Por Sofía González Torres
La conversación sobre digitalización en México se ha centrado durante años en la velocidad, el acceso y los dispositivos. Sin embargo, los países que hoy lideran la transformación digital sobresalen por otra razón. Sus instituciones son fuertes y capaces de adaptarse. Esa es la verdadera medida de competitividad digital.
El Ranking Mundial de Competitividad Digital 2025 del IMD confirma esa realidad. México se mantuvo en la posición 59 de 69 economías evaluadas. La cifra importa, pero importa más lo que revela. El país cuenta con talento creativo y dinámicas de innovación que avanzan, aunque aún sin los instrumentos institucionales necesarios para escalar ese potencial.
El IMD evalúa tres pilares que conforman una visión integral del entorno digital: conocimiento, tecnología y preparación para el futuro. Juntos describen la resiliencia digital, entendida como la capacidad de anticipar cambios y convertirlos en oportunidad. En México, esa distancia entre conexión y preparación sigue siendo profunda.
El desafío no sólo es tecnológico, también es institucional. La innovación ocurre, pero falta un ecosistema que la proteja, la financie y la convierta en política pública de largo plazo. Ese déficit puede entenderse a partir de tres grandes retos para México.

El primer reto es la regulación. La transformación digital demanda marcos modernos, transversales y coherentes. A pesar de los avances, México todavía no cuenta con una arquitectura jurídica integral de ciberseguridad. El referente internacional continúa siendo el Convenio de Budapest, que orienta cómo deben estructurarse las leyes nacionales en esta materia. Hoy, más que nunca, es indispensable avanzar en iniciativas integrales y alineadas con este convenio, como la que impulsé en 2018 y que incorporó delitos informáticos al Código Penal Federal, estableció procesos para obtener evidencias digitales y fortaleció la protección del sistema financiero y de los datos personales durante las investigaciones.
El segundo reto es el financiamiento. México tiene talento y creatividad, pero carece de instrumentos financieros que acompañen el ciclo completo de la innovación: investigación, desarrollo, escalamiento y adopción. Un país resiliente invierte en fondos de riesgo público-privados, incentiva proyectos tecnológicos de alto impacto y asegura continuidad presupuestaria. Sin estos mecanismos, la innovación avanza, pero no escala; se genera conocimiento, pero no industria; se crea valor, pero no competitividad.
Y por último, el tercer reto es el capital humano. Las habilidades digitales se concentran en sectores especializados y dejan fuera a una gran parte de la fuerza laboral. La actualización tecnológica ya no es un lujo: es una política de productividad que requiere una estrategia nacional de habilidades digitales con visión de largo plazo. Para ello, es fundamental articular a las instituciones educativas, a los centros de investigación y al sector productivo, de modo que la capacitación continua, la formación técnica y la reconversión laboral sean accesibles para todas las generaciones.
Por ello, el ranking del IMD no es solo una tabla comparativa. Es una hoja de ruta. El país necesita regulación clara y actualizada, mecanismos de financiamiento robustos y una estrategia nacional de habilidades digitales alineada con estándares globales.
Es la posibilidad de convertirse en un país que protege a cada persona que usa internet. Un país donde la información personal, el dinero, el patrimonio y la identidad de millones de mexicanos estén seguros cada vez que realizan una transacción, estudian, trabajan o interactúan en línea. La resiliencia digital no es solo un asunto de innovación o competitividad. Es una condición básica para que la ciudadanía viva, participe y prospere en un entorno digital confiable.
La pregunta ya no es si México está digitalizado. La pregunta es si contamos con la capacidad institucional para competir en el próximo ciclo tecnológico y con los mecanismos de seguridad informática que blinden al máximo un ecosistema ágil y confiable. Ahí se define la diferencia entre avanzar o adaptarse. Entre observar o liderar. Entre conectividad y resiliencia.

