Por Brandon Ante
La cultura y el arte, lejos de ser simples aderezos en la vida de las sociedades, constituyen motores fundamentales para el desarrollo social, la cohesión ciudadana y la calidad de vida. Diversas experiencias demuestran que el arte público, por ejemplo, puede combatir la desconexión social provocada por la urbanización acelerada, elevar la calidad de vida y fomentar el sentido de pertenencia. Así pues, la cultura no es solo un espacio de expresión simbólica, sino también un recurso estratégico para la regeneración urbana, la prevención de conflictos y el fortalecimiento del tejido social.
Desde la perspectiva del desarrollo, la cultura genera valor económico, impulsa industrias creativas, promueve el turismo y contribuye a la imagen internacional de los países. Además, la cultura política democrática es pilar de la estabilidad institucional y la legitimidad gubernamental, ya que fomenta valores, consensos y participación ciudadana.
Sin embargo, para los gobiernos en materia de cultura y arte existen inmensos retos significativos y, en muchos casos, estructurales:
Bajo presupuesto y falta de prioridad: Reiteradamente, la cultura ha sido relegada a un papel secundario en la agenda pública, con presupuestos mínimos y escasa presencia en los planes de gobierno, sumado a que muchas de las veces tratan de minimizar los esfuerzos existentes (espacios destinados a la cultura y el arte), construyendo otras obras “prioritarias”.
Institucionalidad frágil y dispersa: La gestión cultural suele estar fragmentada entre diferentes organismos, lo que dificulta la articulación de políticas coherentes y de largo plazo. La falta de coordinación y la debilidad institucional limitan la efectividad de las políticas culturales.
Desvalorización social y política: La cultura y el arte suelen ser percibidos como bienes de lujo o como espacios reservados a élites, lo que reduce su peso político y su capacidad de presión para ser considerados necesidades básicas.
Instrumentalización electoral: En muchos casos, la cultura es utilizada como un comodín electoral. Los gobiernos recurren a festivales, eventos o símbolos culturales para ganar simpatía ciudadana, pero sin un compromiso real de largo plazo ni políticas de fondo que fortalezcan el sector.
¿Necesidad social o comodín electoral?
La evidencia y la experiencia apunta a que la cultura y el arte son, en efecto, una necesidad social y no solo un recurso electoral. Su impacto en la calidad de vida, la cohesión social, la economía y la legitimidad democrática es profundo y comprobado. No obstante, la falta de visión estratégica, la debilidad institucional y la escasez de recursos han permitido que, en la práctica política, la cultura sea tratada muchas veces como un comodín electoral: se recurre a ella para generar simpatía o identidad, pero sin garantizar su desarrollo estructural ni su acceso universal.
En conclusión, la cultura y el arte son necesidades sociales esenciales para el desarrollo humano y la democracia. Su relegamiento a un papel decorativo o electoral es una visión corta que priva a las sociedades de sus beneficios más profundos. El reto para los gobiernos es trascender la visión utilitaria y construir políticas culturales sólidas, inclusivas y sostenibles.


