El retorno de la lógica imperial: poder, territorio y orden internacional en la década de 2020.

Alfredo Inzunza

Por Alfredo Inzunza

El sistema internacional atraviesa una fase de transformación profunda, a diferencia de crisis anteriores, marcadas por conflictos localizados o disputas ideológicas, el momento actual parece caracterizarse por un retorno explícito de la lógica territorial y de las esferas de influencia, rasgos históricamente asociados a las eras imperiales, en este contexto, algunos analistas han comenzado a referirse a la etapa actual como una forma de “neoimperialismo”, no una reedición exacta de los imperios clásicos, sino una reorganización del poder global basada en la coerción, la asimetría y el control estratégico.

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Los acontecimientos de comienzos de 2026, particularmente el operativo militar estadounidense en Venezuela del pasado sábado 3 de enero, han contribuido a reactivar este debate, más allá de su dimensión inmediata, el episodio se inserta en una tendencia más amplia que incluye la guerra en Europa del Este, las tensiones en Asia-Pacífico y disputas territoriales latentes en regiones consideradas periféricas durante el apogeo del orden liberal.

Durante décadas, el orden internacional de posguerra se sostuvo sobre un delicado equilibrio entre poder material y legitimidad normativa, la soberanía estatal, la no intervención y el multilateralismo funcionaron como principios rectores, incluso cuando eran vulnerados de manera selectiva, sin embargo, en los últimos años, este entramado normativo ha perdido capacidad de contención frente a la competencia estratégica entre grandes potencias.

La invasión rusa en Ucrania, iniciada el 24 de febrero de 2022, marcó un punto de inflexión en este proceso, no solo alteró el equilibrio de seguridad europeo, sino que evidenció los límites de las instituciones internacionales para disuadir o revertir acciones militares de gran escala, la prolongación del conflicto y sus efectos en los mercados energéticos, alimentarios y financieros consolidaron la percepción de que la fuerza vuelve a ser un instrumento central para redefinir fronteras y zonas de influencia.

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De forma paralela, China ha intensificado su presión sobre Taiwán mediante una combinación de disuasión militar, coerción diplomática y señales estratégicas orientadas a modificar el statu quo, aunque el conflicto permanece en el terreno de la ambigüedad estratégica, su relevancia trasciende lo regional: Taiwán ocupa una posición crítica en la economía política global, especialmente en industrias de alta tecnología, lo que convierte cualquier alteración de su estatus en un riesgo sistémico.

La reaparición de la lógica imperial no se limita a escenarios de conflicto abierto, también se manifiesta en disputas latentes o simbólicas que revelan una renovada centralidad del territorio en el cálculo estratégico.

Resultan ilustrativas las declaraciones reiteradas de Donald Trump, en las que expresó su interés en que Groenlandia pasara a formar parte de Estados Unidos, desvinculandose de Dinamarca, aunque tales afirmaciones no se tradujeron en acciones concretas, sí generaron reacciones oficiales por parte del gobierno danés, cuya primera ministra subrayó públicamente que Groenlandia no estaba en venta, más allá del episodio diplomático, el interés en Groenlandia refleja tendencias más amplias: la competencia por el Ártico, el acceso a recursos naturales estratégicos y el control de nuevas rutas marítimas en un contexto de cambio climático.

En este marco, el caso venezolano adquiere un significado que va más allá de la política latinoamericana, la operación estadounidense de enero de 2026, orientada a capturar al presidente Nicolás Maduro, representa una ruptura cualitativa con los patrones predominantes de intervención en el hemisferio occidental durante el siglo XXI, la acción directa contra el liderazgo de un Estado soberano, al margen de un mandato multilateral explícito, remite a prácticas que parecían superadas tras el fin de la Guerra Fría.

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Desde una perspectiva geopolítica, Venezuela combina varios factores que explican su centralidad: vastos recursos naturales (más de 300 mil millones de barriles de petróleo en reservas, grandes cantidades de reservas de oro, vastas reservas de gas natural y elementos químicos considerados parte de las “tierras raras”), una localización estratégica en el Caribe y una prolongada crisis de gobernabilidad, en este sentido, su situación se asemeja a la de otros espacios donde la fragilidad interna se cruza con intereses externos, convirtiéndolos en escenarios propicios para la proyección de poder.

El neoimperialismo contemporáneo opera a través de una combinación de instrumentos militares y económicos, las sanciones, la extraterritorialidad jurídica, el control de tecnologías clave y la reconfiguración de cadenas de suministro se han convertido en mecanismos habituales de presión, la guerra en Ucrania, la centralidad de Taiwán en la industria de semiconductores y la importancia energética de Venezuela ilustran cómo los espacios geopolíticos en disputa se superponen con nodos críticos de la economía global.

Este entrelazamiento entre poder y economía sugiere que la competencia entre grandes potencias no busca únicamente influencia política, sino también la capacidad de moldear las reglas y flujos fundamentales del sistema internacional.

Los acontecimientos recientes apuntan a una transición hacia un orden multipolar competitivo, en el que la ausencia de consensos normativos sólidos incrementa la relevancia del poder duro y reduce los márgenes de previsibilidad, Venezuela, Ucrania, Taiwán y Groenlandia, aunque distintos en naturaleza y escala, comparten un rasgo común: evidencian el retorno del territorio, los recursos y la coerción como ejes centrales de la política internacional.

Alfredo Inzunza
Columnista
Es licenciado en Administración Financiera por la Universidad TecMilenio y maestrante en Gestión y Política Pública en la Universidad Autónoma de Occidente, ha colaborado como consultor financiero en M1 Consultores, actualmente es profesor en la Universidad Autónoma de Occidente y analista financiero en una empresa del sector agrícola. Escribe para compartir análisis claros y críticos sobre finanzas, geopolítica, política pública y su impacto en la realidad económica.

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