Por Areli Regain.
México es un país herido. Los números no mienten: la violencia es cada vez más brutal, las tasas de homicidios y desapariciones siguen en aumento, la impunidad es la norma y el miedo se ha convertido en una constante en la vida cotidiana.
Pero, más allá de las cifras, lo que enfrentamos es la descomposición de un tejido social que alguna vez fue más sólido y que hoy se desmorona entre la desconfianza y la desesperanza. No es solo el crimen organizado ni la corrupción institucional: es también el silencio, la indiferencia y la inacción de una sociedad que ha normalizado lo intolerable.

El problema no es nuevo. Llevamos décadas observando cómo la violencia se multiplica, cómo se transforma y se infiltra en todos los aspectos de nuestra vida: en las familias, en las escuelas, en las calles, en los espacios de poder. Se habla de políticas públicas, de estrategias de seguridad, de reformas legislativas, pero se evade la raíz del problema: la violencia no se resuelve con más violencia ni con
soluciones aisladas que ignoran las causas estructurales.
Se requiere de un cambio de paradigma que comience desde lo más profundo de la sociedad, un cambio que nos obligue a mirarnos en el espejo y reconocer que, en algún punto, todos hemos sido parte del problema.
Nos enseñaron a callar. A no meternos en lo que no nos concierne, a no hablar de lo que incomoda. Nos enseñaron que la violencia es algo privado, algo que se resuelve dentro de casa, que la desigualdad es parte del orden natural de las cosas y que quien sufre, de algún modo, lo merece. Y así, generación tras generación, el ciclo se repite. La violencia no solo se sufre, se aprende. Y cuando no se cuestiona, se perpetúa.
Por eso, hablar en plural es el primer paso para la transformación. Porque la violencia no es un problema individual, es un fenómeno social que nos atraviesa a todas y todos. La idea de que existen víctimas y victimarios como categorías opuestas y estáticas simplifica un problema que es mucho más complejo. La violencia es un sistema que se reproduce en distintas formas y niveles, y la única manera de erradicarla es desmontándolo desde la raíz.
Esa raíz está en la infancia. Según cifras de la UNICEF, más del 60% de niñas, niños y adolescentes en México han experimentado algún tipo de violencia. Crecen en hogares donde la agresión es la norma, en escuelas que no les protegen y en un país donde la justicia es un privilegio. ¿Qué futuro podemos esperar cuando millones de infancias son marcadas por el miedo y la vulnerabilidad? Cuando el dolor se convierte en rabia, cuando la violencia se internaliza como un mecanismo de supervivencia, el riesgo de reproducir el mismo ciclo es enorme. No se trata de justificar, sino de entender.
No podemos seguir dejando la responsabilidad únicamente en las instituciones, en los gobiernos, en las fuerzas del orden. Sí, el Estado tiene una obligación ineludible de garantizar la seguridad y la justicia, pero la reconstrucción del tejido social es una tarea colectiva. No hay soluciones mágicas ni inmediatas, pero hay un camino posible: la corresponsabilidad.
Ser activistas de nuestras propias historias es un acto político. Es desafiar el mandato del silencio, es abrir espacio para la verdad, es negarnos a ser cómplices de la indiferencia. La violencia no se combate con más violencia, sino con una reconfiguración social basada en la empatía, en la compasión y en la memoria.
Apostarle a la paz, en un país como este, es un acto de valentía. Hablar en plural es la única forma de hacerle frente a un sistema que nos quiere aislados, enfrentados y paralizados por el miedo. Porque la violencia no es solo un problema de quienes la sufren directamente: nos concierne a todas y todos. Y solo en la colectividad está la posibilidad de una verdadera transformación.


