avances causaron molestia en la población tradicional y conservadora.

Con la caída de este régimen en 1929 y la llegada al poder de Nadir Shah, se dieron pasos atrás a los logros de aquellos diez años: las escuelas para niñas fueron cerradas y las mujeres volvieron a estar sometidas a estrictas normas de vestimenta.
Afortunadamente, este retroceso no duró mucho, ya que, tras el asesinato de Nadir Shah, las reformas fueron restauradas. En la década de 1960, las mujeres obtuvieron el derecho al voto, y en los años 70 lograron tener representación en los parlamentos.
Sin embargo, hace más de dos décadas, se intensificaron los enfrentamientos entre los talibanes y el gobierno afgano. Los talibanes buscaban tomar el poder y, en 2001, fueron derrocados. No obstante, a mediados de 2021, lograron tomar nuevamente el control, convirtiéndose en una pesadilla para las mujeres, a quienes les fueron arrebatados sus derechos mediante medidas radicales y violentas. Impusieron una interpretación extremista de la ley islámica que restringió drásticamente los derechos de las mujeres.
Una de las últimas restricciones que puso a las mujeres afganas nuevamente en el foco mundial fue la prohibición de que escucharan o expresaran su voz en público. Es decir, las mujeres afganas no tienen derecho a emitir palabra alguna, mucho menos en un espacio de opinión pública. Solo pueden susurrar entre ellas.
Estas aberrantes acciones son un reflejo de la necesidad de control sobre las mujeres, de borrar sus huellas, comenzando por su educación, su rostro, su autonomía y, finalmente, su voz. El patriarcado tiene miedo de la voluntad y la mente de las mujeres, porque saben que ellas tomarán los espacios que les pertenecen.
Para que se haga una idea del infierno que viven, estas son algunas de las prohibiciones a las que se enfrentan:
● Prohibición total de trabajar fuera del hogar.
● Prohibición total de cualquier tipo de actividad fuera de casa, a menos que esté acompañada de su esposo.
● No pueden ser tratadas por médicos masculinos (lo que les impide acceder a servicios de salud, ya que la mujer no puede ejercer ningún trabajo o estudiar).
● Prohibición de estudiar.
● Prohibición de mostrar el rostro en público.
● Prohibición de ejercer cargos públicos.
● Prohibición de asistir a centros culturales o museos.
● Prohibición de publicar en los medios de comunicación.
● Azotes y abusos verbales contra mujeres que no vistan conforme a las reglas talibanes.
● Azotes públicos a las mujeres que no cubran sus tobillos.
● Lapidación pública de mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
● Prohibición del uso de cosméticos. A las mujeres que se pinten las uñas, se les amputan los dedos.
● Prohibición de hablar o estrechar la mano de un hombre.
● Prohibición de reír.
● Prohibición de usar tacones, pues generan ruido y no se debe permitir que nadie perciba su existencia.
● Prohibición de festejar.
● Prohibición de conducir.
● Prohibición de viajar sin la compañía de un hombre.
● Prohibición de tener un medio de comunicación.
● Prohibición de votar.
Este régimen sangriento tortura y asesina a quienes infringen estas reglas. Aunque intenten borrar su presencia, ellas siguen existiendo. A pesar de la ausencia de sus voces, sus gritos de auxilio resuenan en cada rincón del mundo. Existen, tienen un rostro y una voluntad. Cuando se le arrebata la libertad a una mujer, se nos la arrebata a todas.
El miedo debe cambiar de bando. No podemos dejar de hablar de estas mujeres exigir a los organismos internacionales que intervengan, porque, como siempre, sus acciones lentas e ineficaces no logran nada ante este infierno en el que son sometidas.
Las mujeres afganas existen porque resisten, y su fortaleza será lo que les permita alcanzar la libertad. Porque, al igual que ellas, hay muchas otras que han visto sus derechos arrebatados. Se decreta que el avance de los derechos humanos no debe de ir en retroceso, pero la realidad de estas mujeres hace que se refleje lo contario. Es hipócrita cuando se habla de derechos humanos cuando se tiene cara de mujer, ya que no solo se tiene que luchar por algo que se supone que es intrínseco, sino que además debemos de luchar todos los días por mantenerlos. Porque para nosotras nuestra autonomía, seguridad y libertad siempre está en riesgo.

