Por Elizabeth Zazueta.
En los últimos días, las redes y los medios han girado su atención hacia la Generación Z: ese conjunto de jóvenes que, con banderas de One Piece y un lenguaje propio, ha comenzado a ocupar las calles y las conversaciones públicas. Muchos se preguntan quiénes son, qué buscan y si en realidad son capaces de encabezar un movimiento social genuino. Pero la verdad es que este tema no es nuevo: desde hace años, la política mexicana intenta descifrar cómo conquistar a una generación que, a pesar de representar cerca del 23% de la población total del país (INEGI, 2025), parece mantenerse distante de las estructuras tradicionales de poder.
Nacidos entre 1997 y 2012, los integrantes de la Generación Z crecieron en medio de una modernidad hiperconectada, marcada por la incertidumbre económica y la desconfianza institucional. Son hijos del internet, pero también del desempleo, de la corrupción y de la violencia. No conocieron el mundo antes de las pantallas, pero sí aprendieron muy pronto que las instituciones pueden fallar. Disfrutaron de la nostalgia noventera, aunque nunca vivieron plenamente la estabilidad que sus padres alguna vez creyeron tener. Han visto cómo las oportunidades se reducen, cómo el mérito se devalúa y cómo la política, en lugar de esperanza, muchas veces ofrece desencanto.
Con frecuencia se les acusa de ser apáticos o desinteresados. Sin embargo, esa percepción ignora una realidad más compleja. Esta es una generación que, aunque rehúye los discursos vacíos, no ha permanecido callada. Jóvenes de todo el mundo han encabezado movimientos por el cambio climático —Fridays for Future—, por los derechos de las mujeres —MeToo—, por la justicia social y la libertad estudiantil. En América Latina, su voz ha resonado en las calles de Chile, Colombia y Perú, donde el hartazgo se convirtió en organización.
Lo suyo no es apatía, sino desconfianza aprendida: una distancia necesaria frente a un sistema que los ha decepcionado una y otra vez.
En México, la historia no es distinta. Los jóvenes se ven orillados a tomar caminos difíciles, no siempre por elección, sino por supervivencia. Son la generación del trabajo precario, de la violencia estructural y de los sueños aplazados. Y, sin embargo, o quizá precisamente por eso, se atreven a cuestionarlo todo.

Todo es político, porque todo lo que debería pertenecerles les ha sido limitado. Ya no hay temor porque ya no hay nada que perder: no hay garantía de jubilación, la movilidad social es cada vez más lejana, acceder a una vivienda parece imposible y las oportunidades laborales dignas son escasas. Han visto cómo las decisiones de sus antecesores acotaron su presente y comprometieron su futuro. Por eso, su rebeldía no nace del capricho, sino de la conciencia.
La marcha convocada recientemente por jóvenes identificados como parte de la Generación Z, bajo el lema de combatir la corrupción, representa más que una simple protesta. Aunque algunos han intentado desestimarla o restarle fuerza, lo que distingue a esta generación es precisamente su irreverencia, su rebeldía y su capacidad de defenderse, incluso desde la burla o el humor. Su forma de protesta rompe los moldes tradicionales: es creativa, disruptiva y profundamente política, aunque no siempre lo parezca.
El eco de lo ocurrido en Nepal —un país al sur de Asia con poco más de 30 millones de habitantes— resonó en la mente de muchos jóvenes mexicanos. Allá, una generación cansada de la corrupción y la desigualdad se organizó y logró reformas que transformaron su panorama político. Aquella experiencia inspiró a quienes, desde este lado del mundo, comprendieron que el cambio no es una utopía, sino una posibilidad tangible cuando la juventud decide involucrarse.
A la Generación Z se le desestima, se le critica y, sin embargo, todos los poderes la buscan: los partidos quieren su voto, las empresas su consumo y los gobiernos su aprobación. Pero esta generación no busca integrarse sin cuestionar; busca participar con sentido. No reclama privilegios, exige coherencia. No pide discursos, demanda resultados.
Quizá no encabecen revoluciones al estilo del siglo pasado, pero su rebeldía se manifiesta en la conciencia: en su forma de cuestionar, de exhibir y de resistir. Y eso, en un país acostumbrado a la obediencia y al miedo, ya es una forma de revolución.
La marcha de la Generación Z no es un episodio anecdótico. Es el inicio de una conversación urgente sobre el papel de los jóvenes en la reconstrucción moral y política de México. Si algo nos enseñan estos tiempos es que subestimar a una generación entera puede salir caro. Lo que hoy parece una manifestación dispersa, mañana puede convertirse en una marea organizada.
Porque, aunque no usen carteles ni consignas tradicionales, su revolución ya comenzó: en la forma de pensar, en la forma de exigir y, sobre todo, en la forma de no callar.
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