Maduro ha caído, ¿a qué costo?

Por Victor Manuel Arredondo Vizcarra

El 03 de enero de 2026 pasará a la historia por la caída del gobierno liderado por Nicolás Maduro, presidente de Venezuela desde la muerte de Hugo Chávez en 2013, cuyo régimen se encargó de desmantelar la democracia venezolana, destruir la economía nacional y propiciar una inmigración que ha afectado a todo el continente; pero este día también será recordado por ser la primera intervención estadounidense en territorio latinoamericano desde 1989, cuando el ejercito norteamericano derrocó al dictador panameño Manuel Antonio Noriega, en una operación más larga que la realizada el día de hoy, pero con las mismas consecuencias. 

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Primero hablemos del fin del régimen de Nicolás Maduro, el cual inició hace casi 13 años con el fallecimiento de Hugo Chávez, caudillo izquierdista que inició un poderoso movimiento de izquierda que prometía traer justicia social y bienestar para el pueblo venezolano, marginado durante décadas por dictaduras militares y gobiernos que dieron prioridad al desarrollo económico e intereses extranjeros, y que su continuidad vería como sus objetivos se fueron desvirtuando: una hiperinflación que obligó a la economía informal a “dolarizarse”, carencia de alimentos, estallidos sociales por la precariedad de los servicios públicos y la constante represión a todo aquel que opinara en contra del régimen chavista. 

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En ese contexto, surge la emergencia humanitaria por la inmigración masiva de ciudadanos venezolanos por todo el continente, impactando directamente a sus vecinos inmediatos, Colombia y Brasil, pero también al resto de países, sobre todo a Estados Unidos, la meta de llegada de decenas de miles de personas, y por lo tanto a México, quien tuvo que ser a la fuerza un tercer país seguro. 

Como último clavo al ataúd de la democracia venezolana, Nicolás Maduro se encargó de engañar y defraudar a su pueblo al declararse ganador en las elecciones presidenciales del año pasado, por encima de Edmundo González, candidato opositor en el lugar de María Corina Machado, a quien se le vetó de participar por representar un riesgo para la continuidad del proyecto político del chavismo. Lo que prometía ser un verdadero ejercicio democrático y de manifestación de los ciudadanos por un cambio político, terminó en una nueva farsa que decepcionó, mas no sorprendió. 

Por supuesto que los venezolanos tienen muchos motivos para festejar y celebrar la caída del tirano, pero la mayoría también está consciente de que la tarea no está terminada: hay que terminar de barrer con el gabinete de Maduro, llamar a elecciones limpias y justas para reestablecer las instituciones democráticas que le dan voz y poder al pueblo venezolano.

Y por ello también debemos hablar de la atrocidad de Estados Unidos por intervenir militarmente en otro país y derrocar a su jefe de Estado, con la impunidad que gozó en sus mejores años del siglo XX y que quiere recobrar bajo el liderazgo de Donald Trump

Aceptar la intervención militar de un país sobre otro para alinearlos bajo sus intereses, y peor aún, someterlo a una administración de manera unilateral, sin el consentimiento de la comunidad internacional, es un claro ejemplo del avance de la agenda imperialista norteamericana que por siglos hemos rechazado en Latinoamérica, respaldados por el derecho internacional y las acciones de los países que lucharon por obtener y preservar la paz después de las atrocidades de las agendas imperialistas en la Segunda Guerra Mundial, contra los que el mismo Estados Unidos luchó. 

Es indignante ver cómo hay compatriotas que, ignorando la larga historia de intervenciones estadounidenses para su conveniencia y la de sus aliados en perjuicio de los latinoamericanos, aplauden esta práctica y piden que hagan lo mismo en suelo mexicano para acabar con el narcotráfico y la violencia. 

La injerencia del país norteamericano en los gobiernos latinoamericanos nunca ha traído paz y prosperidad; solo ha dejado miseria, desorden e inestabilidad política, económica y social, aumentando el retraso de la región con el resto del mundo y perpetuando el lugar de nuestra región como proveedor de materias primas y mano de obra barata en lugar de crear nuestras propias industrias. 

En Venezuela no hay una intervención por la paz, es un cambio de administración. Esta es la máxima manifestación del fracaso de la diplomacia tras los constantes ofrecimientos de la comunidad internacional de que Nicolás Maduro deje el poder “por las buenas”, sin embargo, “por las malas” se cumplió el objetivo. 

Me uno y felicito a los venezolanos por la caída de la dictadura, pero también me uno a las protestas en contra del gobierno de los Estados Unidos por intervenir nuevamente en Latinoamérica. Espero que esta “nueva administración” no se prolongue demasiado, ni deje otro gobierno títere que termine haciendo lo mismo que sus antecesores para aferrarse al poder cuando la opinión pública no los favorece, o los intereses de sus patrocinadores se vean amenazados.

Que se escuche al pueblo venezolano, que haya paz, bienestar y democracia para todos.

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Victor Arredondo
Columnista

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