Renovación sin cambio.

Ericka cerdas

Por Ericka Cerdas

Durante gran parte del siglo XX, los partidos políticos fueron el instrumento por excelencia de la participación ciudadana. Eran las puertas de entrada al poder, los espacios donde la ciudadanía podía organizarse, formarse y competir. Tal como lo establece, Giovanni Sartori, la esencia del sistema de partidos radica precisamente en su capacidad de representar intereses colectivos y articular opciones ideológicas.

Canal de whatsapp Politikmnte

Pero esa función se ha ido desdibujando. En lugar de ser el puente entre la sociedad y el Estado, muchos partidos se han convertido en estructuras cerradas, autorreferenciales y desconectadas de la realidad que dicen representar.

El caso del PAN en México ilustra bien esta paradoja. El domingo pasado, el partido presentó su nueva imagen institucional y, con ella, una aplicación móvil que promete facilitar la afiliación ciudadana. Sobre el papel, parece un gesto de apertura: cualquiera podría convertirse en militante con unos cuantos clics. Sin embargo, detrás de la innovación tecnológica permanece el mismo laberinto burocrático de siempre.

Los procesos internos siguen siendo extensos, los cursos obligatorios interminables y los derechos de militancia continúan condicionados a la aprobación de las dirigencias.

La pregunta inevitable es si esta renovación representa un cambio real o simplemente una “venta de humo” para revitalizar a un partido desgastado.

La teoría política ofrece claves para entender este fenómeno. Robert Michels, en su célebre “ley de hierro de la oligarquía”, advirtió que toda organización, por democrática que sea en su origen, tiende a concentrar el poder en manos de unos pocos. Los partidos, decía, terminan por defender sus propias estructuras antes que los ideales que les dieron vida. Angelo Panebianco amplió esa idea al describirlos como “organizaciones de poder”, más interesadas en su supervivencia que en la representación social.

Lo que observamos hoy es precisamente eso, partidos que modernizan sus logos , pero no sus prácticas internas. La pérdida de identidad partidista no es solo un problema estético, sino estructural. Cuando los partidos se vacían de contenido, cuando su discurso se vuelve genérico y su militancia una formalidad, la ciudadanía deja de sentir pertenencia. La política se reduce a campañas de marketing y a lemas vacíos, mientras los viejos ideales se disuelven entre alianzas pragmáticas. Richard Katz y Peter Mair describieron esta transformación como el paso del “partido de masas” al “partido cartel”, organizaciones que viven del financiamiento público, se reparten el espacio político y gestionan su supervivencia más que su representatividad.

El resultado es un ciudadano que observa desde fuera y ya no se siente convocado. La afiliación, que alguna vez fue un acto de compromiso ideológico, hoy parece un trámite sin sentido. En vez de construir comunidad política, los partidos administran membresías. La militancia se vuelve decorativa, los mecanismos de participación se burocratizan y los procesos internos, como la capacitación o la selección de candidatos, dejan de ser espacios de debate para convertirse en rituales administrativos.

El relanzamiento del PAN es apenas un reflejo de una tendencia más amplia en América Latina, donde los partidos tradicionales intentan parecer modernos sin transformarse realmente. En su afán por adaptarse a la era digital, confunden innovación con cosmética política. Cambian logotipos y crean aplicaciones, pero mantienen intactas sus estructuras y sus élites. Abren registros en línea, pero cierran los espacios de debate.

Hablan de inclusión, pero concentran el poder en los mismos círculos. Lo digital termina siendo un disfraz de apertura: una puerta que se anuncia abierta, pero detrás de la cual todo sigue igual.

La democracia no puede sobrevivir sin partidos, pero tampoco puede sostenerse con partidos vacíos. Las instituciones políticas deben reconectarse con la ciudadanía desde lo esencial: escuchar, formar, representar y rendir cuentas. La tecnología puede ayudar, sí, pero solo si viene acompañada de voluntad de cambio.

Modernizar sin democratizar es maquillar una crisis. Los partidos deben decidir qué quieren ser en este siglo: plataformas de poder o comunidades de sentido. Si eligen lo primero, seguirán perdiendo legitimidad. Si se atreven a reconstruir lo segundo, aún hay esperanza.

Ericka Cerdas
Columnista
Ericka Cerdas es Internacionalista con especialidad en Sinología por Nankai University China y Maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas exploran políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda global desde una perspectiva crítica y estratégica.

CONTENIDOS

LO QUE SIGUE
ÚNETE A NUESTRA CONVERSACIÓN

Suscríbete para recibir contenido exclusivo y no perderte ninguna actualización de nuestros columnistas.