Por: Mariana Duarte Rodríguez
En una época en la que las relaciones internacionales se redefinen más allá de los tanques y tratados, la cultura se ha convertido en uno de los instrumentos más eficaces de influencia global. Países como Corea del Sur y Japón lo han entendido muy bien. A través de productos culturales como el K-pop, el anime, los K-dramas e incluso figuras coleccionables, han sabido proyectar su imagen y valores hacia el mundo con enorme impacto. En este entramado, la nostalgia se ha vuelto una herramienta poderosa de lo que conocemos como “poder blando”.
El poder blando —acuñado por el politólogo Joseph Nye— es la capacidad deinfluir en otros sin coerción, mediante la atracción cultural, la legitimidad moral o los valores compartidos. En lugar de imponer, convence. Y para convencer, pocas cosas son tan eficaces como las emociones. En particular, la nostalgia ha sido clave para que millones de personas, especialmente jóvenes en América Latina, se identifiquen con productos que remiten a su infancia o a ideales de ternura, comunidad y esperanza.

El caso de Latinoamérica es fascinante. Desde los años 90, generaciones enteras han crecido viendo Dragon Ball, Sailor Moon o Pokémon. Hoy, estos mismos adultos retoman esos contenidos —ya sea a través de remakes, videojuegos, figuras coleccionables o moda— no solo por entretenimiento, sino para reconectar con un pasado que les genera seguridad emocional. Esta reconexión ha creado una identificación simbólica con las culturas de origen, fortaleciendo su influencia blanda en la región.
Y aquí es donde entra un fenómeno reciente pero ilustrativo: los coleccionables de Pop Mart, en especial los Labubu. Estas figuras, diseñadas con una estética de ternura melancólica, apelan directamente a emociones como la nostalgia y el apego. Aunque su diseño es contemporáneo, evocan el estilo de juguetes antiguos y emociones universales como la soledad, la alegría infantil o el deseo de pertenecer.
El éxito de Labubu no se debe solo a su aspecto visual, sino a la manera en que despierta sentimientos y se convierte en símbolo de identidad emocional para sus coleccionistas.
Pop Mart no solo vende juguetes: vende experiencias afectivas. Y esa es la clave del poder blando cultural: ofrecer algo que trasciende lo material. El fenómeno no es casual. En países como China, Corea y Japón, las industrias creativas están integradas a estrategias diplomáticas y comerciales que buscan posicionar la imagen del país a través de productos culturales. Estas figuras, como los Labubu, se han vuelto embajadoras emocionales, capaces de generar lazos simbólicos entre países muy distintos culturalmente.
En un mercado globalizado, este tipo de productos se vuelven altamente deseables, no solo por su estética, sino por el valor emocional que representan. Así como el Hallyu o “ola coreana” exporta valores a través del K-pop o las series televisivas, los coleccionables como Labubu proyectan una imagen de creatividad, ternura y sofisticación cultural que atrae a millones de personas, muchas veces sin necesidad de hablar el idioma original ni conocer la historia de fondo.
América Latina, en particular, ha mostrado una enorme receptividad a estas expresiones. En medio de contextos de incertidumbre económica, violencia o desilusión política, estas propuestas culturales ofrecen escapismo, belleza y, sobre todo, un sentido de comunidad global. Las redes sociales han potenciado esta conexión, creando fandoms transnacionales donde los consumidores ya no son solo espectadores, sino también promotores culturales.
Al final, lo que está en juego es más que un gusto por lo asiático. Es una forma de entender el poder contemporáneo. Mientras las grandes potencias se esfuerzan por imponer su modelo político o económico, otras han optado por algo más sutil, pero igual de efectivo: ganarse los corazones del mundo. Y lo han hecho con canciones, dibujos animados, coleccionables… y mucha nostalgia.
Comprender este fenómeno no es solo tarea de estudios culturales o mercadotecnia. Es clave para quienes estudian relaciones internacionales, para quienes analizan las nuevas formas de diplomacia o para quienes desean construir una ciudadanía global más consciente. Porque en un mundo donde la influencia se mide cada vez más por lo simbólico, la cultura ya no es un
accesorio: es un campo de batalla.




