La generación que olvidó pensar.

Por:  Vaquero González

Nunca antes fue tan fácil saber, ni tan fácil ignorar. En esta era donde la sabiduría yace al alcance de un clic, la Gen Z parece haber optado por el camino más cómodo: el de la superficialidad. Nos dieron la herramienta más poderosa jamás creada (Internet) y en ella encontramos nuestra peor perdición.

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El bien más frágil

¿Sabías que hoy nuestro foco dura apenas 8 segundos, menos que un pez dorado? Un clásico estudio de Microsoft confirmaba esta mediana para la Gen Z, seis segundos menos que los millennials. Investigaciones recientes también advierten que el consumo de vídeos cortos en plataformas como TikTok dificulta recordar intenciones simples del día a día. Más aún, el “media multitasking” (hacer scroll, chatear, escuchar música) mina nuestra capacidad de concentración y retención.

Cada notificación y cada cambio de contexto desmorona nuestros muros de concentración. Nos golpea la dispersión. Nos convertimos en asalariados del scroll, sacrificando profundidad por inmediatez.

Pensamiento crítico en caída libre

La Gen Z es experta en encontrar, no en buscar. Así lo reveló un estudio donde se concluyó que consumimos información guiados por lo social, no por lo verídico. Preferimos lo validado por influencers antes que investigar por nosotros mismos. Nos dicen qué creer y nosotros asentimos, como autómatas.

Una investigación de ABC Action News —citando a Cambridge— revela que los smartphones “destruyen la creatividad” juvenil, dejando la atención hecha trizas y secando el análisis crítico. Peor aún: un reciente estudio del MIT advertía que “los atajos con IA ya están haciendo a los jóvenes perezosos: la capacidad de atención y el pensamiento crítico han sido demolidos”. Quienes dependen de IA registran menos actividad cerebral, memoria más floja y textos “sin alma”.

La gran reconfiguración de la infancia

Jonathan Haidt la llama: “la Gran Reconfiguración”. Desde la explosión del smartphone a principios de los 2010s, según ha identificado entre 2010 y 2015, se trastocó la infancia: de patios de juego a pantallas. En “The Anxious Generation”, concreta cuatro efectos devastadores: carencia de sueño, fragmentación de atención, adicción y aislamiento social.

Y aunque hay quienes advierten que todavía no hay pruebas que prueben causalidad absoluta, el panorama es contundente: depresión, ansiedad y baja autoestima entre adolescentes han crecido de manera alarmante desde que las pantallas se convirtieron en su primer mundo.

Del sobrevivir al vivir

No se trata de demonizar todo lo digital; es saber usarlo con dignidad. Porque si la herramienta que podría liberarnos solo nos esclaviza, algo hemos hecho mal.

1. Desconexión consciente: estudios recomiendan pausas activas cada 50–60 min con “Take Five” (5–10 min sin pantallas) para regenerar la cognición.
2. Profundizar, no consumir: rechazar el scroll infinito; elegir artículos que exijan pensamiento, no reacciones.
3. Cuestionar lo obvio: antes de creer o compartir, pregúntate quién lo publicó, por qué, y qué voz falta.
4. Criterio digital descubierto: no basta “descargar” apps; necesitamos saber calificar fuentes, contextualizar y contrastar con rigurosidad académica.
5. Reivindicar el juego y la vida real: juegas, te caes, te levantas sin supervisión digital. El patio es imposible de simular con likes en una pantalla.

Un grito al corazón de mi generación

Sí, estoy enfurecido. Y quiero que lo estés tú también.

Porque haber nacido con una pantalla en el cerebro no es destino. No somos zombies; somos potencial infinito. Y hoy tenemos que decidir si usamos Internet para pensar… o si permitimos que nos piense por nosotros, destruyéndose así nuestro propósito.

La inteligencia no es un rasgo fijo. Es una decisión diaria. Y si la historia nos ha puesto en las manos la herramienta más poderosa que la humanidad ha conocido… ¿qué diablos vamos a hacer con ella? ¿Sobrevivir, o vivir con consciencia, profundidad y rebeldía legítima?

Despierta. Apaga el piloto automático. Cierra la app. Abre tu mente. Sé dueño de tu conocimiento, no su esclavo.

Vivir no es sobrevivir. Pensar no es un lujo: es la misión de una generación que aún puede marcar el rumbo o que puede destruirlo todo.

Vox Populi
Columnista

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