Opinión por Yezda Mejía
Terminas la universidad con el corazón lleno de ilusión y la mente cargada de proyectos. Tienes el título, el talento, las ganas, las ideas. Has pasado años preparándote para el “mundo real”. Pero ese mundo, tan prometido y esperado, parece tener sus puertas bien cerradas.
En teoría, estudiar es el camino hacia una mejor vida. Pero en la práctica, lo que muchos jóvenes encuentran al salir es desempleo, sobreexplotación o sueldos que no alcanzan. Y lo más frustrante es la contradicción constante: se nos exige experiencia… para darnos una primera oportunidad. ¿Cómo se consigue experiencia si nadie te contrata sin ella?
He visto jóvenes con una capacidad impresionante, con liderazgo, creatividad, disciplina, compromiso. Personas listas para aportar, para crecer, para aprender. Pero muchas veces no se les da la oportunidad, porque su currículum “aún no dice nada”, porque no “llenan los requisitos”.
Se mira más el papel que a la persona. Se contrata más por lo que parece que por lo que realmente es.

Y no se trata solo de percepciones. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2024), a través de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), en el primer trimestre de 2024 se reportó que únicamente 11.6 millones de profesionistas se encuentran ocupados en algún empleo o subempleo. De este total, el 46.8 % corresponde a mujeres y el 53.2 % a hombres. Además, solo el 77.1% de los profesionistas se desempeña en áreas afines a su formación profesional, con un ingreso mensual promedio de $15,139 pesos. Es decir, incluso los que sí logran conseguir trabajo, muchas veces lo hacen en condiciones precarias y alejadas de lo que estudiaron.
Y detrás de todo esto, hay consecuencias que no siempre se ven a simple vista. Hay ansiedad, hay frustración, hay una sensación de insuficiencia que crece con cada “gracias por participar” sin feedback.
Muchos terminan dudando de su valor, de sus decisiones, incluso de su futuro. Hay días en que la motivación se desgasta, y otros en que la presión externa —”¿ya encontraste trabajo?”— se vuelve demasiado pesada.
Este no es solo un problema económico. Es también emocional, social y humano.
Quizá ha llegado el momento de cambiar la narrativa. De dejar de pensar que un papel define a una persona. De apostar por el talento, por la iniciativa, por las ganas. De mirar más allá del CV y reconocer que lo que un joven puede aportar no siempre cabe en una hoja impresa.
Tenemos una generación con hambre de crecer, con ideas nuevas, con ganas de hacer las cosas de manera diferente. No es que falten ganas. Faltan oportunidades.
Y eso también debería dolerle al sistema.


