LA URGENCIA DE SER AGENTES DEL CAMBIO: Al CARAJO LA INDIFERENCIA

Por Areli Regain

Urge movilizar a la sociedad. No solo a las juventudes, sino a cada uno de nosotros, sin importar la edad, la procedencia o la causa que nos conmueva. El activismo no es un privilegio de unos pocos; es el derecho y la responsabilidad inherentes a la humanidad, una llama que arde en el interior y que, al compartirse, se transforma en un movimiento imparable.

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Cada historia personal, cada lucha silenciosa y cada acto de rebeldía son los ladrillos con los que se construye un futuro distinto y más justo.

Nos han enseñado a temer a la voz disidente, a creer que levantar la mirada y alzar la palabra es exponerse a riesgos insospechados. En México, donde la sombra de la impunidad y la violencia se cierne sobre quienes se atreven a cuestionar el orden establecido, ser activista es ser blanco fácil, es vivir con la incertidumbre de que lo que hoy es un grito de libertad, mañana pueda ser motivo de represalias.

Sin embargo, el miedo no puede, ni debe, paralizarnos. Es en medio de la adversidad cuando la pasión y la disrupción se vuelven inamovibles, cuando la fuerza colectiva supera cualquier obstáculo.

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¿Por cuándo dejamos de importar el ser humano que camina a nuestro lado?

¿Cuándo normalizamos la indiferencia ante la injusticia, el abuso y la discriminación?

La indiferencia se ha convertido en una comodidad insidiosa, en una actitud que alimenta el sistema opresor. Es hora de recordar que el activismo nace de la empatía, de reconocer en el otro nuestra propia humanidad. Cada gesto, cada palabra y cada acción se multiplican y contagian, creando una red de solidaridad capaz de transformar realidades.

Necesitamos unir a generaciones enteras en una lucha común. Los que han vivido décadas de injusticias y los que apenas comienzan a soñar con un futuro diferente tienen el mismo derecho, y la misma necesidad, de gritar: basta ya.

Quejarnos y no posicionarnos, es ser cómplices del mismo sistema que nos oprime. Cada pequeña acción cuenta, y cada persona que decide levantarse, desde la más modesta de las trincheras, contribuye a la construcción de un cambio real.

Hemos sido testigos de cómo el miedo ha intentado marchitar la pasión revolucionaria. Nos han inculcado que hablar de nuestras convicciones es arriesgar la seguridad de quienes amamos, que ser la voz del cambio implica condenarnos a la soledad o a la persecución. Pero, a pesar de todo, seguimos aquí, firmes en la convicción de que somos más, de que la solidaridad y la compasión tienen la capacidad de derribar muros.

El activismo, en su forma más pura, es el arte de transformar el dolor en fuerza, la impotencia en acción.

El activismo es la suma de historias, de vivencias que se entrelazan en un tejido colectivo. Porque en cada uno de nosotros reside la semilla de la rebeldía, esa chispa que, aun en medio de la oscuridad, ilumina el camino hacia un mañana más justo.

No podemos seguir permitiendo que nos encasillen, que nos digan que existe una edad o un momento adecuado para expresar lo que nos inquieta. La pasión no tiene calendario, y la urgencia de actuar no conoce límites.

Frente a un sistema que se alimenta de la apatía y el miedo, la respuesta es clara: Al carajo quienes nos imponen el silencio y la resignación. Al carajo con las voces que se conforman con la comodidad de la inacción.

Con cada paso que damos, con cada palabra que pronunciamos, desafiamos una estructura que ha olvidado el valor de la empatía y la solidaridad.

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de ser un agente del cambio. No se trata de héroes invencibles, sino de personas que, desde su día a día, eligen la valentía por encima del miedo, la acción en lugar de la pasividad. En las calles, en las aulas, en las plazas y en cada rincón donde la injusticia se manifieste, la resistencia se erige en forma de solidaridad y de un compromiso inquebrantable con la dignidad humana.

Porque en una realidad marcada por la violencia, ser tierno, ser empático y solidario es un acto revolucionario.

Ya basta de excusas. Ya basta de discursos que buscan encerrar la lucha en espacios seguros y cómodos. El mundo no cambiará esperando a que alguien más deposite el primer grito. Cada uno de nosotros es la chispa que puede encender el fuego del cambio, y es hora de recordar que juntos, sumando nuestras voces, somos una fuerza imparable.

Areli Regain
Columnista

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