Los retos de la agricultura en Sinaloa

Por: Ismael Inzunza Sosa

Sinaloa es una entidad que históricamente se ha caracterizado por su vocación pecuaria, pesquera y, muy acentuadamente, su vocación agrícola. Al cierre del 2024, la economía relacionada con el sector primario (ganadería, pesca, agricultura y silvicultura) empleaba en la entidad alrededor de 187 mil sinaloenses, en términos porcentuales, es casi el 13% de la población empleada de todo el estado. Estos son datos que el INEGI arrojó en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). El cierre de este 2025 será interesante por la dinámica económica estresante que ha vivido la entidad. Al 31 de marzo de este año, la ENOE dice que la población ocupada en el sector primario fue de un poco más de 181,000 personas.

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Si esta cifra la comparamos con el cierre del año anterior, notamos un ligero y esperanzador repunte.

Este primer trimestre, en el 2024, este instrumento de medición lanza una cifra de 205,033 sinaloenses empleados en tal sector. Es decir, comparando el cierre de marzo de 2024 con el del 2025, tenemos una contracción del 11.6%. Este mismo parámetro en la estadística nacional de la población empleada en estas actividades muestra, también, una baja.

Pero del 3.6%. Si utilizamos datos del 2023, el CODESIN muestra que las actividades económicas relacionadas con el sector primario en Sinaloa representan el 9.8% de la economía estatal. Estamos hablando de una industria que mueve en promedio, por año, más de 48,000 millones de pesos.

Estos son datos solo para dimensionar y contextualizar lo que representan, en términos económicos, estas industrias. No solo dan identidad. También son pilar fundamental de las dinámicas comerciales y económicas de la región.

Ahora, sin tanto detalle, vayamos enlistando los retos a los que se enfrenta la agricultura sinaloense en todas sus técnicas, ciclos, variedades y modalidades.

  1. Una crisis hídrica no solo relacionada a los malos temporales, sino también a una mala y deficiente gestión del agua en los módulos de riego.
  2. Inestabilidad en los esquemas de comercialización. Políticas arancelarias como las del régimen trumpista no son alentadoras para el sector.
  3. Monocultivo: Pocos académicos y expertos en la materia han abordado el tema de lo suicida que es, en términos ecológicos y comerciales, aferrarse a determinados cultivos que además de caros en cuanto a consumo de agua y agroquímicos, sobreofertan el mercado. Variar y abrir nuevos mercados, innovando, pero sin perder nuestra identidad maicera, garbancera y tomatera puede ser un alivio a las miles de hectáreas que no producen sin vasta agua y tanques y más tanques de amoniaco.
  4. La inseguridad ha hecho que ejidatarios y propietarios rurales disminuyan su participación en la industria.
  5. Al coyotaje hay que llamarlo por su nombre. Almacenistas, bodegueros y comercializadores han adoptado prácticas que desfavorecen la competencia justa. Hay honrosas excepciones, pero naturalmente se abusa del productor.
  6. ¿El gobierno ayuda al sector? Aunque los programas y presupuestos para el campo varían en tipo, forma y cobertura, las políticas relacionadas al campo no han sido suficientes. El Gobierno de Sinaloa ha hecho historia comprando más de 800 mil toneladas de maíz blanco en un programa sin precedentes y aun así, no ha sido suficiente para satisfacer las necesidades tanto del mercado como de los productores. De igual manera se ven apoyos para los productores de trigo, para los temporaleros que históricamente habían sido atendidos con paliativos y acceden a programas de estímulos como fertilizantes y semilla, gratuitos por supuesto. El reto que la administración del Dr. Rubén Rocha Moya asumió comprando maíz blanco no fue cosa menor, pero seamos realistas: un gobierno subnacional/estatal no puede (ni debe) absorber de manera permanente un compromiso de tal dimensión financiera.

En el punto 6 y último vale la pena recordar al académico americano Charles Edward Lindblom, con sus modelos de métodos en la toma de decisiones. La ciencia de salir del paso no es novedad en el diseño de políticas agrícolas y pecuarias, pero los retos y problemas basales de la agricultura en la entidad tampoco. Los problemas siempre ahí han estado, con sus picos y bajadas, pero en este momento, en el margen de una coyuntura comercial y geopolítica, los esquemas de comercialización (sobretodo con los EEUU) tan inciertos, deben ser un punto de partida para buscar nuevos mercados, nuevos cultivos, nuevas alternativas para gestionar el agua (la poca que se dispone).

Sinaloa tiene maíces irremplazables, tomates inigualables, calidad de cultivos de temporal como cártamo y garbanzo que alcanzan mercados europeos importantes. El gobierno federal sabe de lo que el campo sinaloense adolece, pero también conoce su potencial. Sin dejar de mencionar el paisanaje sinaloense del Dr. Julio Berdegué Sacristán, titular de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural de la Federación.

El Gobierno de Sinaloa tiene la oportunidad de, en el marco de un escenario regional de reactivación económica impulsada por la obra pública, y otro escenario internacional marcado por la inestabilidad comercial, económica y geopolítica, redimensionar el campo sinaloense.

Los municipios, todos los sabemos, solo son ventanas para los programas estatales y federales. Carecen, casi todos, de personal, infraestructura, marcos legales y presupuesto para diseñar y ejecutar políticas orientadas al rescate y/o estímulo del sector primario. No seamos ingenuos, hacen lo que les toca y se reconoce.

El modelo neoliberal aún vigente, solo es generoso con el gran capital mundial de la industria. Con Bayern y Monsanto al acecho, la agricultura mediana y pequeña enclavada en los ejidos de Sinaloa resiste, a veces tirando la semilla “manoteada” y otras veces arando con un burro o con yunta. Otras con tractor prestado o rentado, con implementos agrícolas de acero añejo y oxidado. Hay varias agriculturas, la industrial comercial, que vemos en los tramos de la Autopista Benito Juárez con alfombras interminables de maíz, frijol, tomate y chiles, divididas por surcos que las riegan con trazos casi perfectos. Pero también los temporaleros que trabajan sus polígonos irregulares y mucho más pequeños que guardan garbanzo, maíces nativos, escasas filas de tomate rojo, cártamos y ajonjolíes.

Algunos de estos cultivos sobreviven con una noria o pozo artesano, sin embargo, la mayoría de ellos están a las expensas de las anheladas lluvias y los humores del Dios Tláloc. Sean grandes productores de tomate en Culiacán y Navolato, sean frijoleros, maiceros y cebolleros de Angostura o cacahuateros y garbanceros de Mocorito, todos son agricultores que nos dan, como lo mencioné al inicio del texto, identidad. Pero también nos dan comida y generan, en medida de sus posibilidades, empleos. Sin dejar de contemplar el efecto multiplicador que las cosechas son buenas. Un agricultor con buen margen de ganancia en su cosecha agarra la banda y beneficia a los músicos de la región, se come un buen plato de mariscos, paga sueldos, compra las mejores botas de avestruz en el mercado, procura un sombrero de al menos 3,000 X, le pega una “chaineadita” a su casa y dinamiza los bolsillos de los albañiles, si bien le va compra una buena troca y se va de vacaciones con la familia. Esos tiempos añoramos que vuelvan, lo dice un hijo, nieto y bisnieto de agricultores.

Sin perdernos en discursos y cifras, sabemos que la rentabilidad de la agricultura puede recuperarse no solo por obra de los propios agricultores. Solo con la comunidad académica y científica, los especialistas en la materia, los productores (por supuesto), un poder legislativo comprometido, liderazgos rurales honestos, con la participación del gobierno estatal y federal, podrá trazarse un proyecto integral que sea la ruta hacia la innovación, renovación y recuperación de este sector.

Vox Populi
Columnista

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