Maestros al límite: enseñar entre el abandono y la precariedad.

Por Yezda Mejía

“Cuando la vocación no basta y el sistema falla”

Canal de whatsapp Politikmnte

Cada 15 de mayo se aplaude a los maestros. Se les agradece, se les celebra. Pero más allá de los discursos y las flores, hay una realidad que se ignora sistemáticamente: las condiciones laborales precarias que enfrentan miles de docentes, sobre todo en zonas rurales y marginadas de México.

Hay maestros que imparten clases en comunidades sin electricidad, sin agua potable, sin pizarrones ni bancas. Que hacen malabares con los pocos materiales que tienen, que enseñan bajo techos improvisados o al aire libre. Que, incluso sin internet, buscaron cómo no abandonar a sus alumnos en la pandemia.

Silvia, por ejemplo, es maestra en una comunidad de Oaxaca. Camina dos horas diarias para llegar a la escuela. Lleva su propio material, y muchas veces también su propia comida. No hay tienda cerca, no hay señal. Pero sí hay alumnos con ganas de aprender. “No es justo que los niños tengan que estudiar así… pero aquí seguimos”, dice.

Y no está sola. Miles de docentes recorren caminos de terracería, cruzan ríos, o duermen en comunidades alejadas de sus familias, todo por llevar educación donde el Estado muchas veces no llega. Lo hacen con vocación, sí. Pero la vocación no paga el transporte, no repone el tiempo perdido con los suyos, no cura el desgaste físico ni emocional.

A eso se suman los retrasos en los pagos. En algunos estados, como Guerrero, Chiapas o Veracruz, los docentes denuncian meses sin recibir salario, irregularidades administrativas, o contratos temporales que no les garantizan ni seguridad social ni estabilidad. Muchos trabajan sin saber si al mes siguiente seguirán cobrando.

Según datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), los maestros en México ganan en promedio 10,650 pesos mensuales, lo que representa un ingreso 17% menor comparado con el promedio de lo que perciben las personas con carrera profesional en el país. Además, más de la mitad de las docentes de educación preescolar y primaria tienen niveles salariales inferiores a los de otras profesionales con contratos de medio tiempo o más.

La precariedad laboral no es solo económica. Es emocional, física y social. Desgasta, enferma, fractura la confianza en el futuro. Y afecta especialmente a mujeres, jóvenes y personas con menores niveles de escolaridad.

La incomodidad no puede ser excusa para la indiferencia.

El trabajo docente es uno de los pilares de cualquier sociedad. Y no puede seguir siendo sostenido por el sacrificio silencioso de miles de hombres y mujeres que educan en condiciones inaceptables. No basta con reconocer su labor una vez al año. Hay que garantizarles salarios dignos, condiciones justas y entornos seguros.

Hoy escribo por ellos. Por quienes enseñan con más compromiso que recursos. Por quienes transforman vidas desde el olvido. Porque la verdadera reforma educativa empieza por el respeto a sus derechos laborales.

Yezda Mejía
Columnista
Yezda Gisel Mejía Abarca es internacionalista y columnista enfocada en el análisis político, social y económico. Ha participado en iniciativas de vinculación institucional, liderazgo juvenil y proyectos de impacto social. Actualmente colabora en espacios de opinión pública y participa en iniciativas empresariales y académicas en Puebla. Complementa su formación con estudios en Derecho.

CONTENIDOS

LO QUE SIGUE
ÚNETE A NUESTRA CONVERSACIÓN

Suscríbete para recibir contenido exclusivo y no perderte ninguna actualización de nuestros columnistas.