Por Vaquero González
La reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York, no es un simple epílogo de la crisis venezolana, sino un nuevo capítulo en un conflicto geopolítico global que trasciende fronteras, ideologías y discursos simplistas.
La historia de Venezuela ya no puede leerse únicamente como una lucha entre gobierno y oposición, ni siquiera como una condena a un liderazgo autoritario: es la evidencia de cómo las grandes potencias disputan recursos, mercados y alianzas en un mundo donde las reglas internacionales se reescriben a punta de fuerza y estrategia de poder.
Venezuela posee unas de las reservas petroleras más grandes del planeta, y durante años China se consolidó no solo como el mayor comprador de su crudo, con importaciones que rondaron casi medio millón de barriles diarios en 2025 (cerca del 4–8% de las importaciones totales de China), sino también como uno de sus principales socios económicos y financieros.

Aunque algunas cifras circulan en redes y se exageran, datos de agencias internacionales y análisis energético confirman que el papel de China en el sector petrolero venezolano no es marginal, sino estratégicamente relevante para Pekín.
A este panorama se suma el calendario político de América Latina en 2026, con elecciones cruciales que definirán la correlación de fuerzas en la región. En Colombia, el próximo 8 de marzo se elegirán miembros del Congreso en comicios legislativos, preámbulo de la elección presidencial del 31 de mayo y posible segunda vuelta en junio. En Brasil, el 4 de octubre se celebrarán elecciones generales que determinarán no solo al presidente, sino también a gobernadores, legisladores y gran parte del aparato político estatal.
Estos procesos no son aislados: ocurren bajo una creciente atención de Washington y Beijing,
cada uno luchando por influir en los resultados y orientar el futuro geoestratégico de la región.
Aquí radica el punto que muchos evitan: no estamos ante una simple cuestión de “correcto” o “incorrecto”, de Maduro sí o no. Estamos ante una lucha global entre dos potencias que buscan consolidar su dominio económico, político y estratégico. Estados Unidos ha actuado bajo la lógica de asegurar el acceso al petróleo y limitar la expansión de China en lo que históricamente ha considerado su “patio trasero”.
China, por su parte, lleva décadas expandiendo su influencia en América Latina mediante inversiones, acuerdos comerciales e infraestructura dentro de su proyecto global de redes económicas una alternativa de comercio diferente a la influencia estadounidense tradicional.
Este choque de intereses no es nuevo, pero sí ha escalado. Hegel ya lo dijo: “los sucesos primero aparecen como acontecimientos y después como tragedia”. Hoy podemos observar claramente: lo que comenzó como tensiones económicas, sanciones y bloqueos se ha convertido en un conflicto armado de consecuencias profundas, una tragedia que afecta vidas humanas, instituciones y el tejido social de toda una generación.
La referencia histórica es inevitable: en 1973, la intervención estadounidense en Chile desencadenó una dictadura que marcó profundamente el rumbo de ese país por décadas, enseñándonos que la “justicia” proclamada desde el exterior no siempre coincide con el bienestar de los pueblos.
Es crucial no perder de vista que esto no es solo Estados Unidos contra China, ni Europa ni la ONU han planteado alternativas reales. Ambos países tienen intereses: uno busca reafirmar su hegemonía en un hemisferio que siempre consideró suyo, y el otro quiere consolidar rutas de comercio, acceso a recursos y alianzas que desafían ese dominio.
La República Bolivariana de Venezuela, con sus riquezas naturales, se ha convertido en un peón en esta partida de ajedrez. Maduro, más allá de ser un actor político cuestionado, hoy es parte de un tablero aún más amplio de poder global.
Y mientras tanto, las poblaciones, las vidas y los derechos de los pueblos quedan relegados a una estadística en la bitácora de los grandes. La lucha por la independencia de una nación no puede ser reducida a una simple disputa de intereses económicos o estratégicos; es un tema de justicia, de derecho internacional y de dignidad humana.
Porque, como dijo Hegel, hoy vivimos los acontecimientos que mañana serán lecturas trágicas en libros de historia. Y solo aquellos que reflexionen ahora sobre lo que está sucediendo podrán comprender las consecuencias que vendrán para toda América Latina.





