Por: Luis Ángel Guatimea
En todo el mundo estamos frente a un desafío enorme: producir alimentos suficientes para todas y todos sin comprometer el futuro. La FAO estima que más de 800 millones de personas viven hoy con hambre, y al mismo tiempo la agricultura consume casi el 70% del agua dulce del planeta y aporta una parte significativa de las emisiones globales. La pregunta ya no es si podemos producir más, sino cómo hacerlo sin destruir los recursos que nos sostienen.
Hay ejemplos inspiradores que demuestran que es posible. En Países Bajos han logrado duplicar su productividads agricola en 20 años reduciendo en 60% el uso de agua gracias al riego tecnificado y bioinsumos. En Zimbabue, comunidades enteras han vuelto a fertilizantes orgánicos y sistemas tradicionales para rescatar tierras áridas.
En India y África, pequeños productores ya utilizan sensores, pronósticos climáticos y herramientas digitales que les ayudan a optimizar el riego y anticipar sequías. Incluso, aquí en Sinaloa, algunos agricultores están regenerando los suelos con técnicas sencillas y respetuosas con la naturaleza, logrando recuperar su biodiversidad y aumentar la productividad. Son historias distintas, pero todas apuntan a lo mismo: sí hay caminos para alimentar mejor y cuidar la tierra al mismo tiempo.

En nuestro país, la realidad es compleja al ser grandes productores, porque también enfrentamos límites claros. En Sinaloa, por ejemplo, que aporta arriba del 40% del maíz blanco del país, la presión sobre el agua es cada vez más fuerte, los suelos pierden fertilidad y cada año sembramos más monocultivos y dependemos de menos variedades.
Cuando trabajé mi proyecto integrador de maestría, pude analizar estos datos de cerca y la conclusión es evidente: no podemos seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Si queremos garantizar el futuro, necesitamos cambiar la forma en la que producimos, apostando por prácticas de conservación de suelos, bioinsumos, rotación de cultivos y tecnologías de riego más eficientes.
El gobierno federal ha tomado pasos importantes en esta dirección. Bajo la conducción de Julio Berdegué, la Secretaría de Agricultura ha impulsado programas que buscan fortalecer la producción nacional, cuidar el uso del agua y mejorar los rendimientos. Hoy, más de dos millones de productores reciben apoyos directos y se han entregado más de un millón de toneladas de fertilizante gratuito en todo el país. Son esfuerzos que hay que reconocer, y también entender que el reto es mayor: no basta con producir más, necesitamos producir mejor.
En Cámara de Diputados, el diputado Ricardo Madrid ha promovido ajustes en los precios de garantía y propuestas para fortalecer la comercialización del maíz sinaloense, también ha trabajado a través de comisiones por el desarrollo rural y autosuficiencia alimentaria. Y hace unos días, durante su informe de gobierno, la Presidenta Claudia Sheimbaum destacó la seguridad alimentaria como una de las prioridades nacionales, subrayando la importancia de garantizar precios justos para los consumidores, ingresos dignos para los productores y al mismo tiempo cuidar los ecosistemas que sostienen nuestra producción.
El desafío es grande, pero también es una oportunidad. Si somos capaces de combinar innovación con conocimiento local, de escuchar a los productores y de aprender de lo que otros países ya lograron, México puede convertirse en un ejemplo de agricultura sostenible en la región. Y Sinaloa, con su potencial y sus retos, puede ser el laboratorio perfecto para demostrar que es posible sembrar futuro sin destruir lo que nos sostiene. Sembrando futuro y alimentando sin destruir.




