Opinión por Laura Andrade Herrera
“Nos dicen que somos el futuro, pero rara vez nos dejan ser parte del presente. ¿Qué significa ser joven en un mundo donde las decisiones las toman quienes no conocen nuestras luchas?”
La juventud ha sido históricamente relegada a los márgenes de la política. Se nos menciona en discursos, pero rara vez se nos escucha. Se nos invita a participar, pero bajo condiciones que no cuestionen el orden establecido. Y cuando lo hacemos con ideas propias, cuando incomodamos o exigimos transformaciones profundas, se nos tilda de ingenuos, rebeldes o demasiado radicales.
Es innegable que en muchas partes del mundo, y especialmente en América Latina, las juventudes son vistas como una fuerza potencialmente disruptiva. En lugar de ser vistas como un motor de cambio, las juventudes se perciben muchas veces como una amenaza a la estabilidad de un sistema que, aunque imperfecto, es el que rige las estructuras políticas y sociales actuales. En este contexto, la participación política de la juventud se convierte en un acto de valentía. No es fácil desafiar las normas, especialmente cuando esas normas están diseñadas para preservar el poder en manos de unos pocos.

Sin embargo, participar en política no se limita a ocupar cargos públicos o formar parte de partidos. La política también se construye desde lo cotidiano, desde lo comunitario, desde lo simbólico. Las personas jóvenes participamos cuando organizamos una campaña, cuando denunciamos una injusticia, cuando usamos nuestras plataformas para generar conciencia o cuando apostamos por un liderazgo ético y comprometido con lo colectivo. La política no se limita a las elecciones o los partidos; se construye también en la resistencia, en la acción cotidiana, en la construcción de espacios donde podamos expresarnos libremente.
A pesar de los estereotipos que nos infantilizan o nos reducen a la apatía, somos una generación que se moviliza, que propone, que lee, que debate, que exige. Desde las calles hasta los espacios digitales, desde las aulas hasta los barrios, las juventudes hemos demostrado que sí queremos involucrarnos, pero no de cualquier forma: queremos hacerlo desde la autenticidad, con agendas propias y con un compromiso profundo por el cambio social. Sabemos que para transformar el mundo, debemos desafiar lo establecido y construir nuevas formas de participación política que vayan más allá de las estructuras convencionales.
De hecho, lo que nos incomoda precisamente es la falta de espacio real para expresar nuestras opiniones y construir nuestras propias propuestas. Nos incomoda la invisibilidad en las estructuras de poder y la falta de representación genuina. Pero es esa incomodidad la que nos impulsa, la que nos motiva a ocupar los espacios que nos han sido negados.
La juventud tiene una visión fresca, capaz de identificar los vacíos y las falencias de un sistema político que, en muchos casos, ha quedado obsoleto frente a las necesidades de las nuevas generaciones. No queremos ser la generación que mira desde afuera; queremos ser la que participa, la que cuestiona, la que empuja para hacer de este mundo un lugar mejor, más inclusivo, más justo. Queremos una política que refleje nuestras realidades, que reconozca nuestra diversidad y que dé espacio a nuestras voces.
Por ello, la participación juvenil debe ser entendida no solo como un derecho, sino como una urgencia. La juventud ya no pide permiso para opinar, para decidir, para actuar. La política debe abrir sus puertas a la pluralidad, la diversidad y, sobre todo, a las ideas nuevas que las generaciones jóvenes traemos. La incomodidad que sentimos ante el statu quo no es una debilidad, sino una fuerza que puede transformar no solo las instituciones políticas, sino toda la sociedad. Queremos ser protagonistas, no espectadores; queremos ser los arquitectos de un futuro en el que nuestras voces sean escuchadas y nuestras acciones sean reconocidas como un cambio verdadero.
El reto es enorme, pero estamos dispuestos a asumirlo porque somos la juventud que incomoda, pero también somos la juventud que transforma.

