Malos tactos.

Opinión por Juan Zambada C.

En algún momento leí, en La figura del mundo, la provocadora afirmación de Juan Villoro: los intelectuales no deberían tener hijos. Mi padre, con sus prioridades tan peculiares, probablemente encajaría en esa idea. De todas las cosas que podría haberme enseñado, recuerdo dos: a escribir sin faltas de ortografía y a leer. ¿Quién pensaría en algo así?

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Desde pequeño hizo intentos por sumergirme en la lectura. Zorbas, un gato grande, negro y gordo, fue el protagonista del primer libro que nos leyó a mi hermana mayor y a mí. Una promesa de Luis Sepúlveda a sus hijos, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, fue mi primer contacto —por lo menos de oído e imaginación— con la literatura.

El primer ejemplar que me regaló llegó hacia 1999, quizá el 2000: Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K. Rowling. En ese momento era el único título de la saga traducido al español. Lo devoré. Fue también la primera vez que conocí, a una edad muy temprana, la decepción de ver una película después de haber leído el libro que le da origen.

Cursaba la secundaria. Leí el cuarto libro de la saga con desinterés. Mi inocencia se trastocaba. Él lo notó. Una charla pudo haber estado bien, pero en su manera particular de acompañarme prefirió regalarme El principio del placer, de José Emilio Pacheco.

Juzgué con dureza a Ana Luisa. Durán, un hijueputa, pensaba. La idea de que las mujeres podían ser infieles probablemente me generó una inseguridad que no sabía cómo manejar. Esa lectura, justo cuando empezaban mis primeras experiencias amorosas, resultó —por decir lo menos— inconveniente.

Luego vino Las batallas en el desierto. Encontré en sus páginas a un sacerdote que, en plena confesión, interroga a Carlitos sobre si tiene “malos tactos” y si ha provocado “derrame”. Lejos de parecerme exagerado, me resultó inquietantemente familiar. En la escuela, el sacerdote encargado de las confesiones solía preguntar, con seriedad, si uno se masturbaba y —más desconcertante aún— si lo hacía solo o acompañado. Nunca entendí por qué era relevante esa distinción, pero para él parecía serlo. La frontera entre literatura y realidad, se volvió incómodamente delgada.

Así es esto de los libros: a veces llegan como aciertos rotundos, otras como errores de cálculo. Algunos dejan huella luminosa; otros, sombra que uno tarda años en entender. Pero no hay fórmula infalible, y nadie —ni siquiera los más letrados— está exento de fallar.

Por eso no puse demasiada resistencia cuando, por un par de puntos extra en Historia del Arte, terminé leyendo Azteca, de Gary Jennings. Un libro brutal y desbordado, lleno de cuestiones inapropiadas para mi edad. Ya no era un niño. Pero tampoco era, ni remotamente, un adulto. Jennings me empujó al abismo sin previo aviso. A veces pienso que fue demasiado pronto… pero también entiendo que nadie tenía el manual.

Juan Villoro sostiene que los intelectuales no deberían tener hijos, quizá su broma más fina. Seguramente, sus hijos piensan lo mismo.

Vox Populi
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