Amanece otra vez en jueves.

Una opinión de Ingrid Citlalli

Pudimos haber sido nosotros, pudo haber sido mi hermano o mis sobrinos,me dan ganas de vomitar tan sólo de pensarlo, pudo haber sido cualquiera pero fueron ellos, y siendo ellos, aún me duele.

Me duele el rostro de la madre y esposa, me duele tanta desgracia, me duele que ya van varios dolores que pasan y «no pasa nada». Me duelen los «no pasa nada» los «todo está bien» los «vamos bien».

Me duele querer retomar una rutina que no logro adaptar, aunque lo intento, no logro sentirme una, sentirme yo en esta tierra tan hermosa como herida. Pienso, pienso, y pienso. Pienso demasiado. Pienso en mi hermano, pienso en mi cuñada, pienso en mi hermana y mis amigos. Pienso en todas las personas que salen a diario un día a la vez a resetear el día. Como si no existieran los jueves, como si estos días no nos estuvieran consumiendo desde muy adentro. Pienso cuán relativa es mi angustia.

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Pienso cuán pequeño es el periodo de luz cuando salgo y el sol empieza a esconderse. Pienso cuánto le ha quitado este infierno la belleza a los atardeceres de mi ciudad.

Y no dejo de pensar, y no dejo de extrañarme. O recordar que fue anoche que estaba tranquila en la comodidad de mi sillón, después de haber paseado a mi perrita y de repente escuché estallidos… la pregunta recurrente «¿Son balazos verdad? ¿aún sigue?». Y pensar que hace unas horas estaba afuera, y pensar que hay gente viendo el beisbol, tratando de recuperar la vida y la «normalidad» que nos arrebataron. Y ver las noticias, y no querer verlas más.

Apartar mi rostro del teléfono ante un estruendo, un estruendo en la mañana que sucede muy cerca de donde mi sobrina, va a la escuela. Estoy harta, y ya me cansé de decirlo. Y sin embargo así se han ido horas, días, meses. Y seguimos aquí.

Estoy muda y por eso escribo. Porque ya no quiero pensar, ya no quiero voltear la mirada, agachar la mirada. Pienso una vez más…yo podría irme. Yo podría, si quisiera, podría buscar la manera. Una voz en mi interior me dice «Vete. Vete y no vuelvas más. Vete y llévate a quien puedas».

Esto sólo es un desahogo más.

Estoy agradecida de poder sentarme a escribirlo, de sacarlo, de desentumirme. Soy afortunada de poder pausar mi día y hacerlo. Hacerlo sin la angustia de esperar, de buscar a alguien, de llorar a alguien, de rezar por alguien. Pero realmente qué relativa es también la tranquilidad. Qué volátil la garantía de que «estamos bien», que no somos ellos, que no nos ha alcanzado a nuestro hogar esa espera, ese llanto, ese rezar.

Hoy no tengo ganas de nada, pero no puedo evitar que el sol se ponga y que tenga las horas contadas para aprovechar la luz del día… hasta que vuelva a salir y esperemos no sea jueves, y esperemos no sea un día de éstos.

Porque de estos días ya me siento agotada y quisiera un día salir en la bicicleta, salir sin miedo, quisiera… algún día.

Vox Populi
Columnista

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