¿Reconstruir o deconstruir? Repensando el tejido social.

Opinión por Natalia Aguilar

¿Te has preguntado últimamente qué significa “reconstruir el tejido social”? Lo escucho en discursos, en foros, en redes… pero a veces me detengo a pensar: ¿qué es eso que queremos reconstruir? ¿Un pasado al que realmente vale la pena volver? ¿O será más bien que lo que toca ahora es deconstruir —cuestionar— lo que ya no funciona? ¿Queremos realmente regresar a un modelo social que ya ha demostrado estar roto?

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Cuando hablamos de crisis ambiental, solemos pensar en la pérdida de ecosistemas, en la escasez del agua o en el cambio climático, pero rara vez nos detenemos a mirar lo que hay detrás de todo eso: las relaciones humanas, los sistemas de poder, la manera en la que hemos aprendido a vivir. El problema no es solo ecológico. Es social, cultural y emocional.

¿Reconstruir qué exactamente?

Decimos “tejido social” como si todas supiéramos de qué estamos hablamos. Pero hay que decirlo: muchas de las estructuras sociales que tenemos están construidas sobre desigualdad. Relaciones que han normalizado la explotación de la naturaleza, el silenciamiento de los pueblos originarios, la violencia hacia las mujeres. Entonces, la pregunta es incómoda, pero es necesaria: ¿realmente queremos reconstruir eso? ¿Y sobre que cimientos queremos hacerlo? ¿Los mismos que normalizaron la violencia, la desigualdad y el despojo?

A lo mejor lo que necesitamos no es volver atrás, sino construir algo nuevo. O más bien, deconstruir lo que ya no sirve: ese modelo de desarrollo que trata al agua como mercancía y no como vida; que prioriza el crecimiento económico aunque eso signifique devastación; que nos ha enseñado a vivir desconectados unos de otros y de la Tierra misma.

Lo que los pueblos originarios ya sabían

Aquí es donde me emociona hablar de quienes sí han cuidado de esta casa común desde siempre. Los pueblos indígenas, como los Yaquis y los Mayos en esta región, no ven el agua como un recurso: la ven como vida, como ser sagrado, como parte de un sistema que no se puede dividir. Ellos nos recuerdan algo que hemos olvidado: que cuidar el agua también es cuidar nuestras relaciones, nuestros vínculos, nuestras historias.

En varias comunidades de Sinaloa, he visto cómo han instalado sistemas de captación de agua de lluvia. No solo solucionan una necesidad básica, sino que generan unión, diálogo, creatividad colectiva. Esas acciones, aunque parezcan pequeñas, están tejidas con otro tipo de hilos: con memoria, solidaridad y respeto. ¿Qué pasaría si en vez de imponer, empezamos por escuchar? ¿No tendríamos ya muchas respuestas si valoráramos la sabiduría que ha cuidado esta Tierra por siglos?

Tejiendo distinto

La sensibilización ambiental —esas palabras que a veces suenan tan técnica— en realidad es algo muy íntimo. Es atrevernos a sentir. Sentir que el río que se seca también nos seca por dentro. Que el árbol que talan también se arranca un pedazo de historia. Que el agua que desperdiciamos es la misma que falta en los campos de alguien más.

Y sí, hay cosas que podemos hacer desde lo cotidiano: reparar fugas, aprender de las plantas, reducir nuestro consumo. Pero también está lo que podemos exigir juntos: políticas que respeten los saberes ancestrales, leyes que protejan lo común, espacios donde podamos decidir sobre nuestro territorio.

¿Qué queremos construir?

Porque en el fondo, más que reconstruir o deconstruir, lo que urge es volver a vincularnos. Con la Tierra, con las otras personas, con nosotros mismos. No se trata solo de cambiar estructuras externas, sino de cultivar una nueva sensibilidad: una que escuche, que honre, que cuide. Que entienda que no hay justicia ambiental sin justicia social, y que cada acción, por pequeña que parezca, puede ser un hilo más en este tejido vivo que estamos soñando juntos. ¿Seremos capaces de imaginar y tejer algo verdaderamente nuevo?

Natalia Aguilar
Columnista
Residente de la Madre Tierra | Ambientóloga | Fundadora de IACS Ingenieria Ambiental y Consultoria Sostenible

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