Por Michelle Alexandra
Primero que nada quiero agradecer a Politikmnte por esta oportunidad que le están dando a alguien a quien no se le zafó un tornillo sino varios y que ahora, por medio de publicar en su revista, está cumpliendo su sueño frustrado de escribir sobre política y no morir en el intento (me refiero a mí, claro).
Dicho lo anterior, entremos en el tema de este artículo.
Como podrán leer en los créditos, mi nombre es Michelle, soy mexicana, soy activista (o intento serlo), soy escritora y hay veces que no tengo idea de en qué sector de la población colocarme, es decir, tengo 31 años y sé que estoy muy joven para morir y muy vieja para ser contratada por una empresa o para ser beneficiaria de los institutos “juveniles” en México (¿me estás oyendo, INJUVE?), sé que soy joven para los programas de organizaciones internacionales, aun así, según las leyes de mi país, todas las problemáticas que enfrenté antes de los 30 (ya saben, el desempleo por falta de experiencia, no poder comprarme una casa, más riesgo de caer en drogas y eso), que me ponían en una situación en la que yo era vulnerable y que por ende me hacían ser considerada oficialmente parte de la juventud desaparecieron misteriosamente cuando cumplí esa edad.
Es más, creo que según las leyes el día que llegué al tercer piso de mi vida me desperté y todos mis problemas estaban resueltos.

Pero en fin, a mí el corazón me dice que estoy en la flor de la edad, en plenitud y no sólo no lo voy a contradecir, sino que precisamente por eso colaboro con personas de entre 15 y 35 años que, al igual que yo, cuestionan la definición oficial de ser joven en México, porque a los 30 la mayoría sigue padeciendo la falta de seguridades, oportunidades y certezas que , en teoría, hay que tener para ser un simple adulto en toda la extensión de esa palabra y no requerir de los fondos destinados a las juventudes.
El pasado viernes 28 de marzo tuve el honor de representar a Innovación Política para la Participación Ciudadana (IPPC) en el parlamento “Águila real”, un espacio de diálogo en la Cámara de Diputados en San Lázaro (CDMX) entre activistas, estudiantes, ciudadanos (as) de toda la república, en su mayoría menores de 35 y, si bien las iniciativas presentadas y analizadas fueron de diversos temas, el hilo conductor de todo el evento fue justo ese: ¿qué es ser joven?, ¿su ser joven implica enfrentar cierta situación de violencia sistemática en tu contra, cuándo dejas de serlo?, ¿cuándo dejas de padecer las problemáticas que vives por ser joven?, ¿qué papel tiene un(a) joven en la política mexicana?
Curiosamente, el mismo día y en el mismo recinto, en paralelo se realizó el foro de “Jóvenes dialogando”, en que varios compañeros del mismo rango de edad charlaron con diputados del partido en el poder ejecutivo acerca de la terrible actualidad en el país (también me colé aunque sea unos minutos a escuchar esa plática), lo que quiere decir que están, o más bien estamos, tomando la palabra en los espacios más importantes para la política nacional y además usamos nuestra voz para señalar y cuestionar lo que nos parece injusto o infundado.
Ninguno de los dos encuentros representó para mí una primera vez, llevo ya casi 8 años como activista, he recorrido un camino en el que aprendí y desaprendí, lo que me hace poder decir que tengo experiencia; de hecho, hace unos días, cuando me integré a IPPC (un proyecto político por y para jóvenes, creado y liderado por mi amigo Elías Vilchis) se me preguntó qué consejo le daría a quienes van empezando en la política, les contesté lo que he dicho otras veces: mi consejo es que tengan un plan y una ruta a seguir, porque es muy fácil decir que se tiene hambre de mejorar el mundo, no obstante, hay que saber con quiénes, cuándo, cómo y por dónde empezar.
Una de las cosas que más me entristece ver en los jóvenes principiantes es que se dan cuenta de los problemas que tenemos como sociedad y los quieren resolver todos de un tirón aunque ni siquiera han realizado todavía un análisis para saber el origen de cada uno y sus posibles soluciones, o quieren ayudar a todas las personas, incluso siendo que no se han asegurado de tener los recursos para hacerlo. En otras palabras, quieren correr el maratón cuando no han vivido lo que es caminar y eso, generalmente, no acaba bien porque se cansan y desisten a media carrera.
En resumidas cuentas, lo que les recomiendo y siempre les recomendaré es delimitar su intervención, no pueden priorizar ver por todos los sectores, no pueden aceptar colaborar con todos(as), no pueden atender a toda la gente ni hacer frente por todas las causas, entonces concéntrese y prioricen aquellas en las que sí puedan ayudar. Eventualmente, si lo hacen bien, irán teniendo más recursos y posibilidades para ampliar su trabajo y tener más beneficiarios.
A pesar de todo esto, considero que el simple hecho de ver una cantidad bastante significativa de adolescentes, veinteañeros y treintañeros interesados en la política y el activismo es esperanzador y reconfortante, podríamos estar poniendo nuestra atención y energía en los muchos detractores tóxicos que la sociedad nos ofrece, pero eso no nos ha quitado el enfoque ni la prioridad: tomar el lugar que nos pertenece en la política porque, como nos gusta decirlo, no somos el futuro, somos el presente de México y como tal no queremos, no podemos y no vamos a permitir que alguien más nos defina.

