Por: Dania Gasperin
Hace dos décadas en su libro partidos y sistemas de partidos Giovanni Sartori (2005) afirmó que “los partidos políticos son el canal primario de la representación política. Si fallan, la democracia se desnaturaliza.”
Hoy, esa afirmación cobra sentido en México, donde los partidos más que representar ideas o sectores sociales parecen competir únicamente por el poder.
Lejos de ser vehículos de participación ciudadana, se han transformado en estructuras cerradas, burocratizadas y pragmáticas, que olvidaron sus principios fundamentales y han vaciado sus estatutos de contenido. Las alianzas electorales contradictorias, el transfuguismo político y el desdén por la militancia ilustran esta crisis de representación.
La crisis de los partidos políticos en México emana de dos principales razones, la primera es la pérdida de la razón de ser de los partidos políticos que dejaron de ser vistos como un mecanismo de representación ciudadana y ahora son vistos como una catapulta al poder y al enriquecimiento a base del erario público. Los partidos seleccionan candidatos no por su trayectoria pública o ideológica, sino por su rentabilidad electoral o intereses personales.
Esto lleva a que sean los mismos partidos los que hagan de la política un circo, pues siendo ellos los únicos medios viables de ocupar espacios de representación han cerrado estos espacios a la ciudadanía en general y han optado por venderlos al mejor postor.

La segunda razón de la crisis de partidos, es la concepción de ciudadanía y cultura política de la sociedad civil, donde los políticos y los partidos políticos reducen a la ciudadanía y a la política en dualidades, como si solo existiera lo claro y lo oscuro, lo bueno y lo malo, la izquierda y la derecha, y se olvidan de la pluralidad, de que vivimos en un país con distintas ideologías y por ende, distintas ciudadanías, donde la mayoría de los grupos, principalmente minoritarios, no encuentran una representación, porque todo se reduce solo a 2 opciones.
Esto provoca una ciudadanía escéptica y distanciada, como lo señala Pierre Rosanvallon (2007) “la contrademocracia es el resultado de una representación fallida: la gente ya no cree en los partidos, pero tampoco encuentra formas viables de incidir en lo público”.
Entonces, se puede asegurar que hay una crisis de partidos porque hay una crisis de confianza, credibilidad y participación, hay una crisis desde el momento en que los partidos dejaron de imperar como medios de representación y empezaron a operar como un negocio, donde cada jornada electoral nacen nuevos partidos no con el fin de una nueva historia, sino con el fin de obtener los recursos económicos que les son brindados.
Si bien es cierto que la ciudadanía cambia y es necesario que los partidos políticos evolucionen y con ello sus estatutos de partido para poder satisfacer las necesidades e inquietudes de las personas, también deben ser leales a su causa natural y a la razón de ser por la que fueron concebidos.
A pesar de este panorama crítico, es posible y es urgente reivindicar el sistema de partidos en el que actualmente se desarrollada la vida democrática en México y esta exigencia debe venir desde la ciudadanía y de los mismos militantes de los partidos políticos.
Los buenos militantes, son aquellos que están dentro del partido por la ideología, no por las personas que conforman al partido o por la “popularidad” con la que cuente dicho partido; pero también, los buenos militantes son aquellos capaces de señalar las cosas que no les parecen, que contradicen los
estatutos de partido.
Tenemos que dejar de ser y de concebir a los militantes de los partidos políticos como siervos sordos y mudos que solo asienten a lo que sus dirigentes o las cúpulas más altas del partido ordenan; así como es necesaria una ciudadanía activa para la construcción de la vida democrática, también son necesarios militantes activos para la construcción de verdaderos partidos políticos de representación.
Los partidos políticos son piezas fundamentales en la democracia, pero, cuando se vacían de sentido, traicionan sus principios y se vuelven instrumentos de poder personal: ponen en riesgo la vida pública.
En México urge repensar y reconstruir el papel de los partidos y de la política, así como lo afirmaba José Mujica: “la política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella, es una pasión con el sueño de intentar construir un futuro social mejor; a los que les gusta la plata, bien lejos de la política.”

